Aviva Iniciativas: “Desarrollamos proyectos ambientales y de dinamización comunitaria desde el Pirineo aragonés”

Esta pequeña cooperativa formada por dos socias trabajadoras desarrolla desde Sobrarbe proyectos que parten de necesidades reales para mejorar las relaciones con el entorno natural y social, favorecer la acción colectiva y conseguir que las comunidades los sientan como propios

22 septiembre, 2026. 11:07
Maite Buil y Patricia Calvo son Aviva | Foto: Katerina Buil

Aviva Iniciativas es una pequeña cooperativa formada por dos socias trabajadoras que colaboran desde 2007 y que, tras pasar por distintos formatos legales, han mantenido siempre la mirada puesta en la economía social y solidaria. Ubicadas en la comarca de Sobrarbe, en pleno Pirineo aragonés, trabajan en contacto directo con la naturaleza, los vínculos cercanos, los proyectos pequeños y una visión de soberanía colectiva ancestral.

Sus proyectos parten de necesidades reales. Desde la idea hasta la ejecución, ayudan a desarrollar propuestas dirigidas a mejorar las relaciones con el entorno natural y social y favorecer la acción colectiva, buscando que las personas destinatarias las sientan como propias y significativas y que puedan cobrar vida más allá de la participación de la cooperativa.

Conociendo Aviva Iniciativas

¿Cómo nace Aviva Iniciativas y qué os impulsó a poner en marcha este proyecto en el Pirineo aragonés?

La idea de colaborar surge en 2007 en una formación sobre educación ambiental que hacía por aquellos años el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido en Boltaña. Las personas formadoras eran una asociación que nos inspiró muchísimo. Nosotras nos conocíamos, pero no tanto, y a partir de ahí sembramos la idea de poner en marcha algo conjunto en el territorio. Las dos nos doctoramos ese año y teníamos claro que no íbamos a seguir en investigación en la universidad. Queríamos vivir en Sobrarbe, queríamos trabajar aquí en contacto con la gente y no queríamos hacerlo solas.

Nos ayudó mucho que muy al principio hicimos un curso de facilitación de grupos y resolución de conflictos, lo que nos dio un lenguaje común y una base muy fuerte para nuestra relación. Y con la práctica, hemos creado y mantenido un clima de comunicación y armonía, básico para un proyecto de este tipo.

Lleváis trabajando desde 2007. ¿Cómo ha evolucionado el proyecto durante estos años?

Es muy entrañable pensar en la Maite y Patri que empezaron hace tantos años. Mantenemos la ilusión y ganas de trabajar juntas, el cuidado entre nosotras y hacia lo que hacemos, pero los proyectos que movemos como Aviva y su funcionamiento han cambiado bastante.

Cuando empezamos no teníamos visión empresarial; no sabíamos hacer presupuestos, cuáles eran nuestras propuestas de valor y cómo comunicarlas, preparar propuestas competitivas… pero nos podían las ganas y hemos aprendido a base de tirarnos a la piscina, aprender y vivir experiencias.

Al principio hacíamos sobre todo actividades puntuales y talleres más orientados a temas ambientales. Con el tiempo, y gracias a la confianza de los clientes, y a la nuestra propia, fuimos moviendo proyectos con un carácter más comunitario, de más envergadura y que contaban con más recursos, lo que nos ha llevado a poder hacer intervenciones con una mirada más amplia y con posibilidad de continuidad en el tiempo.

Un punto de inflexión lo tuvimos hace un par de años cuando reconocimos la necesidad imperante de sentirnos más acompañadas y formar parte de redes con otras empresas y entidades que compartieran nuestros valores. En el ámbito de la economía social estamos muy agradecidas de haber conocido a personas como Pilar Monzón y Pedro Liarte.

Fotografía de la primera reunión de Aviva.

