Lugansk.- "¡Soy minero! ¡He trabajado toda la vida! ¡He recibido dos condecoraciones por mi trabajo! ¡¿Por qué quieren matarme?! ¡Mi mujer ha perdido una mano en el bombardeo! ¡Mañana me meto en la milicia!".
Y así lo hizo este minero de 41 años. La milicia acepta personas de hasta 51 años, algunos mayores reciben otras tareas y no son pocos los jovenes que de paisano que forman parte de la milicia. Aunque normalmente van uniformados, con kalashnikov y en coches sin matrícula; combinan el mantenimiento de la seguridad en las calles con la guerra asimétrica. En su mayoría son gente extremadamente sencilla que comparte el argumento del minero: "ayer me dieron un fusil, mira, del año 74" indica este joven en un puesto del centro de Lugansk, alejado del frente, "no he disparado nunca". "Yo realizo trabajos de altura, en su día compré un certificado médico para librarme de la mili, pero ahora me he alistado como voluntario", cuenta otro joven venido de Ucrania central.
Conforme nos acercamos al frente, a los centros administrativos o ascendemos en la escala de mando surge la profesionalidad. "Vengo de escoltar a los refugiados, fui antidisturbios en Maidán. Allá los jovenes tenían ideas interesantes: barrer a la oligarquía y todo eso... pero desde el primer momento el “Sector de Derechas” controlaba la situación desde la retaguardia y enviaba a los estudiantes delante... lo mismo hacen ahora los fascistas y la Guardia Nacional, se quedan en la retaguardia y envían a los soldados de reemplazo delante". Las pérdidas en el lado ucraniano son mayores y se suceden los episodios de deserciones y resistencia civil contra las reclutaciones forzadas.
En las milicias se reconoce la presencia de militares profesionales: excombatientes de Afganistán y sobre todo de Chechenia y otros puntos calientes del espacio postsoviético. A ellos les achacan el éxito militar, pero advierten de las numerosas perdidas entre estos partisanos de élite y la dificultad de reemplazarlos.
En torno a la milicia giran numerosas organizaciones rusas: de prensa, entusiastas y voluntarios de Rusia que se dedican al abastecimiento de alimentos y otras labores humanitarias, transporte de peridistas y evacuación de refugiados. Dotados de armas ligeras cruzan a diario la frontera en vehiculos potentes desafiando el fuego enemigo, los árboles derribados y algún que otro vehículo abatido en la autopista. Comparten con la nueva administración confianza abierta en Putin y en silencio desilusión por la ausencia de tropas rusas, aunque la ayuda extraoficial es un secreto a voces.
Eloy Fontán | Corresponsal en Lugansk





