De cómo la cuenta de la vieja demuestra que con un pellizco del beneficio del IBEX nos quitamos los sudores en las aulas, pagando los que de verdad nos deben.
Si usted ronda los veinticinco años o menos, probablemente le pille esto muy de nuevas. Verá, allá por el lejano 2007, cuando estalló ese coloso de codicia y hormigón llamado crisis inmobiliaria, usted andaba correteando en pantalón corto o, como canto en uno de mis temas del primer disco, no era más que «una duda, un deseo, un pensamiento» en la cabecica de sus padres. No tiene por qué acordarse de la que se montó, pero los que peinamos canas y mantenemos la memoria dentro de la media nacional tenemos la fastuosa necesidad de recordarle que arrastra usted una deuda histórica. No suya, válgame Dios, sino del sistema hacia la clase trabajadora; esa que no diseña ingenierías financieras en las Bahamas y que paga religiosamente el IVA hasta de los arenques.
Resulta que fruto de aquella mala cabeza de bancos y cajas de ahorros —empeñados en endosar hipotecas imposibles y vender preferentes como si fuesen estampitas de la virgen del Pilar—, el Estado decidió que la mejor manera de arreglar el desaguisado era soltar la cartera. Pero no la suya, sino la de todos. Aquella gracia se bautizó como «rescate bancario» a fondo perdido, que en cristiano aragonés significa regalar dinero público para tapar los pufos ajenos mientras se desahuciaba a los mismos vecinos a los que previamente se había encandilado. La broma ascendió a la friolera de 65.000 millones de euros. Dinero que voló y que, por esas carambolas del destino que tanto gustan en los palcos madrileños, se esfumó en el éter. Las entidades depredadoras se fusionaron, se mezclaron y cambiaron de chaqueta en una jugada maestra de trilero de feria, dejando un panorama donde hoy nadie sabe a qué ventanilla ir a reclamar la devolución. Maravillas de la alta estrategia corporativa.
Hoy, ese conglomerado que «evolucionó» a costa de nuestros costillares cotiza reluciente en el IBEX 35. Tienen nombres y apellidos, aunque operen desde el Olimpo velado que gobierna nuestras vidas, medios y políticas. Hablo de Ana Botín, Carlos Torres Vila, Tomás Muniesa, Josep Oliu, María Dolores Dancausa y José Sevilla. Estas almas caritativas acaban de cerrar el balance del ejercicio con un beneficio histórico conjunto de unos 34.000 millones de euros. Sí, ha leído bien. A base de freírnos a comisiones malditas por respirar cerca de un cajero, meter EREs y recortar servicios, han ganado en un solo añico más del 50% de todo lo que nos deben por el rescate. Fíjese qué maña se dan cuando el negocio es propio. Hace pensar, ¿verdad?
Pero aquí es donde a uno, que a veces tiene la cabeza como una jaula de grillos, le da por hacer conexiones neuronales divergentes y aplicar la santa cuenta de la vieja. Mientras estos próceres de las finanzas disfrutan de sus despachos con el termostato a veintiún grados fijos, nuestros zagales y maestros se asan vivos en las escuelas públicas cuando aprieta la solana. Porque en España, afinando el lápiz y quitando los colegios concertados —que esos ya bailan al son de otra música—, tenemos exactamente unos 19.300 centros educativos públicos que aguantan el tipo como pueden.
Si nos pusiéramos serios a repartir un presupuesto de justicia para instalar sistemas de ventilación y aire acondicionado dignos (con su normativa RITE y sus renovaciones de aire para no respirar puro CO₂), el desglose nos dice que adjudicando 150.000 euros a los colegios grandes (el 45%), 100.000 euros a los medianos (el 35%) y 70.000 euros a las pequeñas escuelas rurales e infantiles (el 20% restante), nos saldría una factura total de 2.248.450.000 euros.
Semejante parné asustaría a cualquier consejero de educación autonómico, de esos que siempre andan llorando miseria. Sin embargo, si lo ponemos al lado de los beneficios de los señores del IBEX, resulta que la reforma térmica de todo el país equivale apenas al 6,61% de lo que se han embolsado limpito en un solo año. O lo que es aún más sangrante: representa apenas el 3,46% de los 65.000 millones que nos dejaron a deber tras su gran juerga inmobiliaria. Con lo que nos costó rescatarles el trasero, podríamos pagar el aire acondicionado de todas las escuelas públicas de España durante casi treinta años consecutivos.
Así que, señores de la alta banca, dejen de mirar al tendido. No se trata de caridad, ni de responsabilidad social corporativa de esa que queda tan mona en los folletos de papel satinado. Se trata de devolver el aire que nos quitaron. Paguen la climatización de los colegios; que a fin de cuentas, los ventiladores se moverán con el dinero que salió del sudor de nuestros bolsillos. Menos lobos, Caperucita, y pasen por ventanilla, que en las aulas hace un calor que no se aguanta.





