Viejas películas y nuevas cloacas

14 julio, 2022. 07:23

Como demuestra cada viernes con su homilía Pedro Vallín, el cine nos lo ha contado todo. Vale, mis hijos afirman lo mismo de los Simpson pero no me siento tan cómoda apoyando mis teorías en el comportamiento de dibujitos amarillos, es la edad, lo sé.

Volvamos al principio, el cine y en este caso, la prensa, el periodismo como cuarto poder, fuerza capaz de descabezar una empresa turbia, prácticas mafiosas (‘El cuarto poder’, ‘El dilema’) e incluso tumbar un gobierno (‘Todos los hombres del presidente’) eso sí, normalmente asumiendo el coste de decir la verdad incómoda (‘Buenas noches y buena suerte’) porque el periodista es un antihéroe y su esfuerzo rara vez alcanza el Pulitzer.

Pero las películas no solo nos han vendido la visión heroica del gremio, también han abordado el riesgo del poder de la prensa y la ausencia de controles claros (‘Ciudadano Kane’), nos han llamado la atención sobre la peligrosa cercanía entre la información y el espectáculo o el morbo (‘El gran carnaval’) y no se han olvidado de recordarnos que una palabra escrita en un periódico no es por naturaleza cierta, que el papel (y la radio, la tele, las redes…) todo lo soporta y si es negocio, a pocos importa la rigurosidad (‘El precio de la verdad’)

No soy capaz de elegir la película que mejor muestra la realidad de la prensa mayoritaria actual, quizás está por escribir cómo la información política se convirtió en un espectáculo robando el modelo y buena parte de la audiencia a Sálvame, cómo las tertulias pasaron de ser espacios sesudos a verdaderos rings de barro (de dónde muy pocas se han atrevido a ausentarse), cómo los personajes se alzaban a los altares para después destrozarlos como muñecas rotas, o cómo la verdad, la rigurosidad, el dato, el contraste y la calma se fueron arrinconando cediendo espacio al ruido, la mentira, la zafiedad y el insulto incluso en las columnas de opinión o las editoriales.

Pero hay una terrible diferencia, las atribuladas vidas de quienes se la ganan vendiendo su intimidad pueden tener efecto en los más jóvenes convencidos de que más mola ser influencer que maestra, pero normalmente solo son la necesaria dosis de esparcimiento de quien necesita un respiro de una vida muy dura y complicada, por su parte jugar con la política, con sus representantes, con la confianza en el sistema democrático es mucho más peligroso y no me refiero al evidente impacto en los resultados electorales de los damnificados, que es una injerencia tan terrible que en un una democracia paralela sería objeto de investigación judicial, sino a la contribución a la desafección política, a la incrustación en todas y cada una de las mentes expuestas al mantra “todos son iguales”, puerta indiscutible de la extrema derecha y el fascismo.

El mundo digital supuso un choque bestial para la prensa escrita que le hizo perder los ingresos de sus lectores pasando a depender aún más de sus anunciantes (no, no piensen en bancos y eléctricas, que también) sobre todo de los institucionales aquellos que pagan campañas públicas para informar, divulgar y “vender” su gestión a la ciudadanía.

Y aún no han encontrado una salida que les permita deberse a quien les lee, si bien tampoco parece que la busquen con ahínco, siendo propiedad de grandes conglomerados, así que se ha acomodado a ser la “voz de su amo” eligiendo qué es o no noticia, hasta el punto de que según que periódico leas puedes vivir en mundos paralelos y mintiendo si hace falta o la causa superior lo requiere.

Entonces ¿está todo perdido? siendo razonablemente pesimista no lo creo, pero conviene no olvidar que dar una noticia bien, no quedarse en la nota de prensa que te entregan con foto y todo, contrastarla, estudiar los datos, preguntar a más de uno y aplicar una sana visión crítica tiene un precio y sí, hay que pagarlo.

Aún asumiendo el riesgo de que los medios caigan en el sesgo de confirmación y solo nos cuenten las cosas que queremos leer, yo apuesto por medios independientes, de los que tienen y mantienen suscriptores, como éste en el que me lees. Necesitamos más periodismo.

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