Escribo estas líneas el 17 de julio, conocido en Nicaragua como el “día de la alegría” porque el 17 de julio de 1979 el dictador Anastacio Somoza abandonó Nicaragua en su avión, con sus familiares y cercanos, el día que finalmente se logró derrocar al tirano, después de muchos años y muertos.
Desde el pasado 18 de abril, la población se manifestó contra las políticas del Gobierno de Daniel Ortega, otrora guerrillero de la revolución, que en su nuevo rol de millonario aliado del capital y la jerarquía de la iglesia católica, regresó al poder en el año 2007, pero esta vez minando toda posibilidad de sucesión y haciéndose con el control absoluto del poder. Las manifestaciones que primero fueron contra las reformas a la seguridad social y luego contra la brutal represión del gobierno a las y los manifestantes, se mantienen desde hace tres meses a nivel nacional y exigen la renuncia inmediata de los Ortega-Murillo y justicia por los más de 300 asesinados por balas de la policía nacional y grupos parapoliciales subordinados al gobierno.
En su afán de no sentir cómo el calendario lo alcanza, Ortega ha desatado desde hace varias semanas lo que públicamente nombra como “Operación limpieza” contra las barricadas que la población ha levantado en los barrios, carreteras y ciudades como estrategia de protección ante los ataques de la policía y grupos parapoliciales que llevados desde otras ciudades entran en los pueblos con armas de alto calibre, destruyendo barricadas y vidas humanas a su paso, mientras la población cierra las puertas de sus casas y se resguarda esperando sobrevivir a las ráfagas contra quienes intentan resistir en las barricadas con armas caseras y piedras.
Hoy es un día de profunda tristeza porque hemos sido testigos del ataque de más de mil quinientos policías y parapoliciales que entraron cual ejército de ocupación en Masaya, disparando durante horas contra la gente del pueblo indígena de Monimbó. A Ortega y Murillo les pesa demasiado Monimbó, porque éste pueblo en los años 70 como ahora, ha sido un bastión de resistencia contra la dictadura y antes como ahora, sigue siendo un ejemplo de organización y rebeldía ante la tiranía. A Ortega le pesa que un pueblo bastión del sandinismo lo rechace y levante barricadas para protegerse de sus tropas. No puede soportar verse desafiado por tanta dignidad y tanta valentía.
Mientras escribo estas líneas, en las redes sociales se transmite cómo la policía rompe las puertas de las casas en Masaya y busca a colaboradores de las barricadas. Algunas personas han logrado huir y otras han sido capturadas por la policía y llevadas por las camionetas hilux tan temidas estos días. Mientras escribo estas líneas, muchísimos nicaragüenses sufrimos la impotencia de no poder evitar la injusticia, pero tampoco han podido hacerlo los organismos de derechos humanos que no pueden romper el cerco de la policía nacional que tiene sitiada la ciudad, de la misma forma que no han podido entrar los medios de comunicación para documentar lo que sólo podemos ver por videos que graban las personas desde las hendijas de las puertas.
Ortega le teme al 19 de julio, porque sabe que no tiene el apoyo popular del que hace años gozaba. Las universidades tomadas y ciudades con autogobierno son su pesadilla. Los últimos días han sido de una brutal escalada de represión, desde el tiroteo de 15 horas contra estudiantes atrincherados en la UNAN el viernes pasado en el que asesinaron a dos y docenas fueron heridos; el ataque a campesinos de Lóvago que después de haber retirado el tranque por una negociación, fueron emboscados y muchos se encuentran desaparecidos; el juicio a dos líderes campesinos en pleno día domingo, que además de una larga lista de delitos sin prueba alguna, les violan el derecho a defensa, les mantienen aislados y no han podido verlos ni sus familiares, ni organismos de derechos humanos; la aprobación de una ley contra el terrorismo que pretende criminalizar la protesta y toda muestra de apoyo o solidaridad con éstas; la campaña permanente desde el Gobierno y los medios de comunicación dirigidos por los hijos de Ortega y Murillo en los que tildan de terrorista a toda persona que denuncia sus crímenes y se opone a su régimen, las amenazas a líderes en los barrios y las campañas de Facebook que les tildan de “golpistas” y amenazan con “plomo” a todo persona opositora, todas éstas estrategias de terror para intentar apagar con la fuerza lo que es un reclamo a gritos: ¡Que se vayan!
Daniel Ortega ha escuchado en las calles el coro de miles gritando “Ortega y Somoza son la misma cosa”, por eso necesita llegar al 19 de julio, el aniversario de la revolución, con la falsa ilusión de haber exterminado la resistencia, de haber acabado con la rebeldía. Necesita aterrorizar para que nadie se atreva a protestar, para que nadie desafíe su poder, pero sólo ha confirmado su perfil criminal, su profundo miedo y su enorme cobardía.
