Desde hace una semana tengo miedo de que pueda ocurrirle algo a mi hija Amaya. La más dormilona de la casa se ha levantado todos los días a las cinco de la mañana para bloquear junto a sus compañeros la entrada del instituto, un centro público del distrito veinte de París, popular y diverso. Apenas la he escuchado hoy pasar fugazmente por la cocina y he podido gritarle desde la cama —¿Te has tomado un vaso de leche? ¡Ten cuidado!—, quedándome ya despierto y sintiéndome culpable por dejarla ir. He sabido después que iba vestida de negro, con una mascarilla y ampollas de suero en los bolsillos para limpiarse los ojos de los gases lacrimógenos.
He pasado el día pendiente del teléfono, sin lograr concentrarme en nada, inquieto e hipnotizado por los vídeos de las redes sociales en los que los adolescentes filmaban la represión policial durante los bloqueos por todo el país. Disparos de flash-ball, escenas con carreras en las calles, gritos y menores ensangrentados. Ha habido miles de jóvenes detenidos. La policía golpeando a nuestros hijos mientras Amaya me enviaba un WhatsApp: todo bien aquí papá la policía no ha cargado.
Los lycéens como mi hija, estudiantes de bachillerato entre quince y dieciocho años, protestan contra la enésima reducción de profesorado en la educación pública, contra la plataforma de acceso a la universidad que cada año rechaza a más estudiantes, y se solidarizan con los institutos abandonados a su suerte en las banlieues —la periferia— donde se ceban la pobreza y el paro. Faltan medios materiales y humanos para educar a los jóvenes, y la respuesta de las autoridades a las manifestaciones nos ha conmocionado.
Por la noche hemos puesto la radio en la cocina mientras cocíamos la pasta. Los periodistas repetían las noticias sobre los incendios y las agresiones de algunos jóvenes a agentes de policía. Los responsables políticos añadían el sempiterno nada justifica la violencia, evitando así hablar de las reivindicaciones de los adolescentes y ocultando un dato importante: la mayoría de los bloqueos han transcurrido sin incidencias, con el apoyo de los padres y de los profesores. Mientras Amaya se enfurecía con la radio, yo terminaba de poner la mesa —Chiqui, las cosas se están poniendo muy feas. Durante la cena me ha contado, con los ojos brillantes y las ojeras marcadas, cómo un policía le había partido el tobillo a un amigo suyo haciéndole una zancadilla mientras le perseguía.
—Papá, no vamos a parar ahora.
Amaya intuye a sus dieciséis años que la meritocracia es hoy un espejismo. Francia, el faro del mundo. Qué faro. Y se rebela contra un futuro de desigualdad social que provoca frustración y en algunos casos violencia. —Tú ten cuidado —le he repetido, pero no he tenido valor para pedirle que se quede en casa. En casa me he quedado yo, avergonzado.
"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida". Cuando Amaya era pequeña, le leía a menudo este pasaje del Quijote durante la cena, entre dos cucharadas de sopa y un yogur de vainilla. —Voy a acostarme, estoy muerta. Mañana bloqueamos otra vez —y me ha sonreído cansada. Mi miedo se ha llenado de orgullo: para todos, todo. Gracias, Amaya, por devolverme la lección con el ejemplo. La próxima semana las madres y los padres estaremos dando la cara con vosotros a las puertas de cada instituto.




