La última película del director Víctor García León presenta a unos padres de clase trabajadora que aspiran a sacar a su hijo de un colegio público y llevarlo a uno privado que les vende exclusividad. Una comedia tristemente realista que refleja las contradicciones en las que caen muchas familias cuando se plantean la escolarización de sus hijos.
Los padres, que intentan convencerse de que un colegio pijo de nombre en inglés es la mejor opción para escolarizar a su hijo, van asumiendo todo tipo de argumentos clasistas. Unos padres empeñados en huir de una realidad que los atrapa y a los que no les importa, en su anhelo por parecerse a ellas, ser ridiculizados por otras familias de una clase social a la que jamás pertenecerán, ni ellos ni su hijo, por mucho que lo intenten.
La película refleja las miserias de esa clase media aspiracional que ya no se esfuerza en ocultar su clasismo y su racismo cuando —cree que— se trata del futuro de sus hijos. Como en el filme, el interés real del menor en ningún momento se plantea, lo que hacen sus progenitores es proyectar sobre él sus propios prejuicios e inseguridades.

Estamos acostumbrados a titulares sensacionalistas sobre listados de “mejores colegios”. Clasificaciones publicadas por entidades con un marcado carácter ideológico que los elaboran atendiendo a criterios implícita o explícitamente segregadores. Una visión sesgada de lo que puede entenderse por una buena educación. En una escena del filme, el padre, interpretado por Israel Elejalde, intenta argumentar por qué cree que el colegio privado es mejor. Lo hace balbuceando argumentos banales de los que ni siquiera él está convencido. Su jefe —él sí tiene conciencia de clase— sentencia al respecto que lo mejor del colegio son las familias.
Este es el elemento central. Que nadie caiga en la trampa de pensar que la elección de estos centros se hace por sus proyectos, por sus extraescolares o por el color de sus pupitres. Se hace, simplemente, por una cuestión clasista. Asistir a estos centros supone garantizar una serie de contactos sociales que asegurarán una posición social privilegiada.
Cabe subrayar que la película, en la que muchas familias verán reflejadas sus propias contradicciones, obvia un elemento central relativo a la elección de centro en el Estado español. La mayor parte de los centros privados son financiados con dinero público a través de los conciertos, por lo que algunas familias pueden llevar a sus descendientes a centros que jamás podrían permitirse y autopercibirse como miembros de una clase social diferente a la de aquellas familias cuya única opción es la escuela pública.
Resulta irónico ver lo difícil que parece para algunas familias elegir cuál será el mejor colegio al que llevar a sus hijos, cuando, en realidad, la respuesta a esta cuestión es bien sencilla, aunque algunos no quieran oírla: el mejor colegio al que puedes llevarlos es el colegio público que tengas más cerca de tu casa.

