El aquelarre tenía los ingredientes, Biznaga y La Inquisición, de la pócima peligrosa que puede estallar mientras la manipulas, pero de la que esperas un resultado mágico. Y así fue. Enhorabuena desde este humilde texto a los organizadores por la mixtura, pues el resultado fue una brebaje enérgico y revitalizante.
Juntar en el mismo escenario los enfadados textos oníricos de La Inquisición y las letras afiladas y situacionistas de Biznaga es un cóctel explosivo, necesario en tiempos de algoritmos, productos, marcas, liberalismo e inteligencias artificiales.
Los de Barcelona comenzaron como un ciclón sobre el escenario, encadenando uno tras otro lo que ya son éxitos en el reducido espacio musical que llamamos punk. La Inquisición siguen siendo brigadas enfadadas con un mundo hostil que afrontan con la mala leche que jamás debió perder el punk.
Azote de la mercantilización de la subcultura skinhead en “Verdadera Fe”, consiguieron prender la mecha del pogo en diversos momentos del concierto, en su alegato a la “Guerra Total” como lo único que puede cambiar algo; con el “Himno de España”, ese que gritan los necios; o con su himno a Barcelona que es “Rosa de Mort”. La Inquisición tiene la fuerza de esa “juventud que no se quiso nunca ir” lanzada desde ese rincón de frustración y mala hostia que es la “madurez forzada por sobrevivir”.
Estoy convencido de que muchas de las almas presentes en la Sala López jamás habían oído hablar de La Inquisición y no tengo dudas de que algunas habrán escuchado sus canciones en casa durante este fin de semana.

Y es que, en general, la gente esperaba a Biznaga. Gente plural en lo estiloso y heterogénea en la edad. Si algo podemos destacar de la batahola del viernes es que fue capaz de incluir a gente muy joven en la habitual madurez que manda en el público de los conciertos de guitarras.
Biznaga son un grupo tan sencillo como afilado. Desde siempre me he declarado fan absoluto, por lo que no puedo escribir desde la objetividad. Rejuvenecidos con la incorporación de “Torete” a la guitarra, la banda pesa, y mucho ya, en el escenario. Dan igual las caídas o los parones para afinar, abajo hay un público esperando a cantar cualquiera de sus éxitos. Deseoso de participar en uno de esos himnos.
Son capaces de hacer cantar canciones de amor a diferentes quintas en contra de sus propias generaciones, brillando como el sol, haciéndoles olvidar la constelación de problemas que les sobrevuelan, ya tengan veintitantos o cincuentaitantos. Todas podemos atravesar esas “líneas de sombra”, tengamos la edad que tengamos.
“Bremen no existe” es una criatura que todavía no ha cumplido el año y, sin embargo, desde el comienzo del concierto de Biznaga, el público se comía la voz que salía de los amplis. Jóvenes y menos jóvenes se agolpaban en las primeras filas. Algunos con los motores calientes tras el bolo anterior y otros calentando con cada tema que escupía el cuarteto.
“Domingo especialmente triste”, “Filosofxs intempestivxs”, “Contra mi generación”… el repaso al que ya es el cuarto disco de los madrileño-malagueños se mezclaba con los ya clásicos “Mediocridad y confort”, “Máquinas blandas” o “Atentado” y la nigromancia hacía su aparición llevándose al público por delante, generando pogos que parecían olvidados, haciendo sudar a las paredes, elevando por los aires a adolescentes embutidas en brilli-brilli y empujando a cuarentañeros nostálgicos a lanzarse del escenario como si hubiéramos retrocedido a los años ochenta.
Si La Inquisición nos lanzaba su “Himno de España”, un retrato tan corto como fiel de lo que es este Estado, los Biznaga respondían con “Espíritu del 92”, para terminar de definir un país que, si es que existió alguna vez, se desinfla al mismo ritmo que su marca. Si los de Barcelona tienen el himno a esa mole varada a orillas del mar, los Biznaga decidieron acabar el concierto con ese “Madrid nos pertenece a ti y a mi” y sobre todo con el himno a esa y otras urbes que es “Una ciudad cualquiera”.
El resultado fue una noche mágica de las que hace años no podíamos disfrutar. Un desenfreno de baile y afectividad. Una conjunción de actitud y mala hostia que a algunos nos hizo rejuvenecer veinte años. A este que escribe, que no deja de ser un iluso soñador, la velada le trajo a la mente a The Clash lanzando su “White Riot” con Jimmy Pursey (Sham 69) en el escenario, en el Rock Against Racism de 1978. Pero aquello es solo historia, y lo bonito de esto es que lo estamos viviendo. Todavía hay “discos que giran llamando a las armas”. Demos gracias.
🎸 @Biznaga77 y La @InquisicionPunk, un peligroso aquelarre. Existen reuniones históricas, aunque los anales que las inmortalicen sean escritos por y para un reducido grupo de personas: https://t.co/0ajm9g0L23
✍️ Crónica de @maconejos del concierto en Zaragoza
🎥 @igoiz17 pic.twitter.com/Qj4sdrraIn— AraInfo (@arainfonoticias) February 13, 2023

