Altavoz

Dejadnos votar en contra

| 24 marzo, 2019 10.03
Dejadnos votar en contra
Ostraka ateniense.

Es de agradecer que todavía no existan elecciones planetarias. Para mi gusto considero que son suficientes, más bien demasiadas, las continentales, estatales, territoriales y locales que habremos de afrontar en este 2019. Aunque no me quitan el sueño, pues con 42 años son dos las veces que me he acercado a las urnas, les presto cierta atención.

Últimamente observo con vigilancia a PP, Ciudadanos y Vox. Les veo de reojo y me resultan como la caricatura de tres niños pijos de diferentes épocas. Desde el señorito de cortijo o de finca franquista que simboliza Vox; al renovado fascista del PP que, con la cuenta corriente familiar repleta gracias al régimen, se monta en la palabra democracia sin que se le caiga la cara de vergüenza; pasando por el pijo actual que, si bien se cree liberal, sería el primero en unirse al golpe de estado de repetirse el 18 de julio. Les veo competir por un voto, el del descontento fascista, que, si bien existe, quizá no sea tan numeroso como se piensan y alguno pueda salir trasquilado en este quitarse la careta.

En el desliz, Casado ha usurpado a Abascal el tema de la “ideología de género” a ver si pesca algo; Vox, al dictado de Steve Bannon, ha sacado el tema de las armas, como si fuera un debate existente en el Estado español; y Ciudadanos… pues es Ciudadanos y sigue catalanizando el debate aunque esté haciendo precampaña en Antequera, Mérida o Valladolid. A su vez, los tres trabajan muy seriamente por ver quien consigue el candidato más inoportuno y pestilente: desde el revisionista neonazi, pasando por el corrupto imputado por la Audiencia Nacional, hasta llegar al trepilla que evade impuestos. Todo un espectáculo aderezado con pucherazos, dedazos y fichajes estrella, bueno, estrella no, dejémoslo en mediáticos.

Al lado de estos está el PSOE, que sin ser santo de devoción alguna por mi parte, se lo monta mejor. Disfruta de una posición privilegiada, como gobierno en funciones, y con las Cortes Generales disueltas ha marcado una agenda, autodenominada “viernes sociales”, en la que a golpe de decreto va construyendo su campaña electoral. Esto a los tres partidos de la derecha les ha picado, y han llegado a calificar la treta de “doping electoral”. A la izquierda del PSOE no se han visto con tan malos ojos estos decretos, pues entre otros se han aprobado la ampliación de la baja de paternidad, la subida de las pensiones mínimas o la exhumación de Franco. Había promesa de decretar algo que derogase la reforma laboral, pero parece que esto, como de costumbre, no se podrá realizar. El Banco de España se ha encargado de pararle los pies a los estertores del gobierno de Pedro Sánchez, vía informe que asegura que no hay pan para tanta reforma.

En la izquierda la cosa no está mejor. Pinta fea la cosa. La ilusión de Unidos Podemos es ya una quimera y en la formación no parece haber unión y no da la sensación de poderse. La cosa se ha convertido en algo que nos sabría definir muy bien, pero que debe estar entre la medición de sexos y el “quítate tú para ponerme yo”. El caso es que Errejón se ha enemistado con Él y lo que parecía un sólido grupo de comprometidos amigos de izquierdas que se conocieron en la facultad de ciencias políticas se ha convertido en un partido político de los de toda la vida. Al menos para mis ojos. Estos roces en el centralismo madrileño se han extendido a provincias. En Zaragoza hemos visto cómo Podemos asegura que no participará en ZeC, mientras la candidatura de confluencia iniciaba un proceso de primarias, con dos listas, a las que hay que sumar candidaturas independientes. Sepa quién me lea que una de las veces que voté, y con ilusión, lo hice por ZeC. Ahora, espero que estrenen la película, porque es un libro que no me apetece mucho leer. Por hastío.

Ante este panorama entiendan que uno se sienta desencantado. Fue inmerso en ese desencanto donde pensé que nos tendrían que dejar votar en contra. En mi caso es muy probable que ejerza mi derecho a voto en este 2019 en contra de la ultraderecha y no en favor de nadie. Y me gustaría que se notara que mi voto es en contra. Vamos, que quede constancia que soy contrario. Se me ocurrió así, de repente, poniéndome los calcetines, o cociendo borraja, no lo recuerdo bien. Pero la ilusión se fue al traste rápido. Total que no, que resultó no ser idea mía. Un colega me contó que los griegos ya habían experimentado algo así. En Atenas, en la que fuera la primera democracia, con su esclavismo y sus castas, diseñaron una forma de quitarse de encima a esos legisladores y líderes que no les gustaban. Lo hacían mediante el ostrakon, unas piezas de cerámica circular, con un agujero en medio, en las que se escribía el nombre del político denostado. La suma de un número determinado de ostraka –ostrakon es el plural– condenaba al exilio al elegido. Al ostracismo.

Como lo de la cerámica puede que no sea muy funcional, y como que aquello era más bien una moción de censura, propongo reinventar el voto en contra sin abandonar la denostada ley d’hont. Sin cambiar en exceso la forma de ejercer este derecho. Simplemente permitiéndonos emitir unos votos negativos que se acabaran restando al total de votos positivos de cada candidatura. En concreto propongo un voto a favor y otro en contra por persona. Y la posibilidad de emitir solo uno de los dos, si así se desea. Es decir, de abstenerse a medias. Estoy convencido de que, por un lado, sería beneficioso para la democracia, y por otro, no menos importante, más de uno se iba a llevar una sorpresa en los recuentos al ver su resultado en números rojos.

24 marzo, 2019

Autor/Autora

Redactor. Integrante del Consello d’AraInfo. @maconejos


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