Deseo de fascismo

14 octubre, 2026. 09:58

Siempre me ha parecido profundamente equivocada esa idea planteada por Etienne de la Boétie, en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, publicado a mediados del siglo XVI, según la cual los hombres luchan por su servidumbre como si se tratara de su liberación. A mi modo de ver, el ser humano no busca en modo alguno el sometimiento, la falta de libertad, aunque, visto desde fuera, pudiera parecer, en algunos casos, que así es. Es difícil pensar que alguien, de modo consciente, tome decisiones en su perjuicio, que se regocije en perder su libertad. Más bien cabría decir que cuando actúa, en el general de los casos, el ser humano lo hace desde una posición de deseo, de anhelo hacia aquello hacia lo que se proyecta, aunque a otros se nos haga muy difícil entender que se desee lo que se desea.

Esto es algo que supo ver muy bien el psicoanalista comunista Wilhelm Reich quien, al analizar el ascenso del nazismo en su Alemania contemporánea, se alejó de la tesis oficial del engaño de las masas y se atrevió a formular la idea de que, en realidad, el pueblo alemán deseaba el fascismo. Es un profundo deseo de fascismo el que se halla tras el imparable ascenso del partido nazi a principios de los años 30 del pasado siglo. Un deseo que colma al individuo de una satisfacción que le permite superar la situación de frustración en que se encontraba tras la derrota de Alemania en la I Guerra Mundial y la profunda crisis que supuso la República de Weimar.

Creo que, salvando las distancias, el mundo en general, y España muy en particular, está viviendo una reedición del deseo de fascismo que inundó la Europa de hace un siglo y que acabó en el desastre de la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y el genocidio en los campos de concentración del nazismo. Como hace cien años, cuando la izquierda naufragó en su intento de dar solución a la profunda crisis de principio de siglo, de la que la I Guerra Mundial es su máxima expresión, ahora, el fracaso de la izquierda, nuestras miserias e infantilismos, unido, claro está, a la eficacísima máquina de construcción de subjetividad en manos del capitalismo, ha vuelto a abrir las puertas de las cloacas de la historia, de donde ha vuelto a aparecer el deseo de fascismo.

Y así vemos con estupor a mucha gente, demasiada, defendiendo posiciones y teorías delirantes, alejándose del mínimo de racionalidad exigible a una persona con una formación básica, profiriendo insultos y exabruptos que enturbian la convivencia e impiden cualquier posibilidad de diálogo. Todo ese amasijo de sentimientos -porque eso son, sentimientos- se condensan en una posición política que les llevará a posicionarse del lado de la extrema derecha. No votarán a Vox, o su sucedáneo abducido, el PP, pensando que se van a quedar sin pensiones, sin sanidad o educación pública, que muy probablemente las libertades, incluidas las suyas, resulten profundamente mermadas, no. Porque el voto no se trata, en este caso, de un ejercicio de racionalidad. No votarán pensando, sino sintiendo.

Los afectos de la política, como bien señala Lordon, mezclan lo pasional con lo racional. Y el objetivo del fascismo es desequilibrar la balanza hacia lo pasional, hacia un deseo cargado de odio y resentimiento. Y lo están consiguiendo, entre otras cosas, porque se encuentran con unos sujetos muy predispuestos, tras décadas de consumo de programas de televisión en los que los gritos sustituyen a las razones, el insulto a la explicación, a que los argumentos, por muy sólidos que puedan resultar, no les hagan mella. Para qué pensar y argumentar cuando puedo gritar y amenazar.

El deseo, como bien sabía Spinoza, sólo se contrarresta con deseo. Con un deseo de la misma potencia en sentido contrario. Pero, ¿estamos en condiciones, desde la izquierda, de promover ese deseo? Es, desde luego, un trabajo de largo aliento en el que lo político es solo uno de los ingredientes. Sin embargo, el problema es urgente, debemos ofrecer, para la próxima confrontación electoral, una propuesta que permita movilizar a nuestro electorado. Frente al deseo de fascismo se trata de movilizar el deseo de democracia. Porque, a diferencia de aquellos momentos en los que la alternancia PSOE-PP, PP-PSOE, no suponía una alteración sustancial de la vida política, puesto que ambos partidos se movían en un espectro político no muy alejado, en estos momentos, el triunfo de la derecha, movida por ese deseo de fascismo que se respira a nuestro alrededor, puede suponer una modificación radical de nuestro marco de convivencia.

Deseo de democracia, con todo lo que implica de libertad, respeto y convivencia. Valores básicos de una sociedad civilizada. Ese es el deseo que es necesario movilizar de aquí a las elecciones generales, sabedores de que lo que nos jugamos, y, por desgracia, no es una exageración, es el futuro de la democracia. Sí, a mí también me dan ganas de mandar a escaparrar a nuestra querida izquierda; sí, estoy harto de sus estupideces. Pero ni se me pasa por la cabeza realizar algún gesto que favorezca la victoria electoral del fascismo. A pesar de todo, que es mucho.

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