Teruel: la Galia que resiste y existe

25 octubre, 2026. 10:16

¿Sabíais que en Teruel llevamos desde febrero de 2025 sin tren? ¿Y que muchos de nuestros pueblos, por no tener, no tienen ni autobús? Ni ambulancias cerca. Sé de gente que ha muerto por llegar tarde la ambulancia a su pueblo. Gente joven.

Tampoco tenemos suficientes pediatras, neurólogos, cardiólogo ni otros especialistas. Servidora, para que me quitasen una triste muela del juicio, tuvo que viajar hasta Zaragoza. Hay personas que para recibir quimioterapia también tienen que desplazarse allí. Y, evidentemente, ponemos nosotras el coche. Como si todo el mundo tuviera uno. Como si todo el mundo pudiera conducir. Como si desplazarse cientos de kilómetros para recibir atención sanitaria fuera lo más normal del mundo. Como si no supusiese un coste.

Podríamos seguir. Pueblos sin cajeros, problemas de cobertura, niños que recorren kilómetros para ir al colegio, personas mayores que dependen de otras para desplazarse. Y no, tampoco hay vivienda para los jóvenes. No porque tengamos grandes tenedores a los que expropiar, salvo excepciones, sino porque muchas de las casas vacías pertenecen a veinte hermanos que han heredado un inmueble que nadie utiliza, son segundas residencias o, directamente, son casas en ruinas.

Y por si fuera poco, también cobramos menos. Según los datos de la Agencia Tributaria de 2024, el salario medio anual en la provincia de Teruel fue de 22.767 euros, frente a los 24.780 euros de media aragonesa, los 25.448 de Zaragoza y los 23.000 en Huesca. Es decir, 2.013 euros menos al año que la media de Aragón. Eso sí, el precio de la vivienda nos afecta por igual. El encarecimiento de la vida y los combustibles, también. Menos salario, más kilómetros para acceder a servicios básicos y más gastos que salen de nuestros bolsillos. Porque vivir en Teruel no solo implica tener menos servicios, muchas veces también supone tener que pagar de tu bolsillo lo que en otros lugares se resuelve con un autobús, un tranvía, un taxi, un centro de salud o una infraestructura pública.

Y mientras nos faltan servicios y recursos, nos convierten en tierra de sacrificio.

Minas de arcilla que destrozan nuestros montes y cuyos recursos se van a Castellón, al servicio de negocios como el de Pamesa, de Fernando Roig, sí, el hermano del señor de Mercadona. Macrogranjas, parques eólicos y solares, centros de datos en territorios donde el agua ya es un recurso escaso. Nuestros montes, nuestra agua y nuestros paisajes al servicio de negocios cuyos beneficios a menudo se quedan lejos. Aquí nos dejan el impacto ambiental y los problemas; los beneficios, para los empresaurios.

Porque parece que para garantizar nuestros derechos nunca hay recursos, pero para convertir nuestro territorio en una fuente de beneficios ajenos siempre hay proyectos, inversiones y facilidades.

Encima, la propia financiación estatal perpetúa estas desigualdades. En el modelo general de reparto por variables de la participación municipal en los tributos del Estado, el 75% vinculado a la población utiliza un coeficiente de 1 para los municipios de hasta 5.000 habitantes, frente al 1,4 que reciben los de más de 50.000 según he encontrado en internet. Es decir, también en las fórmulas de financiación pesa más vivir en un municipio grande.

Algún partido de estas tierras ya han denunciado que el 97% del reparto de la financiación autonómica entre comunidades se calcula atendiendo a la población, frente al escaso peso de variables correctoras como la dispersión, la superficie o la despoblación. También ha señalado que el 57,85% del Fondo de Inversiones de Teruel (FITE) de 2024 se destinó a lo que se considera gasto ordinario.

¿Así se corrigen décadas de desequilibrio territorial? ¿Con qué recursos se supone que vamos a revertir la despoblación, provocada, por cierto, si los mecanismos que deberían combatirla siguen reproduciendo las desigualdades?

Imaginad Teruel. Una capital de unos 37.000 habitantes, rodeada de pueblos que en muchos casos no llegan ni a los 200 habitantes. ¡Ni a 100! Pueblos donde todo el mundo se conoce, donde las redes de apoyo no son una teoría política sino una necesidad cotidiana.

En lo personal, lo que más me duele es haber visto marcharse a tantas amigas. Y cómo cada nueva amiga con la que construyo vínculos termina yéndose también. Porque aquí quedarse no siempre es una elección libre. A veces significa renunciar a oportunidades laborales, al desarrollo profesional y educativo, a servicios, a una vivienda o a la posibilidad de desarrollar tu vida. A veces simplemente se está de paso, también.

Pese a todo, la gente de Teruel somos gente guerrera. Muchas elegimos quedarnos. Somos gente luchadora de su tierra, y orgullosa. Y no precisamente porque tengamos las cosas fáciles.

Tenemos sindicatos combativos que, en proporción a nuestra población, alcanzan en muchos casos niveles de afiliación superiores a los de las grandes urbes. O similares, teniendo en cuenta que todo nuestro potencial para superar al sindicalismo de pacto y concertación, continuista de la Transición y que fue impuesto a base de represión al movimiento obrero, está aún por desarrollar. Cada día más fuertes de nuevo. Eso sí.

