Proletarii

23 julio, 2026. 06:30

Los que solo tienen su prole en su origen etimológico secular. Los que solo tienen su fuerza de trabajo en su conceptualización moderna y marxista. Ni rentas, ni títulos de propiedad, ni contratos con la administración que garantizan un salario digno y estabilidad, ni capital social y cultural -esa herencia que garantiza saber desenvolverse con la burocracia y en el microcosmos elitista de los profesionales liberales-. El término no se define por la cantidad sino por la posición en la pirámide. No son un porcentaje, son una clase en desarrollo a la intemperie de los tiempos.

Luchas locales, regionales y las victorias globales del 17 y del 45 trastocaron el proyecto de los poderosos. Pero los ecos de esos triunfos son cada vez más débiles. Y su proyecto vuelve a mostrarse nítidamente: la máxima explotación que puedan soportar, arrebatarles el fruto de su sudor hasta donde se dejen. Ese límite nunca es una suma de calorías. Es lo que tolera la dignidad y la moral de la multitud.

Los deshumanizan para rebajar lo tolerable. Se trata mejor a las mascotas que a ellos. Se saluda más a la IA que a las trabajadoras de la limpieza. Pero el género humano es tozudo. Por eso hay que reprimirlos en cuanto un solo grupo de ellos es capaz de priorizar lo colectivo a lo individual. Arrebatarles la conciencia, quitarles las herramientas.

La principal, la educación científica y universal -que nunca fue perfecta ni neutral- pero que en el siglo XXI avanza hacia convertirse en un cochambroso catálogo de autoayuda. Una pedagogía individualizante, atomizante, parcial, para que la vida se reduzca al yo y al deseo. Generadora de espejismos. Qué busca ensimismarles en la meditación sobre el más insignificante matiz de sus apetencias. Cada vez menos pública. Volverlos incapaces de comprender, someterlos vía ignorancia y confusión. Todo para ocultarles, tras una enorme nube de humo multicolor subjetiva, edulcorada e interpretable, la cruda y oscura realidad, la única verdad.

La certeza del despertador a las 5 de la mañana. La tintada exactitud de la cifra en el ticket de la compra y el cristalino y resplandeciente contraste con tu salario. El piso compartido y la fría evidencia de que nunca tendrás un techo donde caerte muerto. La falta de tiempo, y de ganas para uno mismo, para los amigos o la familia. El redundante sonido metálico del blíster para dormir. La concretísima sensación de calor, de sudor bajo el uniforme de trabajo. La legitimidad de los sistemas democráticos sepultada por decenas de miles de cadáveres palestinos con nombres y apellidos. La mirada esquiva, culpable, del socialín que apoya al Gobierno, y la risa psicópata del que apoya el rearme del Gobierno. Sangre, barro e impersonales drones asesinos de eslavos financiados con nuestro dinero. Genuflexiones socioliberales al emperador, besamanos al Rey por parte de los progres a la progresía de los socioliberales. Objetivo treinta por ciento de los niños y adolescentes en situación de pobreza. Cuñaos depositando su confianza en el trepa del caballo verde que nunca ha escuchado el despertador a las 5 de la mañana. La oscura y cruda realidad.

Se les arrebatan las expresiones a través de las cuales interpretan su experiencia colectiva. Colonizan, compran y desdibujan las manifestaciones culturales de los proletarii. Para convertirlas en evasión alienante. Para que nunca sean un martillo con el que dar forma a la realidad. No se puede labrar “This machine kills fascists” en una pista digital de AutoTune, ni sonará L’Estaca en el Santiago Bernabeú.

Se les induce al mínimo su tiempo para pensar y reflexionar. Aburrirse no está de moda, lo que sí está es la excitación permanente, el anglosajón FOMO -Fear Of Missing Out, en castellano, miedo a perderse algo-. Atrapados en la pantalla. Likes, likes, likes. Píldoras de estímulos gratificantes continuos en formato de historias truculentas de frutas, voces impersonales que narran curiosidades exentas de contexto… ¿Vendes tu coche? ¡¿Vendes tu coche?! ¡¿VENDES TU COCHE?! Adicción al porno. Entre medio discursos de predicadores criptogymbros, tradwife o evangélicos. Superficialidad traumatizante para modificar hasta sus propios cuerpos a los designios del mercado imitando las rígidas caras de plástico de la oligarquía. ¿ERES POBRE? ¡APUESTA! ¡APUESTA! ¡APUESTA! Ración doble para las proletarias, por mujer y por desposeída. Propaganda pura sin cortar.

