Pedro Sánchez vuelve a ser presidente. El personaje de la política española que ha marcado, junto con Pablo Iglesias, el devenir de la gobernabilidad del Estado español desde que en 2014 fuera elegido Secretario General del PSOE. Desde aquellos años de Marchas de la Dignidad, de contestación masiva en las calles a las políticas de recortes y austeridad, de propuestas de impago a la deuda, puesta en cuestión de la monarquía y críticas serías al binomio Troika-Unión Europea. Es decir, desde aquellos años en los que se puso en duda la pervivencia del Régimen del 78.
Pedro Sánchez vuelve a ser presidente. Pero hoy el escenario es completamente diferente. Hoy la contestación social es protagonizada por cayetanos enrabietados y fascistas varios en defensa de la sacrosanta unidad de la nación española. Hoy la izquierda, aunque en Podemos no se nombraran a sí mismos como izquierdas en ese movido 2014, no avanza, ni propone. Como mucho sobrevive, si se le puede llamar sobrevivir a mantener las siglas y la presencia mediática a costa de renunciar a la transformación radical de la sociedad. Hoy Sumar está completamente subordinado a las políticas de Estado del PSOE: no se pone en cuestión ni la monarquía -tampoco lo hizo Podemos en 2014-, ni el pago de la deuda, ni las políticas económicas de la UE, etc. Ni por descartado hay una crítica global al sistema político llamado Régimen del 78, ni al sistema económico dominante llamado capitalismo.
Ni siquiera se plantea seriamente la democratización del Estado, ni siquiera se plantea sinceramente acabar los deberes que se quedaron a medio hacer en 1978. No se plantea una depuración de la judicatura, policía y ejército, ni siquiera se plantea la construcción de una República democrática, y seamos sinceros tampoco se está planteando la federalidad del Estado. Que se puedan hablar en las otras lenguas que se hablan en nuestro país en el Congreso, es un gesto, que se lleve el uso de las lenguas cooficiales a la UE es otro gesto. Que se quiera reconfigurar la organización del Estado para superar el parche que es y ha sido el sistema de las autonomías no sería un gesto, sería un hecho. Y para hacerlo, insistimos, habría que transformar radicalmente el ejército, la judicatura, la policía y derrocar la monarquía, es decir habría que cambiar la constitución real del Estado Español. La Constitución con mayúsculas, en referencia a ese montón de palabrería para burócratas y leguleyos, no merece ni mención pues solo es papel mojado frente a las correlaciones de la lucha de clases. Cómo habría que cambiar, la constitución real, para que se aplicará de verdad la Ley de amnistía y no fuera entorpecida por los jueces. Es decir, para hacer lo que supuestamente están prometiendo habría que iniciar un proceso constituyente.
Pero el único programa de gobierno que hay es el del mantenimiento del statu quo. El de no socavar los pilares del Régimen antes citados. El programa de mantener a costa del sudor y el sacrificio de la clase trabajadora los exorbitados beneficios que desde la crisis de la COVID engrosan las cuentas del gran capital. Porque en este país está habiendo un repunte de la accidentalidad y las muertes en el puesto de trabajo, porque hay millones de horas extras sin pagar, porque se sigue despidiendo barato y porque por mucha legislación progresista que se redacte en los despachos de Madrid esta no se aplica en los centros de trabajo si no hay una clase trabajadora organizada y con conciencia que la haga aplicar imponiéndose sobre la empresa con la fuerza de la movilización (como ejemplo, valgan las huelgas por la aplicación del SMI). El mantenimiento del statu quo también es el no meter mano en materia de precios: con la botella de aceite a 10€, el litro de gasolina a 2€, ⅓ del salario dedicado a la vivienda… que esté bajando el consumo de carne, de pescado y de verdura y frutas frescas. Y con el salario más común que ronda los 1.200€.
El programa de gobierno de facto es mantener el alineamiento del Estado Español con el imperialismo. Llevar una chapa de una sandía a la sesión de investidura es un gesto, que una fragata española esté en el grupo de combate (o como se diga en términos precisos militares) de un portaaviones estadounidense cuya misión es proteger al Estado terrorista de Israel es un hecho. Que no se haya expulsado a la embajadora israelí es un hecho. Que el Estado Español no haya realizado ni una acción concreta que vaya encaminada a detener el genocidio es un hecho. Que ni Sumar ni todos los partidos que componen la coalición, ni Podemos, ni ERC, ni EH Bildu hayan puesto sus votos en el congreso a disposición de la causa palestina es un hecho que pesará sobre la conciencia de las diferentes izquierdas en las décadas venideras.
Es un momento duro y difícil, en el que nuestros errores y nuestra incapacidad nos han llevado a defender lo que es claramente un retroceso programático y político como un programa de avances. Lanzamos “consignas” creyendo que son la realidad, “hemos parado los desahucios”, “hemos cambiado el modelo productivo de nuestro país” “hemos acabado con la precariedad en el mundo laboral”, el problema consiste en comprobar su sinceridad y contrastarlas con la realidad de clase. Defendemos con triunfalismo la retirada hacia las trincheras de la retaguardia dejándonos por el camino parte de nuestras valiosas herramientas. Retroceso que, por cierto, se justifica únicamente en el miedo hacia la ultraderecha. ¿Desde cuándo el papel de los líderes y partidos de las clases populares ha sido el de justificar su política en el miedo y no insuflar valor y esperanzas? No es tan difícil ver que a la izquierda le hace falta un poco de épica y estética y reducir las dosis de azúcar y colores pastel en su propaganda.
También es un momento ideal para los oportunistas. Compañeros y compañeras de Podemos: no tenéis credibilidad para vender que ahora vais a ser la izquierda rupturista. Probablemente tengáis un buen resultado en las elecciones europeas porque el boquete que hay ahora mismo a la izquierda del gobierno es gigante, y no parece haber nadie dispuesto a ocuparlo. Pero no olvidamos que habéis estado en donde queríais estar: en el Consejo de ministros, y el resultado de vuestro paso por ahí es el mayor retroceso político-ideológico de la izquierda en lustros. Inciso necesario para defender la acción gubernamental de Irene Montero, que ha sido la única que ha hecho cosquillas al poder y que ha sido abandonada como un perro por gran parte de los principales líderes de la izquierda. Y nadie dijo que fuera fácil, ni siquiera todos decíamos que ese era el camino. Pero deteneos un momento y pensad quien se envuelve ahora en sus banderas rojas, y quien es el pitufo gruñón.
Entramos en un ciclo en el que el tiempo histórico, por lo menos el de la política nacional, se detiene. Veremos si eso cambia por la situación internacional que camina hacia la guerra entre potencias. La historia a veces en semanas avanza años, a veces en años avanza solo unas semanas. Toca resistir.

