Hay profesiones que nacen de una vocación, y cuyo desempeño muchas veces aporta satisfacción más allá del rendimiento del trabajo de cualquier labor. La docencia es una de ellas, y además, no sólo es vocacional, si no que cumple una labor fundamental en nuestra sociedad: es la profesión que crea otras profesiones. La base sobre la cual deben formarse personas íntegras.
Sin embargo, por muy profunda que pueda llegar a ser, nuestra vocación se ve sometida a serios desafíos. Por mucho que nos pese, en la sociedad capitalista la docencia no está orientada a formar para transmitir y amplificar el conocimiento y el desarrollo de la humanidad; si no que se centra en producir futuros peones para el trabajo asalariado. En España lo vemos claramente con cada una de las leyes educativas que se han ido sucediendo en las últimas décadas y que se han dedicado a ajustar la oferta educativa a las necesidades del mercado (el propio término no induce a engaño…).
Desde mi propia experiencia personal, es de justicia poner de relieve el arduo camino que un docente debe recorrer para llegar a desempeñar la labor docente en la función pública: los procesos selectivos, que generalmente se convocan en forma de concurso – oposición, tienen un carácter sumamente individualista, que atomiza totalmente a los trabajadores de la educación y de hecho los hace enfrentarse entre ellos en una competición cada vez más dura.
¿Dedico tiempo a preparar las clases? ¿Repito el mismo examen en cada clase para acabar antes? ¿Empleo dos horas en ese niño que no tiene una adaptación curricular pero que en la práctica necesita un poco más de atención? Se nos pone en la situación de elegir entre estudiar la oposición y pensar egoístamente en nuestro futuro o dedicar lo mejor de nuestro tiempo y saber a nuestros alumnos. En la práctica, acabamos haciendo ambas cosas y perdiendo todo el tiempo libre, horas de sueño, tiempo con nuestra familia y amigos… En definitiva, se trata de un periodo en la vida de cualquier profesor o profesora que no recordamos con cariño sino todo lo contrario; largas jornadas de estudio, incertidumbre, dificultad para compaginar la oposición con el propio ejercicio docente… es una pesadilla que pone a prueba nuestra motivación y la ilusión en la profesión.
El periplo y las afrentas, si se accede a la función pública docente siendo interino, va mucho más allá del problema de compaginar la oposición con el trabajo: la continua movilidad, la obligatoriedad de determinadas vacantes, la incertidumbre sobre la duración de muchas de ellas o las jornadas parciales son algunos de los escollos con los que los interinos debemos convivir mientras realizamos nuestra labor. Somos también muchos y muchas quienes hemos venido a esta tierra, con cariño y nostalgia a partes iguales, alejándonos de la nuestra, siendo prácticamente expulsados. En este contexto, debemos enfrentarnos al que probablemente sea el mayor problema de la clase obrera, especialmente los jóvenes, en nuestro país: la vivienda.
En el mejor de los casos, obteniendo una vacante de curso completo, puedes acceder a un alquiler que se lleve casi un tercio de tu salario. En el caso de tener que hacer varias sustituciones al año, es probable que ni siquiera encuentres opciones de habitabilidad, al tener que cambiar de población constantemente. Esto también lleva a ponernos en perspectiva de la situación a nivel global: si trabajadores como nosotros, dentro de un grupo laboral con condiciones relativamente buenas, tenemos estos problemas a la hora de acceder a una vivienda, ¿Qué posibilidades quedan para el resto de la clase trabajadora, especialmente para aquellos sectores más precarios y vulnerables?
No me gustaría terminar este artículo sin hablar del derecho fundamental del alumnado a recibir una educación gratuita y de calidad y que actualmente no se cumple en Aragón. Y es que desde hace ya varios cursos, viene siendo habitual que muchas plazas vacantes de ciertas especialidades se queden sin cubrir, al agotarse las listas de personal docente. Tal es la falta de personal que, poniendo como ejemplo la especialidad de lengua y literatura, ha habido vacantes sin cubrir incluso en Zaragoza capital. ¿La causa? Todo lo que venimos desarrollando: malas condiciones, plazas con jornadas parciales que no dan para vivir (Aragón es la comunidad con el salario más bajo para el personal docente), falta de planificación por parte de la DGA a inicio de curso estimando las plazas necesarias, interminable burocracia…
Por todo esto, es normal que muchos profesores y profesoras se planteen la alternativa al sector público; el desempeño de la labor docente en centros concertados o privados. Pero la realidad es que esta situación es aún peor en cuanto a condiciones laborales se refiere: los centros educativos funcionan de facto como empresas, y quienes deben pagar por el servicio educativo, dejan de ser familias y alumnado para ser clientes. La sobrecarga de trabajo de los profesores y la reducción de salario es evidente en comparación a la educación pública y la labor del claustro siempre se mide por el doble prisma de la eficiencia educativa y económica.
Finalmente, me gustaría terminar estas palabras con un mensaje de ánimo y valor. Este año somos muchos los profesores que nos enfrentamos a un momento fundamental que marcará el resto de nuestra vida. En unas semanas, nos jugamos meses, cuando no años, de esfuerzo y trabajo. Quiero dirigirme a todos vosotros, compañeros y compañeras: os deseo suerte en vuestros exámenes, pero también os deseo organización. Porque el año que viene, cuando volvamos a los centros, ya sea en nuestra plaza definitiva o un curso más como interinos, podemos hacer que las cosas mejoren. Transformemos un poco de todo ese sudor vertido en trabajo con nuestros compañeros y compañeras de centro por mejorar las condiciones de nuestra profesión y de nuestros alumnos. Para que la educación siga siendo una profesión tan bonita que siga atrayendo la vocación de futuras generaciones.





