Resulta extremadamente curioso escuchar, desde ciertos sectores sociales que han sido incapaces, históricamente, de denunciar la dictadura franquista y que se han esforzado por presentar de ella una imagen benevolente, muy alejada del rostro de terror y muerte que la caracterizó, la calificación de dictadura para el actual momento político de nuestro país. España es una dictadura -comunista nada menos, llena, al parecer, de koljoses, sovjoses y gulags- en la que se han perdido las libertades de antaño. Sí que es cierto, por conceder algo a la lógica delirante de este análisis, que desde algunos sectores de la izquierda se ha promovido una cultura de lo “políticamente correcto” que, a mi modo de ver, deberíamos revisar en profundidad, pues sus efectos, lejos de construir una sociedad más libre, han contribuido a producir una atmósfera enrarecida que nada tiene que ver con nuestra tradicional cultura crítica y autocrítica. Pero ese es otro tema en el que ya entraré otro día. Así que sigamos con nuestra extraña dictadura.
Extraña dictadura, sí, aquella en la que los miembros del poder y sus familias son requeridos desde instancias judiciales y vilipendiados por una extensa nómina de medios de comunicación. Las causas judiciales contra el entorno del gobierno se multiplican (y no nos parece mal, si hay indicios de delito), mientras que las que afectan a la oposición se dilatan sine die y apenas aparecen en la mayoría de los medios. En las dictaduras suele ser al revés, que el entorno del poder resulte inmune a la acción de la justicia y a la crítica de los medios. Pero en estos peculiares tiempos que nos han tocado vivir, las dictaduras son tan taimadas y astutas que desarrollan estrategias para parecer no serlo.
Extraña dictadura, vive dios, esa en la que los procesos electorales se producen de acuerdo a un calendario establecido, con participación de organizaciones políticas de todo el espectro ideológico y en las que, en las últimas convocatorias, los partidos en el poder han cosechado una derrota tras otra. Claro que desde 2019 sufrimos, nos dicen, un gobierno ilegítimo formado como consecuencia de una mayoría parlamentaria en el congreso, algo, lo sabemos, totalmente anómalo en democracia. Probablemente no seamos capaces de advertirlo y estas convocatorias electorales y sus derrotas no sean sino una añagaza dictatorial más para que pensemos que vivimos en democracia y que si PP y Vox, Vox y PP, alcanzan mayoría parlamentaria en elecciones regionales y, consecuentemente, dados sus intereses coincidentes y su común filiación histórica con el fascismo patrio, gobiernan en coalición, legislan, desmontan lo público, benefician a sus cercanos, todo esto no sea sino la fachada de una brutal represión política ejercida desde el gobierno bolivariano. El lema de esta neodictadura bien pudiera ser: “que gobiernen y legislen ellos, que no mandamos porque no queremos”.
Extraña dictadura, sin duda, la que ve cómo las fuerzas de seguridad del Estado apalean a quienes se sienten ideológicamente cercanos a las organizaciones que sustentan al gobierno, mientras tratan con extrema amabilidad a los que, vulnerando la ley y el orden público, agreden con saña a personas, destrozan bienes, insultan y derraman odio por todo el país. Cada vez es más habitual que escuadrones de la extrema derecha persigan a militantes de la izquierda, que fascistas cargados de resentimiento agredan a inmigrantes por las calles, que matones sin escrúpulos asedien a la gente en sus casas para conseguir que se vayan, ante lo que las fuerzas del orden mantienen una actitud contemplativa, cómplice podríamos llegar a decir. Probablemente esto no sea, nuevamente, sino una estrategia de la dictadura que nos gobierna para generar confianza en estos grupúsculos de terrorismo urbano y poder cogerlos desprevenidos más adelante. Tiempo al tiempo (si es que lo tenemos antes de que nos hayan partido la crisma).
Extraña dictadura, voto a bríos, la de un país, el nuestro, en el que la inmensa mayoría de los medios de comunicación están alineados con la oposición política y no dudan en lanzar las críticas más furibundas al Gobierno. Lejos quedan ya aquellos tiempos en los que lo propio de una dictadura como dios manda era una prensa afecta al régimen (estilo ABC o Pravda, por ejemplo) y la prohibición de cualquier opinión crítica. Nuestra posmoderna dictadura permite que los poderes públicos controlados por la oposición (esos que se alcanzan tras elecciones que parecen democráticas pero no lo son, ya saben) rieguen con dinero de todos a medios y personas que se dedicarán a acosar, literalmente, a figuras cercanas al Gobierno y a difundir informaciones falsas en beneficio de los partidos de la oposición.
Extraña dictadura en la que, en lugar de un Amado Líder, Gran Timonel, Caudillo, lo que tenemos es un Perro Sánchez, un Sánchez Hijo de Puta, coreado en manifestaciones y alentado desde líderes de la oposición y su prensa afín.
Todo esto nos hace pensar que, en su crítica de esta extraña dictadura, PP y Vox apuestan por una extraña democracia, sin partidos, sin prensa de oposición, sin libertad de expresión, con una judicatura y unas fuerzas de seguridad del Estado, respaldadas por escuadras de matones sin placa, encargadas de que se piense y se actúe como se ha de pensar y actuar. Una extraña democracia posmoderna que se parece mucho a esa dictadura de la que, conviene no olvidarlo, son herederos.




