Contra la sociedad aséptica

Tengo un compañero que dice a menudo: “vivimos en una distopía cutre”, a lo que me gusta añadir que vivimos el resultado de la creación de una sociedad triste, homogénea, a la vez que individualista, ridícula y excesivamente obediente. ¿El mundo líquido de Bauman? Depende de quién, cómo, pero sobre todo a través del canal que te lo cuente. Ahora que el Estado muestra su podredumbre, esa que siempre estuvo pero que sus medios de propaganda se encargaban de ocultar, la condición de consenso que viene en el paquete de toda sociedad comienza a tambalearse. Sin embargo, pese a que …

Tengo un compañero que dice a menudo: “vivimos en una distopía cutre”, a lo que me gusta añadir que vivimos el resultado de la creación de una sociedad triste, homogénea, a la vez que individualista, ridícula y excesivamente obediente. ¿El mundo líquido de Bauman? Depende de quién, cómo, pero sobre todo a través del canal que te lo cuente.

Ahora que el Estado muestra su podredumbre, esa que siempre estuvo pero que sus medios de propaganda se encargaban de ocultar, la condición de consenso que viene en el paquete de toda sociedad comienza a tambalearse. Sin embargo, pese a que ese seísmo no es nuevo, son nuevas las formas en que la sociedad reacciona al temblor: frustración, infantilismo, desazón, candidez e individualismo mandan en la oposición.

Hace años que hablamos, cara a cara, más bien poco con quienes nos rodean. Nos hemos encerrado ante pantallas que controlan nuestra forma de comunicarnos y, además, creemos que lo hacemos bien. Incluso hay quienes estiman que esas redes tecnológicas tienen beneficios frente a las relaciones humanas clásicas.

Tengo claro que mi participación en las redes sociales es cada vez más baja porque hace días que determiné que muchos de los debates que se producen en Twitter o en Facebook, de sucederse en la vida real, la que sucede lejos de las pantallas, los solucionaría a golpes. A veces, leyendo alguno de esos enconados debates tengo la sensación de que voy a salir a la calle y el mundo va a estar en guerra. Lejos de eso lo que me encuentro es gente cabizbaja que anda, de forma errabunda, bien mirando una pantalla, bien sin mirarme a la cara.

El ejemplo del nazi –con camiseta de del grupo musical fascista Arjuna– que, según denuncia, fue arrojado por las escaleras del metro en Barcelona desató indignación, aplausos, debates, vítores, falsas noticias… pero todo en ese mundo virtual. Ese mundo de violencia verbal aséptica, en la que todo es fácil, y en la que la derrota y la victoria se definen con un block. Quizá con un meme.

Desde aquí, y sin conocer si hubo discusión previa o no, aplaudo a quien empujó por las escaleras al botarate. Primero, por lo que supone ese gesto antifascista. Pero sobre todo por salir de la pantalla al mundo real, identificar a un enemigo –esa ultraderecha que se organiza dentro y fuera de las redes sociales– y combatirlo con las manos, saliendo del aislamiento y del estéril debate virtual.

Defiendo, sin dudar, frente al aislamiento al que nos trata de abocar el sistema –  ya sea como elementos partícipes del mismo o como opción revolucionaria–, el contacto físico en cualquiera de sus formas. Me vale un abrazo y un puñetazo. Me sirve una caricia tanto como un arañazo. Agradezco más una salvaje discusión cara a cara que una mención en la story de la red social de turno. Me llena más.

Porque si en la vida real construimos un relato de nosotros mismos éste en las redes se multiplica. Pasamos la vida diferenciándonos continuamente, tratando de ser especiales, incluso especialitos. Somos fans del grupo que nadie conoce; leemos autores que no sabemos pronunciar, o que ni siquiera entendemos; e imponemos posturas, políticas o culturales, sin que haya espacio para la discusión real. Una construcción de un “yo” inexistente o, en el mejor de los casos, una imagen deformada por el espejo que elijamos en cada momento.

Todo esto crea una sociedad infectada de las enfermedades sociales propias de la urbe, como la disforia o la ansiedad, para la que no tiene más solución que los libros de autoayuda, el coaching y el marketing que cura lo que el mismo marketing genera.

Frente a eso defiendo salir a la calle a practicar sexo, a golpearse, a crear, pero también a romper, a acariciarse, a pegarse con otras personas, a ayudar a tu vecina con la compra, a cagar entre dos coches… Frente al hastío y la urgencia, busquen su propia diversión, aquello que de verdad les llene como personas, y no la forma de comunicarse y hacer que esta sociedad aséptica les impone.

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