Alberto Flores-Uranga, pastor vasco en Idaho: "América me ha dado mucho, pero yo también le he dado mucho a América"

Con tan solo 20 años, Alberto Flores-Uranga dejó atrás su Mutriku natal y viajó a Idaho (EEUU) para trabajar como pastor. Fueron años de soledad, perdido en las montañas, a menudo sin más compañía que la de osos y coyotes. Pero lo haría de nuevo, “sin dudarlo". Hablamos con él con motivo del Día Internacional de la persona Migrante, que se celebra el 18 de diciembre.

Alberto de visita en su localidad natal de Mutriku. Tras pasar décadas viviendo en los Estados Unidos, hoy dice que es “vasco-estadounidense” | Foto: Mara Altuna
No sabía quién me esperaba, adónde iba, ni para qué. Así arranca el relato de Alberto desde la residencia de su hermana en Mutriku, una localidad costera guipuzcoana. Será una visita breve; pronto regresará a casa. La de este hombre de 75 años está a 8.000 kilómetros al oeste, en el estado norteamericano de Idaho. Puede parecer una distancia enorme, pero no cuando entendemos que se trata de un viaje que dura ya más de medio siglo.

Corría 1969. Nada más terminar su servicio militar de dos años en Cádiz, Alberto consiguió trabajo en una conservera de su pueblo. Pero el de Murtriku no es alguien que se pliegue fácilmente a una vida sin desafíos. "Tenía un cuñado, Pete. Vivía en Idaho, trabajando como pastor. Siempre me decía que debía ir a América, que allí había oportunidades", recuerda el vasco. "Si él lo consiguió, ¿por qué no iba a poder hacerlo yo?".

Tres meses después, tras enviar una solicitud de trabajo, Alberto se presentó en el consulado de los Estados Unidos en Bilbao. "Al principio nos dijeron que el destino sería California, luego Utah. Por alguna razón, acabamos en el frío estado de Idaho y con nuestros nombres escritos en un trozo de cartón colgado del cuello. Fue entonces cuando pensé que aquello iba a ser duro".

No se equivocaba.

“El hogar de los valientes”

Alberto Flores Uranga a sus 20 años y recién llegado a Estados Unidos. Emigró desde Mutriku para trabajar como pastor en el oeste del país | Foto: cedida

Alberto fue uno más de entre los miles de vascos que emigraron a los Estados Unidos huyendo del franquismo. Llegados de un entorno de zonas rurales y acostumbrados a los trabajos más duros, gozaban de una reputación que llevó a la mayoría a establecerse en los estados de Idaho, Oregón, Nevada, Utah, Washington, Montana, Wyoming y Colorado.

"Al principio, me llevaron a una casa llena de vascos. Algunos llevaban allí 50 años y parecía que la vida les había pasado por encima. Era aterrador ver a aquellos que habían llegado en circunstancias similares a las mías, haciendo lo mismo una y otra vez…", admite Alberto.

Su objetivo inicial era viajar a la soleada California, por lo que cuando llegó a Idaho, solo tenía un par de camisetas y un suéter fino. Fueron un par de días de invierno en esa casa hasta que alguien lo llevó a la ciudad a comprar ropa. Una vez pertrechado, partió a pie desde allí junto con el resto del grupo, en una caravana de carretas. A Alberto le dieron una pistola y un caballo: "Nos veremos de nuevo en nueve meses", le dijeron. Todavía no sabía ni disparar ni montar a caballo.

Tras encadenar trabajos aquí y allá, acabó ligado a una familia estadounidense en la localidad de Gooding (Idaho). En invierno, las ovejas y los pastores quedaban en el rancho, hasta que el viaje arrancaba de nuevo con la llegada de la primavera. Eran pequeños grupos de pastores que se movían en busca de pasto para las reses a su cargo. Así hasta que llegara de nuevo el invierno.

Atravesando montañas y valles, Alberto tenía que gestionar rebaños de unas 2.000 ovejas con la única compañía de su perro y su caballo.
"Dormía en tiendas de campaña, siempre en el suelo. Las serpientes de cascabel eran comunes y no son precisamente simpáticas… Luego estaban los coyotes. Atacaban a las ovejas, y cada una pérdida me la descontaban de mi salario a final de mes". Según dice, tampoco era raro toparse con osos. En una ocasión dio con uno cuando este estaba ya demasiado cerca. "¿No ves que hay un oso ahí mismo?", le dijo Alberto a su compañero. Pero este se quedó paralizado, incapaz de respirar. El animal cargó contra ellos y fue entonces cuando Alberto le disparó. “Por suerte le di en la cabeza y murió al instante; fue un auténtico milagro", dice el de Mutriku, llevándose las manos a la cabeza.

Alberto junto a su caballo en las montañas de Idaho. Durante su etapa como pastor pasó largas temporadas en condición de aislamiento, con la única compañía de un perro y su caballo | Foto: cedida

Visitas tan indeseadas como inesperadas no eran los únicos desafíos. La comida, la ropa, las cartas y otros suministros llegaban cada dos semanas, a veces en camiones, otras en carretas, e incluso en helicóptero. Tan solo de vez en cuando, llegaba un periódico. Esa era la única herramienta de Alberto para aprender inglés. “Siempre pensé que aprender el idioma era fundamental. La mayoría de mis compañeros solo se hablaban en euskera; no podía entender cómo no se molestaban en estudiar inglés. Yo siempre tuve muy claro que no saldría de allí sin él".

