Iceberg en la vía

30 octubre, 2026. 08:35

Aquello que parecía un tren varado ahí delante, resultó serlo. La velocidad impuso su poderío y cualquier intento de frenar resultó vano en los pocos metros que distaban entre quien en su cabina de conducción no esperaba encontrar ese obstáculo y quien en la suya, no sospechó que alguien más circulaba por allí.

Cada vez que ocurre una tragedia ferroviaria vuelven a suceder todas las anteriores. La memoria individual y colectiva regresa al pasado y entre hierros y lágrimas revive otros accidentes, otras jornadas de luto, otra sucesión de titulares y contenidos llenos de hipótesis e interrogantes. Cada vez que la muerte acampa entre carriles y separa para siempre las estaciones de origen y destino nadie sale indemne. Me refiero, claro está, a la sensibilidad de personas con al menos una pizca de empatía.

Cuando el paisaje se arruga entre ventanillas reventadas y cuerpos y equipajes se someten en un segundo negrísimo al caos que inunda de confusión lo que hasta entonces era un fluido vuelo sobre ruedas, la historia añade el borrón de un hito fúnebre en su devenir.

La catástrofe de dos dragones congelados de repente, ese incendio que arrasa el momento de evadirse en una cabezada de un recorrido carente de encanto para el usuario que viaja por trabajo, o la ilusión de quien se desplaza por ocio y quizás en grata compañía o con ilusionantes proyectos, sobrecoge especialmente a mis genes ferroviarios. Los trenes de papel charol de mi infancia, inspirados en un onírico Canfranero, quedan salpicados de sangre y sin aquel sol que sonreía en mis láminas.

Las palabras encogen incapaces de expresar tanto dolor. Cuando la vida se pone borde nos condena a naufragar, pero también nos invita a reparar en los latidos que bombean generosidad y eficiencia. Consuelan esas manos ávidas de ayudar que confirman que la bondad amortigua la desgracia. El voluntariado se reafirma como paliativo, con el coraje de esa ciudadanía anónima que se activa apenas tiene noticia de la hecatombe. Los servicios públicos reorganizan turnos y actúan sin utilizar datáfono. Cuidemos a sus profesionales. Recordemos que lo privado no sabe de altruismo ni de emergencias sociales.

Silencio y reflexión. Que hable la verdad. Por las víctimas. Por todos.

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