Si esto es ser docente

23 junio, 2023. 07:34

Y por fin, el día llegó. Con los nervios obvios de todo examen, vamos pasando al aula que nos indican tras haber escuchado nuestros nombres. Una vez dentro, nos explican las “novedades” respecto a los papeles “autocopiativos”, una serie de normas generales y puntos legales a tener en cuenta. Una de las integrantes del tribunal nos tranquiliza, sabiendo cuál es el estado natural en estas situaciones “También hemos pasado por esto”.

“Qué detalle…”, pensé. Estaba bien, esa muestra humana en una situación así.

Y las famosas “bolas” hablan. En nuestro caso, en Francés, son cuatro temas posibles de los 68 que debemos llevar preparados. Veo que puedo escoger entre dos, “Bien…”, me dije a mí misma. “Al menos no dejaré el folio en blanco”, que es algo bastante agobiante, teniendo en cuenta que tienes que demostrar lo que sabes.

Jusqu’ici, tout va bien… Jusqu’ici, tout va bien…

Lo bueno nos esperaba en la segunda parte (sin entrar a valorar lo adecuado o no que es tener que jugar a la lotería de las bolas en primer lugar, para poder determinar tus conocimientos y valía como docente).

Un pequeño problema técnico: uno de los textos a comentar no estaba fotocopiado. Ok, no pasa nada, un pequeño error humano. Todos y todas lo somos, después de todo. Nos podemos equivocar, no hace falta controlarlo absolutamente todo, además es imposible, ¿verdad…? Aunque en este caso sea algo tan sencillo como fotocopiar un examen. Estas cosas pueden pasar. Está bien.

Mientras tanto, la misma persona nos tranquiliza de nuevo, pronto se solucionará todo.

Muy bien…

Por fin, nos ponemos a ello. Paso mis ojos por las dos opciones a escoger, de la parte de redacción. No me lo creo. Vuelvo a leer de nuevo. Me vengo abajo. En ambas opciones, los enunciados contaban con una palabra clave cuyo significado, si se desconoce, hace imposible redactar ni desarrollar esa parte de redacción. Obviamente, no es algo casual. Aquí ya tenemos una segunda criba (la primera ya ha sucedido en la lotería de las bolas).

Pienso en volver más tarde a esa pregunta, por no perder ni un minuto más del escaso tiempo que tenemos para desarrollar toda esta parte (dos horas), y paso al comentario de texto. Comienzo con una de las opciones, y me vuelvo a bloquear. Paso a la segunda… lo mismo, ni siquiera termino de leerla. Ambas opciones, sobre todo una de ellas, están llenas de argot, expresiones bastante coloquiales o rebuscadas. Y si bien el sentido general de ambos textos se extrae bien, la mayoría de las preguntas sobre los textos tienen que ver con ese vocabulario, sin tener la opción de comentar otras cuestiones interesantes sobre ellos (como, por ejemplo, que uno aparentemente tenga faltas de ortografía, pero por supuesto, tenía su justificación).

Y vuelvo a acordarme de las palabras de esa persona que, hasta ese momento, había intentado tranquilizarnos. “Vaya…” pensé. “...esto no es muy tranquilizador”.

Así que me defendí como pude. Mal, para qué engañarnos.

Al salir de las pruebas, entre aliviada y desanimada, escribí a una compañera francesa, para preguntarle, avergonzada, por varios de los términos que no había sido capaz de entender. “No te avergüences…” me dice, mientras me comenta, sorprendida, que hay algunas cosas que ella tampoco conocía. Y algo me dice, que alguno de los compañeros y compañeras del tribunal, tampoco las conocían.

Y esto había sido todo. En el lapso de unas horas, había hecho lo posible para intentar demostrar que soy buena en esto. Que puedo desenvolverme bien en un aula. Que era esencial conocer ese vocabulario para enseñar a alumnos y alumnas de Secundaria.

Por intentar explicarlo de algún modo aproximado: imagina que para demostrar que puedes enseñar castellano, una de las pruebas consistiera en tener que entender y explicar a la perfección todos los entresijos de la canción más críptica que pueda tener Rosalía (Okay, motomami / Pesa mi tatami / Hit a lo tsunami…). Imagina que tienes que comentar con tus propias palabras esos términos. Imagina que te estás jugando tu futuro tras todo un año en el que has tenido que trabajar, vivir tu vida, cuidar de tu salud y prepararte para un examen. Imagina que de repente alguien que “ya ha pasado por esto” decide joderte así. Lo siento, no encuentro otra palabra (vaya, a lo mejor no tengo tanta facilidad, después de todo, para encontrar sinónimos para ciertas expresiones).

Jusqu’ici, tout va bien… Jusqu’ici, tout va bien…

Sólo que no va bien. Pero con eso nos quedamos. Con la sensación de que en ningún momento se ha valorado realmente quién eres, lo que sabes, cómo lo haces. Y con un odio irracional, en mi caso, hacia la pobre Anna Gavalda, que no tiene ninguna culpa de que uno de sus textos fuera elegido en un contexto tan poco agradecido como este.

Me gustaría saber en qué momento y por qué necesidad alguien prepara una prueba que ni siquiera sería capaz de realizar por sí mismo, ni en ese tiempo estipulado. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Cuál es el objetivo? De verdad, me gustaría saberlo...

El caso es que si esto es ser docente, pues resulta que yo no debo serlo. No entiendo entonces cómo llevo más de 10 años ejerciendo la profesión, y por qué tengo tazas que rezan “La mejor profe del mundo”, por qué me siguen llegando mails de madres y padres de chicos y chicas que he llevado otros años y se acuerdan de mí, por qué puedo llenar mi nevera y todas las de mis vecinas con dibujos míos hechos por mis alumnos y alumnas, y por qué la frase que más escucho la segunda quincena de junio es “Te vamos a echar mucho de menos”.

Al final, recordar todo esto es lo que te hace seguir, porque desde luego al terminar el examen lo único que quería era dejarlo todo. No merece la pena pasar por esto, pero viendo esos dibujos se te pasa todo, aún así no puedo evitar que me vuelvan constantemente a la cabeza esas palabras. “Tranquilos, también hemos pasado por esto…”. Precisamente por eso, precisamente. Pero me temo que ya se os ha olvidado.

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