Ahora contemplamos con angustia los montes de la sierra de Alcubierre en los telediarios. Gracias a los dioses de la información, que solo se acuerdan de nosotros cuando el fuego devora nuestros bosques. Cada mañana miro por la ventana de mi casa y observo el estado del monte de O Frago y, desgraciadamente, sin querer ser un pájaro de mal agüero, no puedo evitar preguntarme cuándo nos tocará a nosotros.
Hubo un tiempo en que en cada pueblo existían las brigadas del ICONA. No solo mantenían limpios los montes, sino que también daban trabajo y permitían que muchas familias pudieran seguir viviendo en el medio rural. Hoy, aunque las condiciones laborales de los bomberos forestales han mejorado, los medios siguen siendo insuficientes para proteger nuestros pueblos. Más aún cuando, en O Frago, alguna mente iluminada plantea cambiar la ubicación de la autobomba, un recurso que ya ha intervenido con éxito en más de media docena de incendios en nuestro monte.
Es la eterna jugada de la clase política: desvestir a un santo para vestir a otro, sin comprender que un gran incendio en O Frago podría llegar hasta las puertas del Pirineo y devastar espacios naturales de enorme valor, como el entorno protegido de Santo Domingo.
No faltan profesionales comprometidos. Al contrario. Los bomberos forestales y las brigadas vuelven a demostrar, año tras año, que están muy por encima de quienes deberían gestionar nuestros montes. Lo que falta es voluntad política para invertir en prevención, mantener el monte limpio y cumplir con lo prometido.
Así que los abnegados y sufridos vecinos de O Frago seguiremos mirando al cielo con preocupación, esperando que caiga la lluvia antes que los rayos. Y, ya que pedir parece ser lo único que nos queda, también esperaremos que el Gobierno de Aragón deje de gobernar a base de promesas incumplidas y destine de una vez los recursos comprometidos en el plan de catalogación y gestión del monte.
No es un capricho, es una obligación política, una cuestión de coherencia y, sobre todo, de respeto hacia quienes vivimos aquí. Porque prevenir siempre será más barato que lamentar, y porque mentir está muy feo, pero dejar que un monte arda por falta de previsión es imperdonable.





