Algunas notas sobre las elecciones europeas

13 junio, 2024. 07:05

Avanza la ultraderecha. La Unión Europea cada día pierde más peso internacionalmente, es decir, cada vez es más débil para imponer relaciones coloniales e imperialistas al resto del globo y, ante esta situación, responde con la estrategia de crear una fortaleza en la que encerrarse: la UE es una sociedad en guerra, el gato herido que tiende a arrinconarse y a atacar. Se acabaron su cara amable y los ronroneos.

Gana la guerra. Como dijo hace unas pocas semanas el Presidente del Gobierno “progresista”: fabricar armas genera empleo. O como ha dicho Borrell, para tener mantequilla hay que tener tanques. Los liberales, los socialistas y los verdes europeos están alineados completa y absolutamente con la política belicista. Estas familias europeas quieren seguir manteniendo su jardín a costa del resto del mundo, un jardín que construyeron sobre la explotación, humillación y saqueo del resto del mundo y que ahora, ante su rebelión, quieren convertir en una fortaleza.

Y sí, puede ser que un keynesianismo de guerra lleve a una situación de bonanza económica en la que haya más migajas para los trabajadores europeos. Pero las armas se fabrican para algo: para segar la vida de millones de seres humanos y jugar con la posibilidad de la extinción nuclear mutua asegurada. Son armas que se fabricarían no para la liberación, ni para la lucha antiimperialista, ni antifascista; no para hacer avanzar al mundo hacia nuevos horizontes, si no para asegurar el dominio decadente de occidente. Para continuar con el saqueo y la explotación de la mayoría de seres humanos de este planeta. Para mantener en Europa sociedades en las que se profundizará cada vez más la división de clase y en las que las respuestas sociales serán contestadas cada vez con más represión, más violencia y más odio hacia los y las trabajadoras, hacia las mujeres, hacia los y las migrantes y en general contra cualquier chivo expiatorio que encuentren.

O salimos de la creencia fantástica de que nuestros derechos y libertades se sostienen en la estructura de la Unión Europea y en las democracias liberales, y asumimos que son conquistas temporales, arrebatadas al capital por miedo a la revolución social, o la izquierda está perdida. Nos creímos que los derechos, al escribirlos en las leyes, estarían por encima del capital y su necesidad de acumulación y de tasas de explotación crecientes, pero no es cierto. Si algunos derechos han logrado sobrevivir hasta hoy es porque aún resuenan en la memoria del capital las grandes victorias de 1917 y 1945. Pero no hay democracia en el capitalismo. La única forma de garantizar derechos es cambiar el sistema económico y político que lo sostiene. La única forma de defender los derechos que nos quedan es el ejercicio de la organización, movilización y acción política de la clase obrera.

Si seguimos creyendo que la acción legislativa sustituye o es el objetivo final de la movilización y protesta social, la debacle política de la izquierda continuará. En los últimos años, los partidos de izquierda han pintado las jornadas extenuantes, las muertes en el puesto de trabajo, la inflación y bajos salarios, la falta de acceso a la vivienda o el extenuamiento de la sanidad pública de color pastel y han construido una ilusión basada en la idea de que no hemos parado de avanzar en derechos y calidad de vida, esto solo ha servido para generar desafección y frustración.

Si se venden las pocas conquistas sociales conseguidas como objetivos finales, y no como el inicio de un camino o como el fruto de la organización popular, la debacle continuará. Y sobre todo si se llama a la delegación política en el voto y no a la participación política activa y continua.

Hace falta poner pie en pared. Cada elección que pasa, cada dimisión, cada fracaso de las fuerzas institucionales a la izquierda del PSOE es una muestra más. Cada vez más gente se da cuenta que algo va mal. Se da cuenta que en algo nos estamos equivocando profundamente.

Para cambiar el sistema, y para mantener esos derechos menguantes, hace falta un partido de las y los trabajadores. Que no sea un partido de políticos profesionales y que no se rija con los valores y actitudes de una agencia de colocación (aquí, y no en otro punto, está la cuestión tan recurrente de los problemas a la hora de elaborar las listas). Que entienda que las instituciones están prediseñadas para garantizar el actual sistema y que, por muy buena gestión que se haga, sus límites están marcados. Y, de paso, que cumpla una premisa, tan básica como necesaria: un partido de trabajadores tiene que estar dirigido por trabajadores, si es que quiere ser un partido de la clase trabajadora.

Ese partido tendrá que generar alianzas con otras sensibilidades y con otros sujetos que se organicen, con los otros partidos y con las fuerzas de carácter nacionalista. Esta es una cuestión importante e ineludible. Pero la necesidad de esas alianzas no debe ocultar la necesidad primaria, principal, prioritaria: la que se enunció hace 176 años en el Manifiesto del Partido Comunista. Porque sin la existencia de ese partido no habrá unidad que pare la oleada fascista, que pare al capitalismo desprovisto de todas sus caretas. Los frentes populares fueron una política acertadísima de la Tercera Internacional para ralentizar el avance del fascismo en el viejo continente, pero quien lo derrotó en los campos de batalla de Europa fueron principalmente el Ejército de obreros y campesinos de un estado socialista y la resistencia antifascista guerrillera organizada principalmente, aunque no solamente, por los Partidos Comunistas.

Estas elecciones europeas han supuesto un reforzamiento de la Europa fortaleza; y han demostrado una debilidad importante de la izquierda política, con honrosas excepciones.

Frente a las políticas belicistas, frente a la ultraderecha y la oleada reaccionaria que avanzan solo nos queda reconstruir la alternativa. Esa reconstrucción pasa en primer momento por no retroceder más; por aguantar en las trincheras que nos quedan y empezar a acumular fuerzas. Pasa indudablemente por realizar una crítica y autocrítica general, partiendo por nuestras propias organizaciones. Una autocrítica profunda que llegue hasta los debates que hoy se cierran en falso y apresuradamente por la inmediatez y urgencia de enfrentar a la ultraderecha y el fascismo. Solo en ese proceso encontraremos respuestas, propuestas y caminos para pasar de la debacle a la reconstrucción.

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