Ni la amenaza de las bestias salvajes ni aquel frío polar eran comparables al azote de la soledad. "Perdí a seis amigos, ¡seis!", lamenta Alberto, apuntalando la cifra con los dedos. "Se suicidaron. Uno tenía una herida de bala en la cabeza; otro se tiró a un río…" También recuerda a un compañero al que su mujer le pidió el divorcio. Alberto trató de consolarlo, pero aquel pastor se suicidó al día siguiente, de un tiro. "Era uno de los hombres más felices que he conocido nunca, siempre tan sonriente…", recuerda, aún emocionado tras más de cinco décadas desde aquel terrible episodio.

Luego estaba el dolor por la distancia, algo que tampoco era fácil de gestionar. "Mi casa estaba lejos; no sabía qué ocurría allí. Llegaban muy pocas cartas, como mucho una al mes. Si alguien cercano fallecía, pasaban semanas hasta poder saberlo.

Alberto dejó atrás la vida de pastor para comenzar a trabajar en la oficina de correos de Gooding. De ahí pasó al sector de los seguros hasta que, finalmente, fundó su propia empresa de inversiones con los ahorros de muchos años de esfuerzo. Es algo de lo que, dice, también se siente muy orgulloso.

Patrimonio Vasco

Urtzi Urrutikoetxea es un periodista vasco con varios años como corresponsal en Estados Unidos a sus espaldas. Entre otros muchos temas, también ha cubierto con profundidad la diáspora vasca. Según cuenta por teléfono, la comunidad vasca no es muy conocida en el este del país, pero sí en los estados del centro y oeste, especialmente en Idaho. "Tanto la capacidad de trabajo como la resiliencia de los vascos han dejado una huella duradera allí", comenta el periodista. "De allí han salido, entre otros, David Bieter, el alcalde vasco-estadounidense de Boise, o Pete Cenarrusa, quien estuvo en el parlamento de Idaho durante cinco décadas", añade Urrutikoetxea.

Precisamente, David Bieter viajaba en el Air Force One en enero de 2015 junto a Barack Obama, entonces presidente norteamericano. A Obama le tocaba dar inicio a una serie de conferencias tras el discurso sobre el estado de la unión y Idaho era la primera parada. Al comenzar su charla en la Boise State University, Obama preguntó por el alcalde Bieter. Luego dijo que este le había contado una "historia alucinante" acerca de su abuelo, un vasco que pasó cinco años pastoreando ovejas en la montaña y solo bajaba a la ciudad dos meses al año. “Imagino que era un tío fuerte porque allá arriba hace mucho frío”, bromeó Obama ante una audiencia entregada.

Urrutikoetxea recuerda que Idaho acoge la única ikastola fuera del territorio vasco que acoge a una treintena de niños y niñas de hasta seis años. “La mitad más o menos proviene de familias de origen vasco y la otra mitad de diferentes familias que optan por la ikastola”, matiza el periodista.

La ikastola de Boise, centro educativo creado por la comunidad vasca emigrada en Idaho. La ciudad de Boise alberga uno de los principales núcleos de la diáspora vasca en Norteamérica | Foto: Urtzi Urruitikoetxea

Lo cierto es que en Estados Unidos hay más de 38 centros vascos, la mayoría de ellos en las regiones del oeste. Iniciativas culturales como el Museo Vasco de Boise o su Euskal Etxea (“casa vasca”) tienen como objetivo preservar este legado. Annie Gavica, una vasco-estadounidense de cuarta generación nacida en el estado de Nevada, es directora ejecutiva del Museo y experta en programas educativos en el Basque Cultural Center de Boise.

En conversación telefónica, Gavica apunta a una “buena integración” de los vascos en la comunidad. “La mayoría ya se ha jubilado, pero sus hijos y nietos trabajan hoy en muchos campos más allá de la ganadería. Los que migraron hasta aquí hicieron un gran esfuerzo para que eso fuera posible”, subraya Gavica.

Fue en uno de esos centros vascos donde Alberto conoció a su segunda esposa con la que tuvo dos criaturas. Sole tiene hoy 30 años y mantiene el legado de su padre como directora de la Asociación de Pastores de Idaho a la vez que participa en diferentes festivales por el territorio. Uno de ellos es el llamado The Trailing of the Sheep (“el pastoreo de las ovejas”), para cuya creación Alberto jugó un papel fundamental. Se trata de un evento sin ánimo de lucro que se celebra cada otoño en Idaho y que rememora la tradición de los pastores vascos.

Ha transcurrido más de medio siglo desde que Alberto enfiló hacia el oeste para llegar hasta América. "Lo haría de nuevo, sin duda. Lo hice lo que mejor pude y nunca miré atrás", sostiene el "orgulloso vasco-estadounidense". Así se define a sí mismo.

"América me dio oportunidades; América me ha dado mucho, pero yo también le he dado mucho a América”.

Autor/Autora

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para más información.

ACEPTAR
Aviso de cookies