Vivimos una oleada de "cultura macro" en Zaragoza: macrofestivales, macroespectáculos de luces, macroeventos de flores y de hamburguesas premium cada dos por tres y un sinfín de actividades lúdicas en las que el fin principal no es otro que promover una cultura del consumismo en la ciudadanía.
Un modelo que no difiere mucho del de un gran centro comercial que busca entretener a sus clientes para que visiten sus instalaciones, jaleados durante el resto de la semana por influencers, campañas publicitarias en el mass media local y desde las propias redes sociales institucionales para que inviertan su tiempo de ocio en divertirse gastando durante el fin de semana.
Hace un par de meses sucedió una de esas noches que se sienten como punto de inflexión generacional en el entorno cultural en el que suelo moverme. Una nueva escena de jóvenes músicos y músicas —con un mayor plus de diversidad y presencia femenina que hace unos años— celebró la publicación de un disco de vinilo versionando la canción "El Hombre Bombilla" de El Niño Gusano, que da nombre a la mítica sala La Lata de Bombillas, donde se celebraba el concierto y que este pasado año cumplía su 25º aniversario.
Este homenaje de una nueva escena musical a la Lata fue una iniciativa autogestionada por las propias personas implicadas que llenó hasta los topes el bar con público entre 20 y 40 años, que coreaba sus canciones, compraba discos e insuflaba nuevas balas de oxígeno a una sala pequeña de conciertos como punto de intercambio cultural, dejando un poso de legado físico y sentimental como los vinilos que se agotaron esa noche.
También hace unos pocos días tenía lugar la 12ª edición del microfestival Zaragozafelizfeliz, la fiesta que desde nuestro colectivo de agitación musical organizamos anualmente con el ánimo de promover la música indie y la cultura de salas en un evento donde la música en directo sea la única protagonista. Sin soportes mediáticos ni publicitarios detrás, sin patrocinadores ni subvenciones —este año no se nos concedió ninguna ayuda pública—, 700 personas llenaron durante dos días seguidos la Lata de Bombillas y la sala Oasis para disfrutar de pequeños grupos alternativos de música pop.
Un proyecto sin ánimo de lucro basado en la afición y el amor a la música que tras tantos años se ha consolidado como un "rara avis" en el mundillo musical actual y que ha trascendido fuera de nuestra ciudad hasta el punto de poner a Zaragoza como bastión indie en el mapa estatal, como documentan un par de libros recién publicados es mes: "Actitud" (Luis Benavides, Silex Ediciones) y "Microfestivales" (Nando Cruz).
Recuerdo para siempre de otro Aquelarre Pop mítico ❤️🔥
Gracias a grupos, artistas, trabajadores y público por otra edición inolvidable 🫶🏻 Nos vemos en 2026? pic.twitter.com/LPrKXJRBFf
— (: zaragozafelizfeliz 🙂 (@zgzfelizfeliz) November 25, 2025
Este tipo de cultura "underground", que sobrevive como puede al tsunami turbocapitalista que inunda nuestras ciudades, móviles y medios de comunicación, solo es posible gracias al germen que plantaron y cuidaron con mimo las generaciones previas, que convirtieron lugares como la Lata de Bombillas o grupos como El Niño Gusano en referentes de una forma diferente de hacer y sentir las cosas entre mucha gente de esta ciudad, y que si se da el contexto apropiado intentan cultivar y esparcir su propio espacio cultural.
Entender la cultura o la música como un bien a cuidar y disfrutar y no como un generador de dinero, entender al público como un integrante más del circuito que puede seguir aportando ideas nuevas y asociacionismo y no como un mero consumidor, entender a las salas de conciertos como hogares para que colectivos y artistas puedan desarrollar sus nuevos proyectos. No se trata de romantizar la precariedad, el Do It Yourself y el amor arte, tampoco de rechazar la profesionalización o los grandes eventos que también son necesarios. Se trata de seguir promoviendo espacios fértiles que permitan que la cultura crezca y se pueda desarrollar de manera independiente, genere identidad y se pueda seguir transmitiendo de generación en generación, de escena en escena.
Mientras el Ayuntamiento da por amortizado el complejo de Las Armas como centro musical, recorta muchas ayudas culturales a proyectos pequeños y cierra casas de juventud, subvenciona a todo trapo macrofestivales como el Vive Latino que convive con el resto en modo depredador: eleva el listón de los cachés, aplica cláusulas de exclusividad para que no puedan tocar durante el resto del año y monopoliza toda la maquinaria mediática de la ciudad. Si se fijan atentamente todos sus "éxitos" se siguen midiendo en "impacto económico". Los peces grandes siempre devoran —directa o indirectamente— un buen puñado de peces pequeños a su paso, y muchas veces cuando desaparecen de un año para otro solo dejan tras sí un erial como único legado.
Se me ocurren multitud de ejemplos de proyectos que estos últimos años generaron comunidad, afición y un impacto cultural pero que por diferentes causas fueron abocados a dejar de existir: Las Armas como pulmón que oxigenaba a un barrio entero y como espacio que fertilizaba el nacimiento de nuevos grupos musicales y proyectos que necesitaban un espacio para desarrollarse. Pequeños festivales como Slap!, El Bosque Sonoro o Zgz Psych Fest, la programación del centro Etopía o esos inolvidables Pilares con conciertos gratuitos en plazas organizados por los propios colectivos de la ciudad. De todo eso ya no quedan más que recuerdos pero sí un poso cultural y una escena local que duró hasta la pandemia que permanecerá para siempre en las biografías de quienes lo vivimos.
Sobreviven algunos muy interesantes como esas joyas que son Bombo y Platillo o el festival Retina. Dos muy buenos ejemplos de que la cultura bien gestionada puede ser accesible a todo el mundo, enriquece y repercute positivamente en la ciudad sin tener como objetivo prioritario su potencial económico.
Siento que mucha gente joven de la que viene a mi pequeño festival no encuentra lugares ni condiciones para tomar el relevo. Es por ese motivo que me animé a escribir este artículo, reivindicando estos y muchos otros micro-proyectos y espacios que han dibujado durante los últimos 20 años la Zaragoza que me ha educado culturalmente. Cuidarlos mientras existen y sostenerlos con vida para evitar que mueran antes de tiempo es una labor de todos, desde instituciones al público que los apoya. Y si su recorrido ha de finalizar por ley de vida, necesitamos una ciudad que acoja e invite a decir a las siguientes generaciones: que pase el siguiente.

