El término “cine aragonés” aparece cada cierto tiempo, normalmente cuando alguna directora o director logra que su película viaje, gane premios o se reconozca en el exterior. Entonces surge el bombo y platillo, el orgullo nacional y la denominación de “aragonesa” lo colma todo.
En la práctica, muchas veces se llama “cine aragonés” a cualquier película que tenga algún pequeño vínculo con Aragón, aunque la mayor parte de la producción se realice fuera o con recursos mínimos en el territorio. Se trata de una situación lamentable que ofrece una visión distorsionada de los esfuerzos que han sido necesarios para sacar adelante proyectos cinematográficos recientes, como ‘La Estrella Azul’ de Javier Macipe o ‘Las Niñas’ de Pilar Palomero, ambos rodados en Aragón y con equipos mayoritariamente locales.
La realidad es que la mayoría de los directores y directoras ni siquiera producen en Aragón, porque las dotaciones económicas que reciben aquí son paupérrimas y, además, llegan tarde. Cuando se sientan a negociar coproducciones, lo que pueden aportar desde Aragón los coloca en clara desventaja —es decir, en una situación de falta de competitividad, en el sentido empresarial del término— frente a otros territorios. La excepción y salva para proyectos pequeños/medianos suele ser la compra de derechos adelantados de emisión por Aragón Televisión.
Este uso indiscriminado del término opaca, además, un debate crucial en el sector: ¿Qué producciones merecen realmente la denominación de “cine aragonés”? ¿Cuál está siendo la implicación real de las instituciones públicas aragonesas a la hora de fomentar la producción, distribución y exhibición del cine aragonés? Y cuál creemos que debería ser la óptima, la deseable, la necesaria y además comparable —al menos— a las que se están otorgando en otras comunidades autónomas.
Además de la insuficiente cuantía de las dotaciones económicas, a esta situación se suma el momento inadecuado en que se publican estas subvenciones, lo que dificulta aún más la planificación y ejecución de los proyectos. Ante esta situación, el sector lleva años pidiendo subvenciones con plazos coherentes y sentido común.
Durante años, las ayudas se convocaban en verano —si era un año “bueno”— y no se resolvían hasta septiembre u octubre, obligando a las y los creadores a presentar las obras terminadas y con los pagos ya realizados en diciembre. Este disparate ha sido la norma durante muchos años y ha obligado a las y los creadores a amoldarse a este cronograma variable, inseguro e imprevisible, realizando malabarismos innecesarios y generando dependencia, sin posibilidad de sincronizarse fácilmente con otras subvenciones a nivel estatal. Además, esta dinámica ha perpetuado situaciones de precariedad en el sector y, en lugar de corregirse, se ha cronificado con el paso de un gobierno a otro.
Y de repente, el 30 de diciembre, la Dirección General de Cultura envía correos a las personas solicitantes de años anteriores de las "Ayudas a Producción Audiovisual", informando de que "hemos estado trabajando intensamente para poder publicar las ayudas de manera anticipada, tal y como se demandaba desde hace años desde el sector audiovisual, con el fin de mejorar los plazos de gestión, ejecución y desarrollo de los proyectos presentados" y "estamos en disposición de publicar las nuevas convocatorias, tanto de cortometrajes como de mediometrajes y largometrajes, a mediados de enero de 2026".
Si los mencionados correos se hubiesen enviado el 28 de diciembre el cachondeo habría sido mayúsculo. Sería berlanguina la situación, pero claro no somos valencianas. Somos aragonesas y como Buñuel la cosa en nuestra tierra inevitablemente tiende al surrealismo; en este caso a un surrealismo administrativo.
Título de la película ‘Extraño final de año’, en el que cuando la lógica se suspende: un problema que se arrastra durante años se resuelve de pronto, casualmente, con la llegada al calendario de la llamada a urnas del 8 de febrero.
Queda por ver si, con cambios como estos, el “cine aragonés” logrará finalmente consolidarse o si continuará avanzando a base de compases finales, resoluciones tardías de fin de año y un constante testamentum et ultima voluntas. Porque, pese al alivio que ha generado el anuncio de esta convocatoria, el tejido cinematográfico aragonés no se merece seguir “apañándose” de esta manera.
Sólo con planificación, dotaciones coherentes y un calendario estable, el cine aragonés podrá consolidarse y llegar a mas sitios. Y sólo entonces podremos plantearnos con seriedad, qué merece llamarse “cine aragonés”.

