Dejar de devorarnos

De niña me encantaba que mi madre nos cocinara pescadilla que se muerde la cola. Al tiempo descubrí el uróboro, una serpiente que engulle su propia cola y forma un círculo con su cuerpo, ambos símbolos del ciclo eterno de las cosas y del esfuerzo inútil. Algo similar parece que vivimos estos locos días en los que recordar que el consumo excesivo de carne no es sostenible provoca una batalla de chuletones en las redes que parece afectar incluso a las masculinidades más temerosas; días en los que a pesar de cientos de horas y argumentos contra la movilidad individual …

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De niña me encantaba que mi madre nos cocinara pescadilla que se muerde la cola. Al tiempo descubrí el uróboro, una serpiente que engulle su propia cola y forma un círculo con su cuerpo, ambos símbolos del ciclo eterno de las cosas y del esfuerzo inútil.

Algo similar parece que vivimos estos locos días en los que recordar que el consumo excesivo de carne no es sostenible provoca una batalla de chuletones en las redes que parece afectar incluso a las masculinidades más temerosas; días en los que a pesar de cientos de horas y argumentos contra la movilidad individual contaminante, el Gobierno de España anuncia ayudas al sector por un importe astronómico, o en los que la apuesta por el turismo como salvación de la crisis postcovid nos arroja de cabeza a la quinta ola de la pandemia.

Parece que no somos capaces de romper el círculo eterno de la contradicción permanente y, mientras con una mano aceptamos la emergencia climática, con la otra nos empeñamos en el enésimo ejercicio de gatopardismo que dudo mucho convenza al planeta de que nos merecemos un espacio en él.

Y al mismo tiempo, el aleteo de la mariposa en Taiwán, la sequía, el incendio de una fábrica enorme, la dependencia energética, la Covid, el accidente en el canal de Suez y alguna otra cosa más provoca el caos en la producción de coches, electrodomésticos, móviles, ordenadores y quién sabe qué más porque si no hay chip no hay casi nada.

Quizás convendría dejar de mirar la vida como un movimiento continuo y comenzar a pensar en el espacio que ese movimiento crea en su interior, el círculo en el que podemos vivir, sin pretender ser más, simplemente vivir y tratar de ser felices.

Kate Raworth en su libro ‘Economía rosquilla’, se ubica en ese espacio circular al que quita el centro y establece que el espacio entre el límite del planeta y lo mínimo necesario para la vida es el único que nos permitirá ser, no crecer (salvo a aquellos que aún pelean por la subsistencia), pero vivir y con algo de suerte, prosperar sobre la base de una economía regenerativa y distributiva.

También el símbolo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible es un círculo con un espacio interior, un modo de señalar el equilibrio y la interdependencia de cada uno de los factores que sostienen la vida.

Puede que la clave sea que la pescadilla o la serpiente pierdan la cabeza y la rueda deje de girar en pos de un crecimiento que cada día llega a menos y deja más vidas en el camino, quizás ha llegado el momento de sentirse completo en la suave curva de una rosquilla y comenzar a compensar tanto daño a nosotras mismas y al planeta, ¿empezamos por lo cercano?

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