Una mirada a la historia nos hace observar cómo la extrema derecha tiene su caldo de cultivo en la inestabilidad social, una inestabilidad que no sólo habita a la perfección, sino que promueve para beneficio propio. Su objetivo es siempre el mismo: ante una situación que se define como caótica, presentarse como garantía del orden y la estabilidad, dos preceptos muy valorados por los seres humanos como fundamento de su propia vida. Aprovechando el malestar social, la extrema derecha genera inestabilidad, atribuyéndola a otros sectores sociales de signo ideológico contrario, para que sus recetas de mano dura y control social vayan calando en el imaginario colectivo de la sociedad.
Viene esto a cuento de los episodios de violencia que estamos observando en toda Europa, y también en nuestro país, en las últimas fechas. En Francia, donde una potente movilización social con base estudiantil viene desarrollándose desde hace semanas, se han producido actos de extrema violencia, en algunos de los cuales se ha observado la presencia de infiltrados, bien de la extrema derecha, bien de las fuerzas de seguridad. Unas fuerzas de seguridad, por cierto, que se han empleado con una violencia execrable que ha provocado lesiones muy importantes a un elevado número de manifestantes. En España, dejando de lado la violencia policial, que, evidentemente, también tiene una fuerte dimensión política, estamos asistiendo a dos tipos de manifestaciones de carácter violento, las de los movimientos antifascistas en respuesta a las convocatorias del provocador Vito Quiles y las dirigidas al saqueo de comercios y firmadas por Blocus. Me gustaría reflexionar sobre ambas porque entiendo que tienen una repercusión política enormemente relevante y que pueden influir, es lo que se pretende, en las próximas elecciones.
Me curaré en salud, aunque sé que me voy a enfrentar a críticas, diciendo que no es el mío, en absoluto, un discurso pacifista a ultranza, que no me amparo en esa idea, muy útil al poder establecido, de condena de todo tipo de violencia (quien suele exigir que se condene todo tipo de violencia suele, por otro lado, aplaudir la extrema violencia de una policía que la utiliza de un modo selectivo y brutal y que cae siempre del mismo lado ideológico). La violencia es una realidad de las relaciones humanas, quien más la utiliza es el poder en su estrategia de sometimiento. Y existe una violencia defensiva a mi modo de ver tremendamente justificada, como señala una parte de la filosofía política, incluida la de raíz cristiana.
Pero, entrando en la cuestión que señalaba, empezaré reflexionando brevemente sobre la violencia vinculada a Blocus. Creo que en este caso estamos ante hechos de nula motivación política por parte de sus actores y asociados a actos de pillaje y saqueo que, es cierto, expresan la frustración de ciertos sectores sociales pero que, en el fondo, proceden, en última instancia, de la manipulación disimulada de quienes pretenden sembrar inestabilidad y caos y que intentan vincularlo con la izquierda en un ejercicio de criminalización de la misma. Como decía en mi artículo anterior, hay mucha gente que le tiene ganas al actual gobierno español, tanto dentro como fuera de nuestro país, y sabemos muy bien de la capacidad de organización de la extrema derecha internacional. En estos tiempos de interconexión y redes, resulta muy fácil a quien sabe usarlas, utilizarlas para alentar este tipo de movilizaciones, y no sería de extrañar que estemos ante un ejercicio de desestabilización provocado, incluso desde el exterior, en beneficio de la extrema derecha. En todo caso, sea así o no, resulta imprescindible marcar distancias y denunciar este tipo de actuaciones de las que nada positivo puede extraerse.
Con respecto a la violencia que se genera en torno a las provocaciones de Vito Quiles, el mero hecho de que nos encontremos ante un provocador debiera darnos la medida de nuestra respuesta. Si un provocador consigue provocarte, ha conseguido sus objetivos. Si no lo consigue, su acción se torna inútil. A mi modo de ver, es un error responder a sus provocaciones. A la quinta convocatoria sin público, su show se diluiría como un azucarillo, dejaría de interesar a los medios. Por el contrario, prestarle atención alimenta su propio juego. Y si, por las razones que sea, la convocatoria antifascista acaba en altercados, por mucho que las provocaciones policiales tengan que ver en ello, quien acaba llevándose el gato al agua es quien pretendía provocar y generar desórdenes.
De forma harto equivocada hay quien en la izquierda asocia radicalidad y antifascismo a una violencia urbana que nada tiene que ver con ello. ¿Qué tiene de antifascista quemar el coche de ciudadanos desconocidos en una protesta por una visita que no ha sucedido, como ocurrió en Bilbao hace unas semanas? ¿Qué de radical arrasar un mobiliario urbano que pertenece a la colectividad? Además, ¿qué efectos políticos provoca esa actitud en una buena parte de la ciudadanía? ¿Se sienten identificados o, más bien, abominan de actitudes que no entienden? Por no hablar de todo el trabajo que harán los medios sistémicos para vincular esa violencia con la izquierda en general y generar más malestar en la ciudadanía.
Por concluir, la pregunta clave de todo esto es, entiendo, a quién beneficia esa sensación de inestabilidad asociada a esos fenómenos violentos. Y la respuesta es muy clara. Por ello creo que se trata de no hacerle el juego al enemigo, que bastantes bazas y poder tiene ya. Y recordar que, como dijo Marx, alguien que no es sospechoso de impugnar la violencia cuando esta tiene una dimensión política, ser radical es ir a la raíz de los problemas, no quemar unos cuantos contenedores.