Valores y ESS

Definís vuestro trabajo a partir de valores como el compromiso, la creatividad, el aprendizaje, la conexión y la esperanza. ¿Cómo se traducen estos principios en vuestro día a día?

Estos valores son importantes para las dos a nivel individual y trabajar en cooperativa es una manera de tenerlos presentes y vivenciarlos. Como Aviva queremos que lo que hagamos tenga sentido y sirva para algo, cuide a las partes implicadas y aproveche lo que surja. A nivel práctico, a medida que desarrollamos un proyecto vamos evaluando cualitativa y cuantitativamente en cuanto a objetivos, relaciones y procesos.

Trabajamos en temas muy variados. Es algo que nos gusta porque nos divierte, nos hace ser creativas y nos da enfoques más transversales e integradores. Pero no siempre resulta cómodo y agradable. Convivimos habitualmente con momentos de caos e inseguridad. Las reuniones internas nos ayudan a recordarnos que seguimos aprendiendo. A veces, cuando nos bloqueamos con algún tema o decisión utilizamos herramientas de facilitación sistémica con las que aproximarnos a la cuestión de otra manera, a través del espacio, el cuerpo y el movimiento.

Si tuviéramos que elegir un valor tótem sería el de la conexión. Ese es el objetivo y medio que arma cualquier propuesta y a nuestro propio equipo: vincularnos y sentirnos bien formando parte de algo. Es básico mantener el espacio común saneado, lo hablamos todo. También estamos aprendiendo a poner límites y regular el tiempo de trabajo y descanso. En temporadas de mucho ordenador, intentamos salir a la naturaleza que tenemos tan cerca, movernos y que nos dé el aire. Ha habido temporadas donde las prisas y la carga de trabajo nos ha sobrepasado. Cuando vemos que viene un periodo así, planificar y organizarnos y decir no a lo que no podemos/queremos atender se hace esencial.

Hace poco descubrimos que mirar desde arriba y escribir antes de empezar el día, no solo listas de tareas y sus prioridades, sino con qué actitud queríamos estar nos hace comenzar desde un lugar más centrado, más disfrutón y eficiente.

En invierno cuando suele haber menos volumen de trabajo, tenemos un periodo de revisión de todo lo que ha sido el año. Es el tiempo para imaginar lo que deseamos desarrollar, no solo proyectos si no también cualidades y valores. Este año, por ejemplo, acabamos plasmándolo en un cartel que tenemos a la vista en la oficina para recordarnos que nuestra intención marca la dirección.

Sentimos conexión también formando parte de redes como la asociación Pirineos Vivos de educación ambiental, que incluye pequeñas empresas como la nuestra, ubicadas en zonas rurales y de montaña y con las que compartimos intereses y problemáticas.

El contacto con la gente que participa en los proyectos es lo que nos ayuda a mantener conexión a tierra, por eso combinamos el trabajo de oficina y el de encuentro presencial con personas. Uno de los mayores resultados que valoramos es el momento en el que un grupo de personas, se conozcan o no, comparten una mezcla de alegría, autenticidad, pertenencia y ganas de ponerse en marcha. Encontrarse es como una chispa que abre caminos y que crea comunidad paso a paso. Son momentos que renuevan nuestra esperanza.

Formáis parte de la cooperativa del Mercado Social y de REAS Aragón. ¿Qué aportan estas redes a entidades pequeñas como Aviva que trabajan desde el territorio rural?

Para nosotras, formar parte de estas redes refuerza nuestra confianza. Nos ayuda a tener más presente que otra manera de hacer economía es posible y que estamos muchas personas en ello. Nos aporta aire fresco. Hay muchas iniciativas que no conocíamos y saber quiénes estamos en el territorio abre nuevas posibilidades de colaboración. Nos ayuda a visibilizarnos y a llegar a sitios donde por nosotras mismas no llegaríamos.

¿Creéis que la población conoce suficientemente las alternativas que ofrece la Economía Social y Solidaria o todavía queda mucho camino por recorrer?

