Primero te arrogas la memoria de la gente judía que vivió en Aragón. Visitas guiadas —esos eventos regados con dinero público por Ayuntamientos de Zaragoza, Tarazona y Gobierno de Aragón que sirven para limpiar la cara a la historia oficial de España... el rollo ese de las tres culturas; la musulmana se promociona menos—. Te presentas en múltiples reuniones de colectivos migrantes como "representante de la comunidad judía".
Segundo, acompañas al embajador de Israel cuando venía por Aragón. Aquí ya pasamos de la comunidad judía en Aragón al Estado sionista de Israel, que son dos cosas diferentes. Como se ha demostrado en diferentes movilizaciones en Europa y EE. UU., donde está la mayoría de la comunidad judía que no vive en Israel, la mayoría condena públicamente el genocidio en Gaza y los ataques a Líbano e Irán. De hecho, se calcula que hay unos 8,5 millones de personas de cultura judía fuera de Israel. Y 7,3 millones dentro del territorio de Israel. Por no hablar de la política de manga ancha del Estado de Israel de reconocer como judíos a mucha gente de dudoso pasado familiar. En el Estado español, la mayoría de la gente judía antisionista está en la Junts Associació Catalana de Jueus i Palestins y en International Jewish Anti-zionist Network (IJAN), con fuerte presencia en las movilizaciones de solidaridad con Palestina.
La última ha sido aparecer delante de la protesta propalestina de BDS Zaragoza por la participación de la selección de Israel en el Mundial de rugby en silla de ruedas, grabando a los manifestantes que denunciaban el genocidio en Gaza. Llevaban una pancarta que ponía: "En Israel conviven y trabajan en paz judíos, árabes, cristianos y palestinos. Israel no es genocida". Después de 80.000 o 100.000 asesinados en Gaza, más las actividades terroristas de los colonos israelíes en Cisjordania, el bombardeo de iglesias cristianas por toda Palestina suena un poco sarcástico —sangriento—. Esto es Sefarad Aragón. La comunidad judía en el mundo es otra cosa.




