El apoyo mutuo, pilar fundamental tras la catástrofe de la DANA

Las crisis son momentos decisorios donde la sociedad se juega permanecer con lo previamente establecido o por el contrario superarlo. Es la lucha entre lo viejo, que se resiste a irse y lo nuevo, que se resiste a llegar. Cuando las sociedades experimentan este tipo de sucesos se abre un abanico de oportunidades que todos, de alguna u otra forma en el acervo político, intentan aprovechar para su trinchera. Es la situación en la que se encuentra Valencia después de haber sufrido la peor gota fría en lo que llevamos de siglo, la cual se traduce en centenares de muertos …

Las crisis son momentos decisorios donde la sociedad se juega permanecer con lo previamente establecido o por el contrario superarlo. Es la lucha entre lo viejo, que se resiste a irse y lo nuevo, que se resiste a llegar. Cuando las sociedades experimentan este tipo de sucesos se abre un abanico de oportunidades que todos, de alguna u otra forma en el acervo político, intentan aprovechar para su trinchera.

Es la situación en la que se encuentra Valencia después de haber sufrido la peor gota fría en lo que llevamos de siglo, la cual se traduce en centenares de muertos e inmensos daños materiales. Esta situación ha generado en los adentros de la sociedad una especie de trauma colectivo que podría ser decisivo en la realidad política del Estado según el tipo de respuesta que se le dé.

Decía Antonio Machado que “lo mejor de España es su pueblo” y desde luego, en esta crisis así lo ha demostrado. En momentos donde reina el miedo, la incertidumbre y la desesperanza, el pueblo se ha puesto a la altura de la situación. Aunque no podríamos decir lo mismo del gobierno autonómico y central. Demostrando un mayor sentido del deber, la gente corriente, ha sido la que precisamente ha mitigado a través del apoyo mutuo las consecuencias de la incompetencia política del PP y PSOE, que de haber cumplido con sus obligaciones hubieran evitado muertes que nunca se tendrían haber producido.

Como era de esperar tampoco ha estado a la altura la lógica del capital (ni siquiera a la de los tobillos). Hemos podido conocer numerosas y variadas noticias que recogían el relato de personas trabajadoras instigadas a cumplir con su trabajo durante y después de la catástrofe. "Nos hemos jugado el pellejo por vender cuatro menús," contaba Barbara Jiménez en Canal 24 Horas, y como su supervisor no les dejo ir a resguardarse a sus casas a pesar de que la ley obliga al empresario a “actuar cuando los trabajadores estén o puedan estar en peligro”. Así se lo han recordado en persona unos chicos al multimillonario Juan Roig, dueño de Mercadona, tras los videos conocidos que evidencian que alentaron a sus repartidores a seguir trabajando como si nada estuviera ocurriendo.

Sin estar acostumbrados a ver estas olas de solidaridad en nuestra cotidianidad, la excepción del caso, acompañado de fuertes imágenes que retumban en la conciencia interna, hace que todos entendamos la relevancia de la cooperación mutua que por desgracia tendemos a olvidar de forma frecuente en situaciones no extremas. Estamos viendo como esta ayuda voluntaria y desinteresada está siendo uno de los pilares fundamentales en el restablecimiento de la normalidad. Esto nos impulsa a pensar que el pueblo, si se organiza, puede abandonar el infantilismo social imperante que constantemente delega la toma de decisiones en la élite política y económica, como si fueran nuestros tutores legales a los que le debemos obediencia y no al revés.

Sin esperar a la respuesta de estos últimos, la gente se ha valido de su propio entendimiento para actuar. Es el instinto de sociabilidad, que decía Kropotkin, no el amor a nuestros vecinos, “lo que me induce a tomar un cubo de agua y correr hacia su casa en llamas mientras la mía está a salvo. Me guía un sentimiento más amplio, aunque más vago, un instinto, más propiamente dicho, de solidaridad humana; es decir, de caución solidaria entre todos los hombres y de sociabilidad”. Esta avalancha de instinto de sociabilidad, de forma destacada, ha estado protagonizada por los jóvenes, que durante mucho tiempo han tenido que aguantar ciertos comentarios por parte de personas que visten su cabellera de color blanco y que parlotean que los jóvenes “no están preparados para el iceberg del Titanic”, es decir para afrontar la parte dura de la realidad.

La historia nos obliga a permanecer con los ojos abiertos ante los posibles escenarios que pueden devenir. Como demostró la escritora e intelectual Naomi Klein en su libro 'La Doctrina del Shock', el capitalismo a lo largo de su historia ha utilizado las grandes crisis, aprovechando el shock colectivo, para dar el pistoletazo de salida a medidas de corte radical que buscan implementar políticas neoliberales que favorecen a sectores privados y desmantelan los sistemas públicos o colectivos. Estos momentos de crisis dejan a las poblaciones desorientadas y vulnerables, lo que permite aplicar cambios estructurales con menos resistencia. En el caso de la DANA en Valencia, este fenómeno meteorológico extremo podría abrir la puerta para medidas que sigan esta lógica.

Aunque muchas personas entienden que estos tipos de cataclismo se deben solucionar fortaleciendo el sector público y acabando con la ineptitud política de algunos, en nuestro día a día, circulan innumerables mensajes que abogan por todo lo contrario, empequeñecerlo. Aunque como se decía anteriormente el apoyo mutuo del pueblo es un pilar fundamental, no hay que olvidar que privatizar significa abandonar a cada cual a su suerte, lo que acaba por no garantizar los derechos fundamentales. Así lo ha demostrado Mazón después de haber suprimido la Unidad Valenciana de Emergencias (UVE) en noviembre del año pasado.

Esta lógica, en relación a la DANA puede desembocar en: privatización de servicios de reconstrucción y reparación; reestructuración de zonas afectadas bajo modelos urbanísticos privatizadores; imposición de políticas neoliberales en nombre de la eficiencia y prevención futura; recortes en servicios sociales para financiar la recuperación; empuje hacia soluciones privadas frente al cambio climático.

Debemos permanecer con los cinco sentidos en alerta para que las soluciones que se implementen después de este desastre beneficien a la comunidad en su conjunto y no respondan más a intereses privados que ven una oportunidad en medio de la tragedia. Si permanecemos alerta, la parte dura de la realidad es menos dura, ya que eliminamos el factor sorpresa y contamos con respuestas interiorizadas que pueden cambiar el rumbo de los acontecimientos.

Para el ser humano, la realidad en crudo no le sirve de mucho; necesita interpretarla. El problema está en que a la hora de hacerlo te puedes equivocar llegando a conclusiones erróneas. El Rey, Mazón y Sánchez así lo han demostrado. Seguramente hayan interpretado que ir a hacerse la foto al kilómetro cero de la catástrofe les haría olvidar a la gente cosas que no se pueden olvidar. De ahí que la sistemática y alejada burbuja de realidad en la que están inmersos nuestros gobernantes haya provocado, como hemos observado, que cuando bajan al barro, al no estar acostumbrados a hacerlo, les llueva del cielo.

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