A nuestras madres

Es 5 de julio. Ayer regresé a la estepa monegrina, como llamaba Labordeta a este rincón del mundo, del Orgullo estatal de Madrid, de gritar entre la fiesta por los derechos trans. Esta tarde ha muerto la Carrà. Y hace un rato me ha escrito la madre de uno de mis mejores amigos, de mis amigos de la infancia, de toda la vida, preocupada. El sábado estuve con su hijo en Madrid. Pero ella estaba realmente preocupada por si, por omisión, en cierta medida había contribuido a la muerte de Samu. Esa muerte que a todos nos dejó helados el …

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Es 5 de julio. Ayer regresé a la estepa monegrina, como llamaba Labordeta a este rincón del mundo, del Orgullo estatal de Madrid, de gritar entre la fiesta por los derechos trans. Esta tarde ha muerto la Carrà. Y hace un rato me ha escrito la madre de uno de mis mejores amigos, de mis amigos de la infancia, de toda la vida, preocupada. El sábado estuve con su hijo en Madrid.

Pero ella estaba realmente preocupada por si, por omisión, en cierta medida había contribuido a la muerte de Samu. Esa muerte que a todos nos dejó helados el sábado. Es curioso que las personas buenas se pregunten qué han hecho mal y las malas sigan espardiendo su mierda en las redes sociales y en las tribunas de algunas televisiones sin cortapisas, igualando un asesinato homófobo a cualquier otro, obviando deliberadamente que si Samu hubiese sido hetero seguiría vivo.

Escribo estas palabras desde la rabia, rabia contenida que podría ahora mismo hacerme levantar de mi asiento y salir por la puerta en busca de venganza. Pero, afoturnadamente, nuestras madres no nos educaron así. Y eso es lo que nos diferencia del fascismo: queremos justicia, no venganza.

Quiero expresar mi más absoluto reconocimiento a las madres que nos construyeron como personas, que hicieron que en nuestro pensamiento no quepa el odio, no quepa el fascismo. Se merecen que se lo digamos bien alto. Mientras ellas se preguntan qué han hecho mal para que sea así la marea de este mundo, nosotros nadamos entre los tiburones que nos matan, que nos asesinan al grito de "maricón". Quiero decir bien alto que no es vuestra culpa. Porque no estamos solos, estamos con vosotras y con todas las buenas gentes que hoy, 5 de julio, han gritado en todas las plazas del Estado. A todas vosotras, gracias.

La paradoja de la tolerancia está muy manoseada pero es cierta: hay que ser tolerantes con todo el mundo menos con los intolerantes. Y la muerte de Samu debe servir para algo. El dolor de su familia debe servir para algo. No es política, son Derechos Humanos. Todas las personas, independientemente de nuestra orientación sexual, género o identidad de género, color de piel, origen nacional o social, debemos caber en la sociedad, aunque hoy gritemos por el más básico de los derechos: el de la vida. Que estemos en pleno año 2021 recordando esto no hace sino evidenciar la podredumbre social a la que nos lleva el discurso de odio.

No hay medias tintas. O se está con la buena gente o contra ella, con la barbarie. Puede sonar pueril, y de hecho lo es. Es pueril que tengamos que recordar una premisa tan básica a estas alturas, pero la realidad supera a la ficción.

Me gustaría ser optimista y pensar que toda esta mierda va a servir para algo. Y debe servir. Debe servir para desenmascarar a quien quita importancia a las circunstancias. Es evidente que cuando alguien da una paliza hasta la muerte al grito de "maricón", lo que le mueve es el odio. La reacción que hemos visto en las calles hoy debe ser el inicio de algo grande: debemos convertir su odio en una respuesta, debemos convertir nuestra rabia en una respuesta. Hay que pararles los pies. Las buenas gentes somos mayoría. Su odio no cabe en nuestras mentes, porque nuestras madres así nos lo enseñaron. Su odio no debe caber, pues, en nuestros parlamentos, no debe caber en nuestras vidas, no debe caber en nuestro día a día. Aislémosles todas juntas, están solos, y salvemos nuestra sociedad, salvemos nuestra democracia. Churchill lo tuvo claro, y no era precisamente un rojo antisistema.

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