Pero son tenaces, porque sus condiciones materiales son duras. Tienen que romper sus lazos. Que no socialicen. No hay tribus urbanas y se ponen de moda los deportes individuales de autosuperación. Adiós a las identidades colectivas, hola al magnesio y a las proteínas. Que la experiencia no sea común. Impedir que haya un cerebro colectivo. Impedirles saber diferenciar lo concreto de lo abstracto. Cuanto menos hablen, discurran e imaginen entre ellos mejor. Y cuando lo hagan que sea sobre ídolos de barro construidos minuciosamente para implantar determinados valores, siempre, siempre engarzados a la perfección con el plan desconcienciador. Pensamiento único, peinado único. Clones de clones de clones.

Pero sobre sus espaldas, como desde el principio de los tiempos, se carga el mundo entero. Lo que de por sí les otorga el poder de pararlo todo, esto no es interpretable. No es una construcción narrativa, ni un desahogo que da salida al odio de clase, ni un alegato desde la desesperación. Las tesis “del final del trabajo” solo era una voluta más, ni siquiera la más seductora, de la nube multicolor. Y la huelga, obviamente, sigue siendo su mejor -probablemente la única- herramienta. Catorce años sin una huelga general en nuestro país. Los intelectualoides que vaticinaban su caducidad están peleándose por las migajas que dejan las ratas al pelearse. Esas alimañas que se autoproclaman tribunos de la plebe. Y que de la mano del bipartidismo corrupto y enjoyado dictan, sin credibilidad y cada vez con una sonrisa más falsa, a los proletarii que viven bajo el mejor de los sistemas posibles. Escribe cien veces que viene el lobo. ¿No lo entiendes? Mejora tu caligrafía. Siempre con esa cortesía propia de quien quiere formar parte de la corte. Y con la superioridad moral y de clase de quien siempre ha ocupado una posición jerárquica de mando sobre la clase trabajadora. Trileros, vendedores de humo, lenguas de serpiente que si se muerden se envenenan desprestigian la forma más válida después de los sindicatos: el Partido.

La estructura partidaria, entendida como organización que actúa en todos los conflictos y aristas de la sociedad, sigue siendo estrictamente necesaria. Porque los pobres para dejar de serlo tienen que disputar el poder y para ello solo tienen su capacidad para organizarse. Aunque algunos digan que las redes sociales son la calle, que la elaboración del discurso es la herramienta de transformación y que una empresa de comunicación es el Partido de los proletarios. Y quieren, sin mucho éxito por cierto, sustituir el humo por un tufo tóxico de caspa morada que huele desde aquí -y eso que Zaragoza está a 300 km de Madrid-.

Entre todos han reducido la forma partido político a una comparsa cuya única función es el ritual legitimador del Estado. Autocondenándose a danzar en el baile liberal-parlamentario -no exento de sacrificios humanos- en el que los proletarii deben depositar todas las expectativas y esperanzas. Ese Estado -burgués- que en última instancia es la estructura de orden, de ley y del palo -y del fusil- para imponer los intereses de quienes se enriquecen y gobiernan, gobiernan de verdad. Porque no gobierna el Parlamento, ni el Consejo de Ministros, ni los Ayuntamientos, ni las Comunidades Autónomas. Gobiernan los jetas de las mandíbulas postizas inyectados de testosterona. Los que codician cohetes para viajar al espacio y huir del planeta que están destruyendo. Los violadores metódicos. Imperialistas, genocidas, pederastas y corruptores. Rodeados de parásitos trajeados que nunca les alzan la voz, y que subsisten indigestos de tragarse todos sus efluvios y fluidos. Los piel naranja. Multimillonarios que juegan y se enriquecen hasta el absurdo con el sufrimiento desde sus muy occidentales templos de cifras del centro de las metrópolis.

Y pese a ello, los proletarii, sabedores que la realidad se modifica con las manos, pueden construir estructuras para sí mismos. Una meticulosamente estudiada y planificada con las herramientas de la ciencia y que edificada desde los cimientos sostendrá un techo bajo el que vivir dignamente. Refugio y hogar. De acero y hormigón armado. Flexible y sólida. Fraguada de victorias concretas. Una estructura que se vuelva visible y emerja entre las engañosas nebulosas multicolor. Que será soporte y parte de las más diversas expresiones emocionales, artísticas y culturales. Destinada a cambiarlo todo. Indispensablemente orientada hacia el este para ver al alba venciendo a la cruda oscuridad y permitir entrar la cálida luz que inaugura un nuevo siglo.

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