Ando bastante preocupada por una tendencia que avanza sin hacer demasiado ruido: el regreso del nacionalcatolicismo, envuelto en un lenguaje amable, en estampitas de modernidad y en discursos sobre las tradiciones. Como si fuera una novedad, cuando en realidad es una vieja receta para limitar libertades.
Como fan de Rosalía, le perdono que haya contribuido a poner de moda el imaginario místico. Se lo perdono porque es la mejor, porque se pasea de la mano con su novia, porque hace lo que le da la gana y porque en sus canciones habla de mujeres libres. Su rosario es una estética. El problema llega cuando otros quieren convertirlo en un programa político.
Y eso es exactamente lo que estamos viendo en Zaragoza.
El gobierno de Natalia Chueca eliminó los puntos violeta de las fiestas, convirtiéndolos en unos supuestos "puntos seguros" que ya existían y borrando de un plumazo cualquier referencia a las violencias machistas que sufrimos las mujeres en los espacios festivos. Poco después, la alcaldesa posaba sonriente con el arzobispo para anunciar que algunas parroquias se convertirían en puntos seguros.
No estaría mal que antes se hubiese leído el manifiesto de Revuelta de Mujeres en la Iglesia. Ellas lo tienen bastante claro. Denuncian el machismo estructural de su propia institución, afirman que la Iglesia no es un espacio seguro para las mujeres porque las ha silenciado, las ha apartado de los espacios de decisión y ha protegido durante décadas a quienes abusaron de ellas.
Pero parece que ahora la moda consiste en mirar al altar cada vez que hay que resolver un problema social.
Y por si quedaban dudas sobre la dirección que toma esta deriva, esta semana asistimos a una imagen cargada de simbolismo: por primera vez un Papa interviene en el Congreso de los Diputados, la sede de la soberanía popular.
No se trata de cuestionar la fe de nadie. Cada cual es libre de creer en Dios, en Buda, en el horóscopo o en Rosalía. Se trata de recordar algo bastante elemental: España es un Estado aconfesional y las instituciones públicas representan a toda la ciudadanía, no a una confesión religiosa.
Porque cuando el púlpito y el poder empiezan a caminar de la mano, la historia nos dice quiénes pagan primero las consecuencias: las mujeres.
Resulta decepcionante escuchar a algunas mujeres afirmar que el feminismo no las representa mientras disfrutan de derechos conquistados precisamente gracias al movimiento feminista. Votan. Trabajan fuera de casa. Cobran un salario. Administran su patrimonio. Pueden divorciarse. Pueden decidir sobre su maternidad. Pueden abrir una cuenta bancaria sin permiso de un marido y presentarse a unas elecciones.
Nada de eso cayó del cielo.
Ninguno de esos derechos fue un regalo de la jerarquía eclesiástica. Al contrario, todos se conquistaron frente a su oposición. No fue la Iglesia quien defendió el sufragio femenino, ni el divorcio, ni la educación en igualdad, ni la autonomía económica de las mujeres, ni el derecho a decidir sobre el propio cuerpo.
Fueron generaciones de feministas las que soportaron insultos, desprecio y persecución para ampliar la libertad de todas. También de quienes hoy reniegan del feminismo mientras disfrutan de cada una de sus conquistas.
Y esa es la gran paradoja de nuestro tiempo: utilizar la libertad conquistada para despreciar a quienes la hicieron posible.
Un Estado laico no persigue ninguna religión. Todo lo contrario. Garantiza que todas puedan convivir en igualdad, sin privilegios y sin imponer su moral al conjunto de la sociedad.
La política debe legislar desde los derechos, no desde los dogmas; desde la igualdad, no desde la obediencia; desde la libertad, no desde el pecado.
Porque el punto violeta nunca fue una simple carpa. Era el símbolo de una sociedad que reconoce una violencia específica contra las mujeres y decide combatirla. Sustituirlo por un rosario, una parroquia o un púlpito no es una cuestión estética. Es una declaración política.
Y ya sabemos que cada vez que alguien intenta convencernos de que debemos volver al confesionario, lo que realmente pretende es arrebatarnos derechos y que dejemos de cuestionar quién tiene el poder.