Tenemos plataformas en defensa de la sanidad y del tren, contra las minas y las macrogranjas, en defensa de nuestros paisajes, centros sociales, movimiento feminista independiente del institucional, movimiento LGTBIQ+, movimiento por el orgullo rural, movimiento por la vivienda y una red de festivales que dan vida a todos nuestros pueblos. Y no, todo eso, no solo en Teruel capital.

Aquí hay organización, conciencia política y lucha. Mucha más de la que algunos parecen querer reconocer, y ver.

Y, sin embargo, lo peor es que la desigualdad territorial también se reproduce dentro del propio sindicalismo combativo y del movimiento político no institucional.

Incluso quienes dicen combatir este sistema terminan concentrando los recursos, las estructuras y la coordinación regional en una sola ciudad.

También cuando toca organizar huelgas, movilizaciones o campañas que, supuestamente, afectan a todo Aragón. ¿Sabéis cuál es esa ciudad? La de siempre.

Un ejemplo especialmente claro lo encontramos en los ejes reivindicativos de la huelga acordados por el bloque del sindicalismo combativo y el Sindicato de Inquilinas de Zaragoza, donde se contempla la expropiación de viviendas a grandes tenedores, cuestión más que necesaria, pero no se aborda, ni por asomo, uno de los principales problemas de vivienda que afectan a estas, nuestras tierras: la falta de vivienda disponible y las casas vacías de nuestros pueblos, de nuestra ciudad y de todo el territorio turolense.

Y es especialmente doloroso que quienes se alzan como alternativa al sistema sean, en ocasiones, los primeros en reproducir sus lógicas. Hay que nombrar que la discriminación territorial también es una forma de desigualdad. Porque el centralismo no deja de ser centralismo cuando lo practican las organizaciones de izquierdas. Y porque la lógica del beneficio y de la eficiencia organizativa, cuando se impone sobre las necesidades reales de los territorios, termina reproduciendo aquello que decimos combatir. Como si aquí no existiésemos. A quien lo practica hacéroslo mirar.

Esto también es una cuestión de clase. Porque las desigualdades territoriales no afectan a todo el mundo de la misma manera. Quien tiene dinero puede desplazarse, pagarse una consulta privada o marcharse a vivir donde encuentre oportunidades, o a militar y acudir al pleno de su sindicato, ya sabes. Quien no lo tiene depende de unos servicios públicos que aquí son cada vez más difíciles de encontrar y que, en algunos casos, directamente no existen. Y no porque no los luchemos.

Para colmo, la izquierda aragonesa de la socialdemocracia nos llama ahora a votar al PSOE. Como si los problemas que arrastramos en este territorio no tuviesen causas y responsabilidades políticas en el pasado Lambanato y en los años de gobierno del PSOE en Aragón, en alianza con algunos partidos que ahora se quieren alzar como salvadores de la clase trabajadora.

Como si el PSOE no llevase también ocho años gobernando el Estado. Como si sus políticas no fuesen deliberadas. Como si el surgimiento de la extrema derecha no fuese consecuencia directa de sus políticas. Como si Teruel Existe no estuviese gobernando en la diputación junto con el PP. Como si hubiese políticas institucionales, por cierto, capaces de atajar los problemas que arrastramos las trabajadoras de esta tierra que se niega a ser condenada al olvido.

En la huelga de vivienda del próximo 11N, a Teruel nos tocará batallar en solitario para que en Aragón se ponga el foco también en los problemas de vivienda, salariales, de merma de servicios públicos, de pensiones y también territoriales, los que vivimos aquí. Pero, en el camino, intentaremos construiremos como un sujeto y una fuerza de clase capaz de unir todas nuestras luchas. Y sí, también las territoriales. Ojalá poner todo nuestro empeño en construir una fuerza de clase que se decidida a cambiarlo todo porque ha aprendido que solo ella misma puede salvarse. Ojalá unirnos en todo Aragón para tal fin.

Y aunque pocas nos escuchen, la gente de Teruel, no necesitamos guías ni salvadores ajenos, ni mucho menos nadie que hable en nuestro nombre. Seguiremos defendiendo nuestra Galia contra el abandono, el extractivismo y la discriminación territorial. Nos seguiremos defendiendo como trabajadoras. Seguiremos organizándonos, sosteniendo nuestro territorio y peleando por una vida digna en todo él.

Porque nuestros territorio no está vacío. Está lleno de memoria, de trabajo, de redes de apoyo, de personas que cuidan y de gente que lleva décadas resistiendo, y construyendo.

Y cuando todo colapse, recordad quién conservó los huertos, las redes de apoyo y las formas de sostener la vida. Recordad también que, a lo mejor, no habrá infraestructura, al menos en el sur de Aragón, capaz de soportar el exilio de las ciudades grises llenas de asfalto cuando la vida allí, que ya lo es para muchas, se haga insostenible.

No somos una tierra de sacrificio. Ni estamos aquí para que otros decidan qué hacer en nuestro nombre Somos la Galia. Somos, como dicen los Ni Zorra, la llama que sigue ardiendo aunque nos quiten la leña.

Cuando queráis caminar con nosotras, aquí estaremos. Lo necesitamos para construir una fuerza internacional y liberarnos de las cadenas del capital y tanta mierda ya.

Salud. En especial, a mis camaradas de Teruel.

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