El 1 de mayo nos convoca, año tras año, para reivindicar un principio básico: que el trabajo debe ser una garantía de dignidad, no una fuente de incertidumbre. Pero para muchos jóvenes esta afirmación empieza a sonar a ironía. Vivimos una realidad en la que acceder a un empleo digno se ha convertido en una carrera de obstáculos que no siempre ofrece una meta. La precariedad ha dejado de ser una etapa para convertirse en una constante.
La juventud ha crecido con un mandato claro: formarse, esforzarse, adaptarse. Y lo hicimos. Acumulamos grados, másteres, idiomas y cualquier otro título que suene a pasaporte para la estabilidad. Pero al entrar en el mercado laboral, descubrimos una paradoja: se nos exige estar sobrecualificados para ocupar puestos temporales, mal pagados y, demasiadas veces, encadenados en prácticas no remuneradas que disfrazan explotación bajo el nombre de experiencia.
Durante demasiado tiempo, se nos ha hecho creer que aceptar esta precariedad era parte del proceso. Que después vendría la estabilidad. Pero ese "después" nunca llega. El mercado laboral actual no solo precariza: posterga, paraliza e impide que podamos construir proyectos de vida autónomos. Nos enfrenta al día a día con escasos márgenes, sin certezas y sin posibilidad real de planificar futuro. Y, lo que es peor, lo hace acompañado de un relato institucional que responsabiliza a la juventud de no "esforzarse lo suficiente", cuando en realidad lo que falta no es ambición, sino oportunidades reales y políticas públicas valientes.
El impacto de la precariedad laboral no se distribuye de forma uniforme. En Aragón, especialmente en el medio rural, la falta de oportunidades laborales sostenidas y diversificadas hace que muchos jóvenes tengan que buscar empleo fuera, lejos de sus raíces, no como una elección personal sino como consecuencia de un modelo económico centralista que no equilibra oportunidades. Quienes defendemos una visión aragonesista y comprometida con el presente no podemos aceptar que irse sea la única opción. El talento joven no puede seguir siendo lo que se pierde por falta de alternativas. Necesitamos un modelo que apueste de verdad por el empleo digno, vinculado al territorio, con derechos, con estabilidad y con futuro.
La situación laboral juvenil no es un asunto coyuntural, es una alerta sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo. Si nuestras generaciones viven encadenadas a la precariedad, el futuro se desdibuja también para el conjunto de la sociedad. La juventud necesitamos certezas, sí, pero también necesitamos justicia. Y para eso hace falta voluntad política y un cambio profundo en las reglas de juego. Nos repiten que somos la generación más preparada, pero nadie habla de cómo el sistema convierte esa preparación en frustración. Hemos dejado de pensar el trabajo como un derecho o una herramienta de emancipación, y hemos empezado a vivirlo como una carrera individual de resistencia. Y eso también es ideológico: si nos hacen competir entre nosotras, no señalamos a quienes imponen las reglas. Si nos convencen de que el fracaso es personal, no cuestionamos que el sistema esté fallando.
Queremos vivir con dignidad. Queremos hacerlo aquí, en nuestra tierra. Y queremos que trabajar deje de ser sinónimo de precariedad para convertirse, de verdad, en una herramienta para construir vida y futuro.





