Nunca pensé que, en un lugar como Aínsa, tan alejado del extremo oriente del Mediterráneo donde se encuentra Palestina, la presencia de un símbolo podría provocar tanta molestia y cierta dosis de odio, ya que destrozar primero y quemar, después, dos barcos hechos manualmente por personas para las que esa imagen evoca el encuentro entre pueblos, la solidaridad, el diálogo y la paz, es una muestra de intolerancia que me hace plantearme más de una pregunta.
¿Quién tiene la idea y la ejecuta de destruir un símbolo de paz? ¿Qué ve en realidad en él?
¿Se trata de personas que tan solo llegan a asociar a Palestina y los palestinos con los moros, a los cuales se demoniza día sí y día también, desde la ultraderecha, cuando se habla de los menas, asociados siempre a la delincuencia, o de los que vienen a quitarnos el trabajo y reciben más ayudas que cualquier español de pura cepa?
A éstos, la verdadera historia del pueblo palestino, la opresión a la que están sometidos desde hace muchas décadas por parte de Israel, no es que les resbale, es que la ignoran totalmente y tal vez, el barco y la bandera palestina lo que agreden es a su ignorancia absoluta del mundo en el que viven.
Si, por otra parte, son sujetos que tienen una vaga conciencia de que el poder ejercido por los más fuertes contra los débiles se ejerce a través de medidas admisibles y acertadas de aplicar con la legalidad o sin ella (por parte de estados fuertes y autoritarios que utilizan cualquier medida a su alcance, como pueden ser el apartheid o, directamente, el genocidio), estamos ante personas que, quizá, en su vida personal se comporten con la misma lógica. Si son adolescentes, por ejemplo, ejerciendo un acoso feroz sobre sus compañeros más débiles y si son adultos, justificando cualquier medida represiva que el estado ejerza sobre los inmigrantes, los gays, los pobres de solemnidad, los diferentes, en una palabra, cualquiera que no cumpla con el canon de la normalidad. Significando ésta, que no plantee ningún tipo de conflicto o de protesta ante las deficiencias de una sociedad nunca perfecta.
También podría ser el caso de que destruir esos barcos fuera un acto impulsivo de gente muy joven que manifiesta su rebeldía contra, precisamente, la propia rebeldía que representa hoy defender al pueblo palestino masacrado, e intentar apoyar su supervivencia y su memoria. Sería el colmo del absurdo que, queriendo ser rebelde y antisistema, se convierta alguien en el defensor más acérrimo del uno de los sistemas político más autoritarios y opresores que hay sobre el planeta, como lo es Israel.
Lo que está claro es la nocturnidad y alevosía con la que se han destruido, en las dos ocasiones, los barcos que tanto trabajo e ilusión llevaban detrás de su elaboración y su colocación en el cauce del Cinca. La manera de hacerlo, da una idea de la propia vergüenza que genera en quien lo hace el no atreverse a hacerlo a pleno día, a la vista de todos. Que es alguien de aquí quien lo ha hecho también es más que seguro. Y sea quien sea, tiene un serio problema de educación, de falta de respeto a la libertad de expresión de los demás, de intolerancia hacia cualquier pensamiento que no sea el suyo, de convivencia con lo diferente y mental y de comunicación, porque destruir es la manera más certera de no admitir el diálogo ni el entendimiento, las cualidades humanas que más nos alejan del concepto de fieras.
El barco, como los que navegan rumbo a Palestina, navega otra vez (aunque esté quieto) en la orilla del Cinca, contra viento y marea, contra la intolerancia que ejercen los que, a falta de palabras, no encuentran otro argumento más que su violencia.






