Probablemente, a nadie que siga mínimamente la política contemporánea le habrá sorprendido que, tras la victoria de Lula en las elecciones presidenciales de Brasil, el candidato ultraderechista, que se llama liberal (¡ay, si Adam Smith levantara la cabeza!), Flavio Bolsonaro, no haya reconocido el resultado electoral. Y menos inesperado resulta que el presidente de los EEUU, Donald Trump, haya seguido el mismo camino. Y no nos extraña porque está escrito en el manual de estilo de la nueva extrema derecha que, ante unas elecciones, hay que seguir dos estrategias: antes de que se celebren, sembrar dudas sobre el resultado; tras su celebración, si su resultado no es el deseado, no reconocerlo.
Hace unos años, con su conocido estilo oracular, José María Aznar dijo aquello de: “El que pueda hacer, que haga”. A mi modo de ver, este es el escueto resumen del manual de estilo del golpista posmoderno. Antes, en la modernidad, los golpes de Estado eran cosa de especialistas, es decir, militares que se alzaban en armas contra el gobierno de turno. El XIX español es ejemplo de ello, aunque el golpe de Estado más relevante de nuestra historia es el que protagonizó la extrema derecha, en alianza con la derecha, en 1936, y que desembocó en la Guerra Civil. Pero si antes los golpes eran cosa de especialistas, en la actualidad posmoderna que nos ha tocado vivir, el golpe se ha, por así decir, democratizado, y pasa a ser asunto de todo aquel que pueda, de algún modo, desestabilizar al gobierno que se quiere derribar. Y así, sus protagonistas dejan de vestir exclusivamente uniformes militares (de hecho, ese outfit, como dicen los cursis, es el menos recomendable en la actualidad) y así lucen togas, traje y corbata, incluso un buen chandal de youtuber.
Las diferentes victorias de la izquierda en las elecciones generales desde 2019, que dieron lugar a una inédita alianza entre el PSOE y fuerzas políticas a su izquierda, comenzaron a hacer temer a la derecha haber perdido no sólo el gobierno, sino estar empezando a perder el poder. Hasta ese momento, los gobiernos del PSOE siempre habían sido bastante dóciles con el sistema y, si había necesidad de pactar, siempre estaba a mano la derecha catalana o vasca. Cuando la realidad electoral obliga al PSOE a mirar hacia la izquierda en un momento en que su máximo dirigente, Pedro Sánchez, está dispuesto a hacerlo, el panorama se torna peligroso y la derecha vuelve a recordar aquel lejano momento, un siglo atrás, en que la izquierda unida en un Frente Popular podía gobernar por primera vez España. Podía, pero no pudo. Ya sabemos lo que sucedió. A los seis meses de las elecciones, golpe de Estado y Guerra Civil. La derecha no estaba dispuesta a perder el poder.
Salvando las enormes distancias, la derecha española en su conjunto comenzó, en 2019, una dinámica de desestabilización, golpista, que llega hasta ahora. Recordemos que, desde el primer momento, el gobierno de la izquierda fue calificado de ilegítimo por parte de la derecha política y mediática de nuestro país. En el momento de la investidura, además del mencionado calificativo, se llegó a llamar a la intervención del Ejército y se instó a los diputados del PSOE a que votaran en contra de dicha investidura. Sin que el runrún golpista llegara a desaparecer, la pandemia supuso otro hito en el que la derecha, amparándose además en teorías negacionistas, tomó la calle, especialmente en los barrios ricos de Madrid, para que su servicio, cubertería de plata en ristre, manifestara el malestar de sus señores. Llevamos siete años en los que desde instancias judiciales, mediáticas, desde las redes, el llamamiento de Aznar ha sido atendido con disciplina y el que ha podido hacer ha hecho.
Por eso, esta campaña electoral va a ser extremadamente sucia y dura. La inestabilidad es el caldo de cultivo de todo golpe de Estado y si en algo es especialista la extrema derecha, ahora y hace un siglo, es en desestabilizar la sociedad, generando malestar, difundiendo bulos, alentando la violencia. Ya estamos asistiendo a la aplicación del manual golpista de la extrema derecha: dudas sobre el voto por correo, tensión en las calles, criminalización de movilizaciones pacíficas por la educación o la vivienda digna. Y ante esa estrategia, es muy importante la inteligencia, no caer en las trampas que ya nos están tendiendo. Una de ellas, muy evidente, es la de la criminalización de la protesta, lo que debe llevarnos a ser extremadamente cuidadosos para no caer en provocaciones que profesionales de la misma, como Vito Quiles, están llevando a cabo. Porque si un provocador consigue provocarte, la victoria, por desgracia, es del provocador.
Al gobierno de las izquierdas hay mucha gente que le tiene ganas, dentro y fuera de nuestras fronteras. Trump y Netanyahu, también Putin, brindarán si la voz molesta que representa nuestro país (junto con Brasil, México, Suráfrica y otros países) se apagara. Probablemente su mano, a través de ese agente político fundamental que son las redes, ya se halla tras lo acontecido en Ceuta y en los episodios de pillaje de Barcelona. Nada es casual. Y cuando el 29N ganemos las elecciones, su rabia y frustración se mostrará en toda su intensidad. Que nadie dude que tanto el PP, ya aliado sin ningún tapujo con la extrema derecha, como Vox, hablarán de fraude e intentarán que los resultados no sean reconocidos. Porque a la actual derecha española la democracia le viene muy grande.



