El “bloque del cambio” viene estrechándose desde hace, como mínimo, 3 años. No merece la pena seguir profundizando en las batallas internas de partidos concretos y en esa erosión continuada que ha dejado contradicciones y militantes por el camino. Sí la merece mencionar todas las sensibilidades que cabían y que, de hecho, requerían estar integradas en aquella marea transformadora que no venía a remodelar ni a enterrar, sino a refundar las instituciones, la política y la vida en el Estado Español.
Sobre el concepto de transversalidad se ha debatido muchísimo, a veces con demasiada prisa. Incorporar sectores tiene que ver con incorporar sentires, pasiones y fuerzas. La pulsión entre sumar desde ahí y mantener la esencia (¿existe tal cosa?) es una constante para cualquier movimiento que se quiera radical, popular y transformador. Tres adjetivos que, en política, son casi sinónimos.
Desde que un grupo de militantes e intelectuales decidiera dar conducción política a la avalancha de tensiones que estaban jubilando de golpe los consensos políticos en el Estado, se distinguen nítidamente dos fases: una primera fase en la que ese bloque no paró de ampliarse incorporando cada vez a más actores del cambio (colectivo LGTB, movimiento feminista, mareas por los servicios públicos, artistas, jubilados, estudiantes, trabajadores…) y una segunda fase en la que, lejos de tratar de incorporar a aquellos que todavía no se sentían interpelados, se decidió prescindir de los que ya estaban pero no respetaban una supuesta “esencia”.
Y llegaron los pésimos resultados y el reparto de culpas, como antaño. Se creyó que estrechando se podía crecer y estrechar es siempre decrecer. Desde el sector que a la fuerza terminó dirigiendo un Podemos disgregado y roto nunca se volvió a creer en aquello de ampliar y sumar actores del cambio. Las sensibilidades nacionales y territoriales fueron ignoradas y no encontraron en aquellos que querían representar al “bloque del cambio” un espacio cómodo donde producir políticamente. En Aragón, el maltrato y el abandono fue sistémico.
Salvo un tímido acercamiento con Compromís en el País Valencià (que el centralismo pronto se encargó de destruir) y un conato de plurinacionalidad en Catalunya y Galicia, nada más se intentó. No se puede transformar un país plurinacional sin los actores y las sensibilidades nacionales.
En Aragón el bloque transformador es amplio pero necesita entender que la amplitud, sin unidad, no es nada. Requiere comprender, además, que no puede ser el resultado de ninguna bajada de línea madrileña. Todo lo contrario, debe ser un proyecto aragonés que pueda disputar batallas y consensuar posicionamientos en el Congreso español al tiempo que es capaz de ganar y tejer en Aragón. Debe tener la suficiente amplitud y, al tiempo, la suficiente unidad para llevar una línea aragonesista nítida a Madrid. Debe ser popular y nacional.
Por supuesto que hace falta volver a llevar un Labordeta (o tres o cuatro) a Madrid. Pero las circunstancias han cambiado y para ello es imprescindible tejer alianzas que vayan mucho más allá de una simple coalición. Llevar una voz aragonesista al Congreso servirá de poco si no hemos tejido estas alianzas dentro de Aragón para ponernos de acuerdo actores y sensibilidades dispares pero que compartimos tres líneas básicas: aragonesismo, feminismo y justicia social. Esto trasciende y va mucho más allá de la cuestión electoral, pero asume a ésta como un elemento fundacional. No hace falta poner nombres, pero muchas organizaciones, partidos y militantes cabemos ahí. Discutamos todo lo demás, pero hagamos bloque sobre ese suelo.
Las dirigencias madrileñas, por supuesto, no pueden pretender ningún tipo de verticalidad porque la centralidad madrileña es uno de los elementos a poner en duda si se quiere ser “el bloque del cambio”. El ruido que llega es evidente: se están moviendo elementos y bloques en los distintos territorios y naciones del Estado para que el bloque estatal sea confederal en la práctica y no sólo en la teoría, yendo desde los territorios a Madrid y no al revés.





