En tiempos de aceleracionismo e inundación de contenidos sintéticos generados por IA, unas treinta y cinco personas de entre 8 y 80 años se suben el próximo sábado, 22 de noviembre, a las tablas del escenario del Centro Cívico Teodoro Sánchez Punter para recuperar la memoria e identidad de San José a comienzos de la década de los setenta. El Teatro Comunitario de este barrio zaragozano, dirigido por el Colectivo Zonas Comunes, interpreta esa jornada a las 18:00 horas la obra ‘Bajo el asfalto están los huertos’ (compra de entradas). Quienes se acerquen podrán disfrutar de una dramaturgia que entrelaza ficción y documento, que refleja la identidad solidaria y combativa de una comunidad en historias ambientadas entre huertos, escuelas, acequias, fábricas e iglesias obreras.
Esta obra plasma el trabajo llevado a cabo durante cerca de dos años por el Teatro Comunitario San José dirigido por Zonas Comunes, colectivo que encabezan Virginia Martínez y Sebastián Ramírez. El proyecto nace de la inquietud que existe por el actual desarraigo identitario de los barrios zaragozanos en una ciudad diseñada para la competición individual y un consumo cultural aplanado por el contenido dominante. Para ello, no solo han hecho falta muchas horas de ensayo, sino también un concienzudo y gratificante trabajo de investigación colectiva.
“Esto nace porque nos preguntábamos cuál es actualmente la identidad de San José y no la veíamos nada clara. Las personas mayores pensaban que se había perdido por completo. Cuando hablamos con ellas aparecía mucho esto de antes era un barrio obrero, el de las fábricas, el que se construyó a sí mismo, los vecinos organizados cerraron acequias, pidieron y construyeron escuelas. Había mucho orgullo de gestas vecinales. Nos preguntamos qué identidad era entonces para tratar de identificar cuál es la de ahora”, explica Ramírez. En este punto también gusta de precisar que más allá del contexto político y económico, el relato de la obra tiene una constante: “Todo el mundo se echaba una mano, todo el mundo estaba pendiente de las necesidades de la comunidad, Y nosotros pensamos que si algo pudo ser de una manera, también puede volver a serlo ahora”.

Investigando huertos, fábricas, acequias, incendios…
La investigación colectiva de esta compañía de teatro comunitario les ha hecho conocer episodios previos a la transición democrática. “No siempre se cuenta todo. Ya hubo cambios profundos sucedidos en años de dictadura, no surgieron de forma espontánea en la democracia. Hubo mucha gente currando en lo sindical, en lo asociativo, o también las figuras de estas iglesias cristianas de base, como Teodoro Sánchez Punter, que es un emblema en San José. Hemos aprendido que quizás hay que contar más estas cosas”, aclara Ramírez.
A juicio del integrante de Zonas Comunes, abundan los relatos previos a cambios históricos como la Segunda República o la dictadura franquista, sin embargo, no sucede tanto con la Transición. “Además, en esa época los contextos eran confusos, por ejemplo, aparecía la televisión en color, pero seguían juzgando a mujeres por adulteras. Parece que había esa necesidad por parte de algunos de cerrar y silenciar etapas. Los relatos de comienzos de los sesenta no aparecen con suficiente transparencia, tuvimos que concretar muchas cosas que estaban sueltas”, añade.
Uno de los eventos recordados es el trágico incendio de la tapicería Bonafonte en el cercano barrio de Las Fuentes en 1973, que acabó con la vida de veintitrés trabajadores. Ramírez también expone la reconstrucción de otro hecho difuminado en el barrio de San José: “Por ejemplo esto de la historia de un niño que cayó a la acequia y murió, y que el barrio se movilizó con tres mil personas con el Ayuntamiento… Cuando lo hablamos por primera vez, había quien decía que murió, otros que no, había confusión entre muchas historias. Fuimos a las fuentes y encontramos los periódicos donde hablaban de todos estos sucesos, así pudimos fijar los hechos reales en historias que estaban un poco perdidas”.
Elenco aficionado, pero muy diverso
Los actores y actrices de la compañía tienen una única cosa en común, no son profesionales. Muchos nervios, lapsus o momentos en blanco pueden darse en obras de teatro comunitario dado que los participantes son aficionados. Sin embargo, Ramírez resalta el gran potencial de este amplio elenco de treinta y cinco personas de entre 8 y 80 años: “Te da la posibilidad de reflejar en el escenario una comunidad entera, yo no tengo que hacer que alguien tenga que hacer de adolescente porque ya tengo un adolescente, que otra persona tenga que hacer de abuela porque también tengo una abuela. Me permite disponer de un arco muy grande para representar una comunidad heterogénea”.
Y es que el teatro comunitario no tiene como objetivo único y finalista la representación, compartir con el público su trabajo. El proceso de investigación, escritura y ensayo se da en un entorno de enriquecimiento por la heterogeneidad de las personas que participan de forma desinteresada. “Hay una cosa especial que no se puede hacer en otros espacios, que es compartir con el diferente, pero no solo en edad, sino muchas veces, en condición social, estrato social, en nivel educativo, obligarse a participar en grupos donde hay diversidad, donde hay niños, donde hay mayores, gente con doctorados y carreras, y personas que apenas hablan el idioma… Son también características para pensar que somos como una comunidad, que puede acoger la diversidad de los diferentes orígenes y capacidades que tiene cada uno. Es bonito pensar que hay niños o jóvenes que puedan enseñar a los adultos, que puedan compartir espacios que en el día a día solo sucede a nivel familiar, eso también es muy potente”, concluye Ramírez.