Si preguntamos por economía, seguramente lo que nos viene a la cabeza a la mayoría de la gente no tiene que ver con las bondades de la ESS. Queda mucho por hacer para que cuando hablemos de economía lo que nos venga sean, por ejemplo: una cooperativa de trabajo, el grupo de consumo, el comedor escolar local y ecológico o los caminos y campos que se han desbrozado con voluntariado gracias a una quesería artesanal con ganadería propia.

En el entorno rural que es donde más nos movemos, hay muchos ejemplos que muestran que hay maneras de producir, vender y comprar más responsables, libres y dignas.

Proyecto Ciclos de Vida, en Laspuña | Foto: Katerina Buil

Desarrollo comunitario, educación ambiental y facilitación

Buena parte de vuestro trabajo gira en torno al desarrollo comunitario. ¿Qué significa realmente este concepto y cuáles son los principales retos que afrontan hoy los pueblos del Pirineo y del medio rural?

Los pueblos del Pirineo y del medio rural se enfrentan a la problemática de la despoblación, del individualismo de la sociedad en la que vivimos y de la crisis ambiental. En este sentido, es fundamental la recuperación de los vínculos, del sentimiento de comunidad y de los saberes tradicionales de una sociedad que vivía en contacto íntimo con el entorno. Para ello es fundamental el desarrollo comunitario, es decir, la creación de espacios de encuentro entre las personas, donde nos miramos a los ojos, nos escuchamos y nos comprometemos en la realización de acciones para el bien común, sintiendo que formamos parte de una red de apoyo mutuo.

Apostáis por la facilitación de grupos y procesos participativos. ¿Qué papel puede desempeñar la participación comunitaria para afrontar desafíos como la despoblación o la crisis climática?

El acompañamiento a los procesos participativos es clave para que los pueblos, desde su propia soberanía, puedan plantearse cómo quieren que sea su futuro y se planteen cómo abordar retos como la despoblación o la crisis climática. Y a partir de un diagnóstico de la situación de partida y de la escucha a las distintas voces, avanzar de manera compartida hacia ese futuro deseado.

Proyectos en el territorio

Uno de los proyectos en los que participáis es Empenta tu Pueblo. En aragonés, "empentar" significa empujar o impulsar. ¿Cómo nace esta iniciativa y qué necesidades pretende abordar?

El proyecto nació hace ya unos años en Artieda, un pequeño municipio del medio rural aragonés que se estaba quedando sin población. Un grupo de jóvenes de la actual cooperativa Ixambre llevaron a cabo una investigación-acción participativa con las personas del pueblo que finalizó con un plan de acción a partir del cual se comenzó a repoblar, creando así la metodología Empenta tu Pueblo. Es un proyecto de dinamización y participación comunitaria para que las propias personas sean quienes definan cuáles son sus necesidades y cómo abordarlas de manera que se promueva el emprendimiento local y social, a través de la colaboración público-privada-comunitaria.

¿Por qué es tan importante que los procesos nazcan desde la comunidad y no se diseñen únicamente desde las administraciones?

Las administraciones con las que solemos trabajar suelen ser entidades pequeñas. Nuestras personas de contacto son auxiliares, personal técnico, representantes políticos, por nuestra experiencia, cercanas a la comunidad e interesadas en atender necesidades reales de la población. El peligro de diseñar sin tener en cuenta a la gente es que aquello que se ponga en marcha no tenga sentido, tenga un corto recorrido o incluso que consiga efectos contrarios a los que se pretendía.

La despoblación suele abordarse desde indicadores económicos o demográficos. ¿Qué papel juegan aspectos como los cuidados, las relaciones vecinales o el sentimiento de pertenencia en la supervivencia de un pueblo?

