Aunque probablemente nunca llegue a leer esta carta, no quería irme sin decirle algunas cosas que creo que podrían serle de utilidad, dado el cargo que ocupa.
Usted no me conoce, Señor Nolasco, aunque hasta hace tan solo unos pocos días era usted mi jefe.
Soy una de esas personas que trabajaba en los equipos de atención a infancia migrante de los que usted ha decidido prescindir.
No puedo decir que me haya sorprendido su decisión. Usted ya apuntaba maneras cuando asumió su cargo y tuvo la ocurrencia de añadirle la palabra “desregulación” a su departamento. Aunque, claro, Señor Nolasco, tal vez por deformación profesional, ya que trabajo, o trabajaba, con adolescentes, lo consideré una llamada de atención. Una pataleta, vaya.
Durante este tiempo ha aprovechado usted cualquier oportunidad para construir una imagen negativa de todos esos chavales con los que yo he trabajado. Los ha llamado delincuentes, peligrosos, una carga económica para el sistema…
En el mejor de los casos, Señor Nolasco, lo hace usted por desconocimiento. Le ha faltado a usted sentarse con ellos y mirarlos a los ojos. Tal vez alguno hubiera compartido con usted parte de su historia, como la de los que cruzaron la frontera a nado durante ocho horas, con un traje de neopreno; o la de los que han estado día y medio en una patera, aunque nunca habían aprendido a nadar; o la de la joven que huyó al enterarse de que su padre la iba a entregar a un señor de 70 años para saldar una deuda que no podía pagar…
Y alguno le contará que, con solo 18 o 19 años, ya está trabajando y que, si hablara con sus jefes, le dirían que están encantados con ellos, ya que cuesta encontrar chavales tan jóvenes con tanta implicación y responsabilidad en el trabajo. Y es que no vinieron aquí para fastidiarle ni a usted ni a los españolitos; vinieron a buscar una vida mejor, que es una manía que tenemos todas las personas. ¿Usted no? Señor Nolasco.
Son adolescentes y, como tales, viven las emociones intensamente: se enamoran locamente, se indignan ante las situaciones que consideran injustas, se emocionaron con los goles de la selección en el Mundial (probablemente más que yo, que no soy tan futbolera), sienten miedo y, cuando lo hacen, se acuerdan de su familia, sobre todo de su madre, que está demasiado lejos para reconfortarlos.
No voy a idealizarlos. Como en cualquier grupo de adolescentes y jóvenes (visite usted un aula de cualquier instituto de secundaria y podrá comprobarlo), siempre hay un pequeño porcentaje, tres o cuatro, que "dan problemas", que se meten en líos, que se sienten atraídos por todo lo prohibido y que necesitan una atención educativa más especializada y continuada, que es lo contrario de los recortes que usted propone y ya ha hecho.
Y cuando se lleva un año trabajando con ellos, es inevitable quererlos. Igual usted considera que esta implicación emocional es falta de profesionalidad por mi parte. Pero no se preocupe, que ya no trabajo para usted.
Creo que usted les tiene miedo y quiere que otras personas también se lo tengan. En cambio, yo a quien le tengo miedo es a usted y a los que permiten que haga lo que hace.
¿Prioridad nacional? ¿No sería mejor prioridad racional?
En fin, Señor Nolasco, le deseo la peor suerte del mundo en su cometido.




