Altavoz

El escrache de mi abuelo y el de quienes amparan los desahucios

El año 1949 mi abuelo Félix se volvió a casar después de haber quedado viudo poco después de acabada la Guerra Civil. Esa tarde se juntaron delante de la casa de los recién casados muchos de los mozos del pueblo y se dedicaron a armar escándalo haciendo ruido con calderos y cencerros de ovejas. Al...
| 31 marzo, 2013 08.03
El escrache de mi abuelo y el de quienes amparan los desahucios
Foto: Ana Miranda (Periodismo Digno)

El año 1949 mi abuelo Félix se volvió a casar después de haber quedado viudo poco después de acabada la Guerra Civil. Esa tarde se juntaron delante de la casa de los recién casados muchos de los mozos del pueblo y se dedicaron a armar escándalo haciendo ruido con calderos y cencerros de ovejas. Al poco rato mi abuelo salió con unas botellas de moscatel y unas bandejas de rosquillas, se entabló una charla amigable y todo quedó en un pequeño incidente sin mayores consecuencias. No fue un hecho excepcional pues más de un estudio etnográfico ha recogido testimonios de la existencia de estas denuncias públicas en multitud de lugares de Aragón hasta que cesaron definitivamente a partir de la década de 1960.

Así, algunos comportamientos individuales que chocaban frontalmente con los valores asumidos por toda la comunidad eran señalados públicamente según la lógica de la llamada, desde la antropología, censura popular.

Uno de estos comportamientos era el matrimonio de una viuda o un viudo, que chocaba con el valor vitalicio que se tenía del enlace matrimonial. Otro era el rompimiento de una relación sentimental por parte de la mitad femenina de la pareja. El estruendo de los cencerros, las frases hirientes y las coplas ofensivas eran habituales en estos casos, pero otras veces lo que se hacía era colocar por la noche basura o huesos de una caballería muerta en la fachada de la casa, o manchar las paredes con grasa o ceniza para que por la mañana todo el pueblo conociese la infamia. Un detalle importante era que la sanción tenía un carácter informal, no institucional, pudiendo llegar a estar formalmente prohibida aunque muchas veces era consentida por el poder establecido.

Estos actos de censura popular eran denominados en Aragón, según las comarcas, carnuzadas, cencerradas, esquilladas… Hoy, utilizando el término argentino, les diríamos “escraches”.

Dos parecidos y una diferencia hay sin duda entre las cencerradas y carnuzadas de antes y el escrache de ahora. La diferencia estriba en el carácter retrógrado de los valores que trataban de defender las cencerradas de antaño frente al trasfondo solidario y progresista de los escraches que demandan la paralización de los desahucios o la defensa de la educación pública. Un primer parecido es el formal: en ambos casos la crítica se dirige a una persona o personas concretas, se realiza delante de o en la fachada de su propia vivienda y modifica visual o sonoramente este espacio concreto para que el resto de la comunidad pueda ponerlo en relación directa con la persona en cuestión. Pero aún es más importante la analogía relativa al sustento social sobre el que se erigen ambos actos de censura popular pues, en los dos casos, lo que trata de defenderse es un valor compartido por el conjunto de la sociedad: hace 60 años era el matrimonio indisoluble y la supeditación de la mujer al hombre en las relaciones de pareja, hoy es el valor superior del derecho a una vivienda digna frente a los privilegios de los bancos.

Una sencilla lectura antropológica de las cencerradas tradicionales permite aventurar que el objetivo de los mozos que vinieron a molestar a mi abuelo no era conseguir la nulidad del nuevo matrimonio sino reforzar de manera pública que la perdurabilidad de la institución matrimonial seguía de pleno vigor y que la boda de mi abuelo había sido solo una excepción permitida, eso sí, mediante el pago de un aporte simbólico: moscatel y unas bandejas de rosquillas.

Para el escrache actual, el valor principal de la moral pública que tiene que quedar reforzado y en pleno vigor es precisamente la aplicación práctica de la idea democrática: somos la gente quienes gobernamos y la excepción de que parte de ese gobierno sea ejercido por una casta corporativa solo será permitida si tiene lugar el pago de su respectivo aporte simbólico. El moscatel y las rosquillas de mi abuelo, hoy en día, son la aprobación en el Parlamento de la Iniciativa Legislativa Popular para la regulación de la dación en pago, la paralización de los desahucios y el alquiler social, sin que las posibles enmiendas desvirtúen significativamente lo que firmamos casi un millón y medio de personas.

Félix A. Rivas | Para AraInfo

31 marzo, 2013

Autor/Autora

Investigador y etnógrafo. @felixarivas


Twitter
Facebook

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

CERRAR