En nuestra experiencia, uno de los aspectos más valorados por quienes vivimos en el medio rural es el apoyo mutuo, el conocer a las personas de tu comunidad y tener la certeza de que, si alguien necesita algo, va a haber alguien que se lo ofrezca, muchas veces sin necesidad de pedir ayuda. Los cuidados, las relaciones vecinales o el sentimiento de pertenencia son el pilar de nuestros pueblos para sentir bienestar y calidad de vida. Son clave para su supervivencia.

También impulsáis proyectos como Ciclos de Vida, la cultura que todo lo aprovecha. ¿Qué pueden enseñarnos estas iniciativas sobre sostenibilidad, consumo responsable y recuperación de saberes locales?

El mundo rural es tremendamente rico en ejemplos vivos que tienen que ver con una cultura de sostenibilidad. Son conocimientos y prácticas, maneras de organizarse, visiones del mundo que se han desarrollado durante generaciones, íntimamente ligadas al entorno y en una continua actualización. Las comunidades rurales salvaguardan un patrimonio material e inmaterial únicos y podemos aprender muchísimo de ellas para hacer frente a problemáticas ambientales y sociales actuales.

Foto: Katerina Buil

Futuro y territorio

Desde vuestra experiencia, ¿qué necesita hoy el medio rural para afrontar los próximos años con optimismo?

Transparencia y que la información llegue a sus habitantes. Estructuras/espacios que faciliten el pensamiento libre, la reflexión, el diálogo y la participación de las personas. Compromiso de quienes vivimos aquí a participar en esos espacios. Mayor capacidad para regular/adecuar la normativa localmente y tomar decisiones.

Políticas territoriales coherentes con el mensaje de apoyo al mundo rural: facilitar el acceso a la vivienda y el uso de locales o terrenos para iniciativas económicas, simplificar las gestiones para quien quiera emprender un negocio, mejorar el transporte público (aquí no nos podemos beneficiar de los bonos, por ejemplo), dotar de más recursos a servicios sanitarios que se ven desbordados en temporada turística…

Posibilidad de financiación municipal con proyectos de gestión local de ciertos recursos locales como los saltos de agua o compensación por los servicios ecosistémicos que proveen. Una mirada de orgullo y reconocimiento desde y al mundo rural.

¿Qué proyectos os gustaría impulsar en el futuro?

Soñamos con participar en proyectos para la recuperación de oficios y conocimientos tradicionales y recuperación del comunal. Proyectos que aúnen intervenciones artísticas para mejorar y dinamizar espacios públicos o como medio para la educación ambiental. Proyectos de formación e investigación en y desde el propio mundo rural: ciencia ciudadana, ciencia aplicada como podría ser la gestión, transformación y revalorización de la lana…

Proyectos de economía circular para el desarrollo de iniciativas locales. Por ejemplo, proyectos de compostaje descentralizado con producción y venta de compost, gestión de desbroces y podas e integración laboral.Proyectos de dinamización comunitaria y participación que podamos impulsar o apoyar sembrando encuentros y promoviendo los vínculos, que después tengan vida propia y funcionen por sí mismos desde la autogestión. Y los que ahora ni siquiera imaginamos.

Para terminar, si tuvierais que resumir en una sola idea todo lo que habéis aprendido trabajando con comunidades rurales y procesos participativos, ¿qué mensaje lanzaríais a quienes siguen creyendo que los pueblos tienen poco que decir sobre su propio futuro

Necesitaríamos hablar más con quien piensa así. Para entender por qué lo cree así. Bajo nuestro punto de vista, las comunidades rurales tienen mucho potencial y guardan la memoria de generaciones que supieron organizarse y tirar para adelante. Si vives aquí, se siente como algo latente. Los procesos participativos son necesarios si queremos pasar a ser agentes activos. ¿Queremos? ¿hasta qué punto? No es fácil porque hemos perdido la costumbre. Venimos de un tiempo en el que hemos delegado muchos aspectos de nuestra vida. Pero en nuestra opinión, es deseable y estamos dispuestas a ello.


Más info en avivainiciativas.com.

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