En un contexto marcado por el aumento de los desahucios, el encarecimiento de la vivienda y el debilitamiento de los sistemas de protección social, la pérdida del hogar se ha convertido en una de las formas más crudas de exclusión. Más allá de la falta de techo, quedarse sin casa implica una fractura profunda en la dignidad, la salud y la identidad de las personas.
Hemos entrado en un ciclo peligroso: frivolizar el dolor ajeno y convertirlo en espectáculo se ha vuelto una estrategia eficaz del fascismo. Así se genera impacto, se normaliza la deshumanización y se promueve el declive de los derechos humanos como una forma “canallita” de ganar adeptos y blindar privilegios.
La pérdida de los derechos básicos y constitucionales es el mayor negocio de la especulación, poniendo el foco en las víctimas, una vez más, y no en quienes se lucran a costa del desgaste y el empobrecimiento de las personas y sus comunidades.
Un sistema que alimenta el deterioro de sus gentes, que las empuja más allá del margen, no necesita cárceles: le basta con una cámara en cada bolsillo. Cualquiera puede disparar una foto o grabar un vídeo para exhibir la miseria ajena, como si el dolor fuera espectáculo y la pobreza, un decorado para la indignación momentánea. Así se construye la pornomiseria: una escenografía donde todas y todos, de un modo u otro, estamos atrapados.
Una persona con una vida. Una historia contada cientos de veces, disipada en la pena. Una voz desoída. Un cuerpo desechado.
Y mientras tanto, desde la comodidad de sus hogares, hay quienes se molestan por la presencia de quienes han sido expulsados del sistema. Les perturba que alguien rompa la estética de sus calles, que interrumpa la ilusión de orden con su sola existencia.
Vivimos en una sociedad que ha polarizado la dignidad y el respeto por la vida. Donde el odio se grita en consignas y el amor se susurra en actos de cuidado. En este campo de batalla cotidiano, cada gesto de humanidad es una trinchera, cada abrazo, una forma de resistencia. Porque lo que está en juego no es solo un techo: es la vida misma.
Tener una casa va más allá de un tejado y unas paredes. Es tener a recaudo tu intimidad, tu integridad, tu valía personal. Es consolidar un espacio de seguridad y de protección ante la intemperie del clima y de lo inhumano.
La pérdida de un hogar no debería ser la pérdida de la humanidad. Quienes llegan a tal circunstancia se ven atravesados por múltiples pérdidas más: la salud física y mental, un trabajo, rupturas, adicciones, trabas burocráticas, violencias administrativas… Adicionalmente, el estigma social se convierte en la punta del iceberg por la cual se emite un juicio sentenciador, y de ahí al ostracismo.
¿Quién, entonces, podría librarse de ello? Si la salud mental se fractura y no existen suficientes recursos para curarla, si el cuerpo se desgasta y el trabajo se convierte en una vorágine de rechazos, si no existo a través de un papel… ¿cómo no terminar cayendo por el precipicio del abandono y el olvido?
Llevar toda una vida a cuestas, en una bolsa, errando entre el suelo y el pasto, entre un sillón y un cajero, entre las miradas que no se cruzan o lo hacen con menosprecio. Todo socava los principios de la moralidad y la humanidad. Los más esenciales: que todo ser humano merece respeto, cuidado y protección.
El sistema de bienestar está en declive, y hay quienes lo celebran. Celebran poder ganar dinero con la seguridad, mientras lanzan discursos que fomentan el individualismo y la falta de empatía.
Un sistema que arrebata derechos es un sistema fallido. Es un sistema que consagra la muerte frente a la vida, la supremacía frente a la comunidad, el odio frente al amor. Pero para ese sistema siempre habrá una sublevación, una respuesta en cadena que primará la vida, la comunidad, el amor y los cuidados.
Porque frente al abandono, hay redes que sostienen. Frente al olvido, hay personas que recuerdan. Frente al odio, hay colectivos que cuidan.

