Para saber intrínsecamente lo que más odia una persona de extrema derecha en nuestro país no hay que irse tan lejos: lo dijo Franco en una entrevista que le hicieron en vida y que me recordó un buen amigo (Doctor en Historia) hace algunas semanas. Lo que más odia una persona de extrema derecha es al “mal español”. Lo detestan muchísimo más que a un musulmán, a un negro, a un travesti, a un indio, a un latino, a una lesbiana, a un bolivariano convencido, a un comunista ruso o a un castrista cubano.
Ese “mal español” que mencionó Franco en aquella intervención ahora tiene un nuevo nombre, se le llama “progre”. Se trata —a grandes rasgos— de un varón blanco, de nacionalidad española, inteligente, con buen trabajo, ¡quizá católico!, culto, con propiedades, preferiblemente alto, tal vez guapo, con familia “tradicional”, estudios y —sobre todo— con dinero. Pero de izquierdas.
En todos los países ocurre lo mismo y en todos la ambivalencia en esta cuestión es similar. No hay más que recordar lo que sucedió hace unos días con el jugador de la selección de EEUU al que la FIFA indultó su tarjeta roja en un partido del Mundial, tras llamada explícita de Mister Trump. Folarin Balogun es un futbolista hijo de inmigrantes ilegales nigerianos, pero no es pobre, ni de izquierdas, y además es un deportista al servicio de la grandeza americana. No es peligroso ni odiable. No es un “mal americano”.
Igual que sucede aquí con Lamine Yamal: sus padres son africanos, a él no se le considera español, no representa una amenaza, no es un traidor, no posee esa relevancia política. Les divierte, les hace ganar, es una “herramienta” para la consecución de sus intereses. Exactamente igual que la ecuatoriana que les limpia el baño, el colombiano grandote que levanta todas las mañanas a su padre enfermo, la marroquí que cocina en su restaurante o el georgiano que les cuida la finca.
Pero a Bardem, Almodóvar, Wyoming, Cristina Fallarás, Yolanda Díaz, Jordi Évole, Rozalén, Broncano, Jesús Vázquez, Ana Belén, Àngels Barceló, David Uclés, Luis Gª Montero, Buenafuente, Pedro Sánchez... se les odia a muerte. Representan la amenaza interna, el cáncer a extirpar, el virus a detener. Son atractivos, carismáticos, inteligentes, cultos, buenas personas, con estudios, propiedades, fama, dinero y carácter. Y de izquierdas. Y todos aman a su país, España.
Tengo delante en este momento la foto reciente de un orgulloso Javier Bardem —el mejor actor de la historia en activo— con la camiseta de la selección, yendo a un partido en coche con su hijo. Sin embargo, para la extrema derecha, esa foto no es patriotismo; es una provocación. Porque en su manual de identidad, no importa cuánto ames a tu país si no lo amas como ellos quieren. Y yo me pregunto: ¿Será inquina real, o acaso será simplemente esa envidia que caracteriza al ser humano desde el principio de los tiempos?






