Tras años de una muy intensa participación en medios de comunicación aragoneses, en prensa, en radio, en televisión, también en algunos nacionales, se apoderó de mí una especie de agotamiento que me llevó a alejarme por completo de esa esfera pública. El impulso que me había llevado a participar con mi opinión en el debate público, y que tenía que ver siempre con los malestares que me provocaba lo que vivía o los anhelos que pudieran dibujarse en el horizonte, parecía haber desaparecido. Y, de ese modo, se instaló un largo silencio.
Un silencio inquieto, muchas veces cuestionado por una voz interior que me decía que había que aportar, que era preciso intervenir. Pero esa voz quedaba inmediatamente ahogada por un cierto hastío, desencanto, vaya usted a saber qué, que solo conseguía que, de manera muy puntual, enviara alguna colaboración concreta que no ha sido capaz de romper esa inercia de silencio en la que me encontraba.
Muchas veces me he preguntado por qué me sucedía eso. Por qué, si me gusta escribir, si no entiendo la vida sin el compromiso político y social, me sentía incapaz de reincorporarme a la escritura. Y creo adivinar la existencia de dos factores que están detrás de este prolongado silencio. Como he dicho más arriba, escribir siempre era el efecto de algún malestar o de algún anhelo. Pues bien, en estos tiempos, los malestares se han multiplicado de un modo torrencial, de tal manera que, si en un determinado momento se me ocurría escribir sobre una cuestión concreta, inmediatamente acontecía alguna otra que la desplazaba en mi cabeza, de tal modo que, saltando de malestar en malestar, el silencio seguía afianzando su losa. Y de los anhelos, ¿qué decir de los anhelos? Pues que se han diluido a tal velocidad que se han borrado del horizonte. En los últimos años he sentido como una enorme paradoja el hecho de que cuando al fin la izquierda gobierna en este país, cosa que no sucedía desde febrero de 1936 (y solo nos dejaron cuatro meses antes de montarnos un golpe de Estado), todo aquello que queríamos promover y que tuvo su expresión más brillante en el 15-M había desaparecido por completo del imaginario social, para dejar paso, además, a un discurso reaccionario cargado de un odio que todo lo impregna. Ello me lleva a pensar que somos una derrota que gobierna y que, si no sabemos remediarlo, habremos contribuido, con nuestros errores, por nuestras miserias, a abrir la puerta al retorno de aquello que escribió las peores páginas de la humanidad: el fascismo.
Quizá esas sean las dos razones que explican mi silencio. Y ahí siguen. Pero, si siguen, ¿por qué romper el silencio? Pues porque en esta coyuntura, el silencio no es una opción. Hay una novela de Sartre, El aplazamiento, en la que se produce un diálogo entre dos amigos en un café de París. Uno de ellos acaba de regresar de España, de la guerra, para buscar ayuda financiera para la República. Este personaje, que en realidad es una persona real, Fernando Gerassi, íntimo amigo de Sartre, confiesa que la guerra está perdida. Lo que lleva a su interlocutor, que de hecho es el propio Sartre, a preguntarle que, si es así, por qué va a volver para luchar. Gerassi contesta que contra el fascismo solo cabe el combate. Voy a acogerme a la afirmación de Gerassi e intentaré tomar todos los malestares que me atraviesan como expresión de uno solo: el peligro de fascismo que amenaza a nuestras sociedades, que deshace nuestra convivencia, que emponzoña nuestro día a día. Y, en cuanto a los anhelos, seguiré intentando alimentar el deseo de que en algún momento la izquierda, las izquierdas, seamos capaces de dejar de lado minucias, detalles, egos, protagonismos, mochilas y demás zarandajas y sepamos estar a la altura de lo que los tiempos, y nuestro entorno, nos exigen.
Los peligros del fascismo seguro que me dan mucho que escribir. Pero esperemos que los anhelos me proporcionen el combustible indispensable. Porque nos queda poco tiempo.





