Andorra: identidad y patrimonio

31 mayo, 2022. 07:39

No por ya sabido resulta menos lacerante que nos recuerden el trasfondo de la voladura de las tres torres de refrigeración de la Térmica de Andorra.

Ha sido hace unos días, en el transcurso de una comparecencia de la secretaria de Estado de Energía en la comisión de Transición Ecológica, respondiendo a una pregunta del diputado Tomás Guitarte. En ella, Sara Aagesen se expresaba así sobre la demolición de las torres: “No fue una decisión del Ministerio, fue una resolución de la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón”.

Se refería a la negativa de este organismo a considerar la Central Térmica de Andorra como bien catalogado o bien inventariado del patrimonio cultural aragonés, tal como lo solicitó la Asociación de Estudios Aragoneses ROLDE.

La solicitud, respaldada por vecinos de la localidad, colectivos de defensa del patrimonio y especialistas en arquitectura, ingeniería, economía, historia, arte, patrimonio y desarrollo local, iba acompañada de un informe de la doctora Pilar Biel, en el que, tras un riguroso análisis de la historia de la central térmica señalaba los valores arquitectónicos, tecnológicos, históricos y territoriales que justificaban su consideración como parte del patrimonio cultural de Aragón.

La redactora de este informe no es cualquiera. Pilar Biel, profesora de la Universidad de Zaragoza, es la principal especialista en Aragón en patrimonio industrial y una de las más reconocidas en este ámbito en nuestro país. Es, además, miembro de la directiva del Comité Internacional para la conservación y defensa del Patrimonio Industrial, TICCIH, creado en Suecia en 1978, integrado por más de cuarenta países de los cinco continentes.

Las consideraciones expuestas por la Dirección General de Patrimonio para negar la protección se apoyaban sobre todo en los argumentos de Endesa, alguno de ellos tan delirante como que la central no se cierra, sino que se transforma en una central fotovoltaica (!), confundiendo el objeto motivo de análisis (las instalaciones de una central térmica) con su función (la generación de electricidad). Un dictamen que coloca los intereses de una empresa privada por delante del interés público de la defensa patrimonial, esquivando la función de proteger, conservar, investigar, difundir y formar que el departamento tiene encomendada.

Dos concepciones distintas, dos miradas contrapuestas que quedaron patentes en el momento de la voladura de las torres el pasado 13 de mayo. Mientras que los vecinos que acudieron a contemplar aquel momento histórico no podían ocultar la sensación de derrota y el sentimiento de duelo mientras la emoción asomaba a sus ojos, un grupo de directivos de Endesa y sus invitados celebraban el colapso de las torres entre aplausos, gritos de júbilo, selfies, abrazos y felicitaciones. Un desprecio hacia los sentimientos del colectivo obrero que se corresponde con la falta de consideración de nuestras instituciones hacia el patrimonio industrial.

Lo industrial, lo económico y lo social van íntimamente ligados. No se puede apelar a uno de estos componentes ignorando el resto. Una relación que tiene desde hace más de medio siglo una metodología de estudio propia de carácter interdisciplinar, la Arqueología Industrial, a través de la cual podemos entender las consecuencias y repercusiones que los procesos de industrialización tienen en la sociedad. No se trata de un simple ejercicio de nostalgia, es un instrumento clave para entender las profundas transformaciones que se han vivido desde la Revolución Industrial. Es el estudio y catalogación de nuestro pasado industrial, de las condiciones de trabajo, de los procesos técnicos y productivos, así como de la transformación de los paisajes y del medio ambiente en el que actúan.

La identidad colectiva de Andorra está encarnada en su central térmica. Es la clave para entender su historia con unas particularidades identitarias muy marcadas. Su perfil característico en el paisaje se ha convertido en un material altamente connotado. Es símbolo y custodio de la memoria industrial, la lucha obrera, la incertidumbre en los momentos de crisis y las repercusiones del sistema productivo no solamente en la vida de los trabajadores sino en el conjunto de la población.

Lejos queda la Ley de Patrimonio de 1933, que reservaba la consideración patrimonial a algunos elementos de antigüedad no menor de un siglo. La que la sustituyó, en 1985, eliminó aquel condicionante temporal y amplió los elementos a proteger atendiendo a su interés artístico, histórico, paleontológico, arqueológico, etnográfico, científico o técnico. El interés cultural de un bien radica tanto en su importancia como testimonio histórico como en su utilidad pública, que lo convierte en objeto de estima y disfrute colectivos.

Por ello, para dar continuidad a ese patrimonio, existen infinidad de casos que han optado por la asignación de nuevos usos en lugar de su destrucción. Uno de ellos es la mina de carbón de Zollverein, en la Cuenca del Ruhr alemana, activa entre 1932 y 1986. Tras su cierre, en lugar de demoler sus instalaciones, se rehabilitaron como un complejo cultural en el que los mineros tienen un marcado protagonismo. La UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 2001 y en la actualidad registra más de 1,5 millones de visitas cada año.

No hace falta salir de nuestro país para ver más ejemplos. Por proximidad, podemos citar los Altos Hornos de Sagunto. Su actividad se desarrolló entre 1917 y 1984 y después de su traumático cierre se conservaron parte de los edificios e infraestructuras, siendo la más emblemática el Horno Alto número 2. En 1998 se rehabilitó para ser visitable y en 2011 recibió el permio Europa Nostra. Convertido ya en un icono de la historia de Sagunto, su esbelta silueta es el merecido homenaje a quienes hicieron posible esta epopeya industrial, clave en el desarrollo económico de nuestro país durante el s. XX.

En Andorra, queda aún en pie la chimenea principal de 343 metros de altura. Es la infraestructura más alta de Aragón y la tercera de España después de la antena de comunicaciones de Guardamar del Segura, de 370 metros, y la chimenea de Endesa Termic, ubicada en Puentes de García Rodríguez (A Coruña), de 356 metros. Un hito arquitectónico que bastaría por sí solo para preservarlo, al margen de su carácter totémico que actúa como un símbolo de identidad del territorio. Pero no está en los planes de Endesa conservarlo porque arrojaría sombra sobre el mar de placas fotovoltaicas que se extenderá a sus pies, restando la generación de algunos kilovatios al día. Como si en Andorra no hubiera suficiente superficie para su ubicación.

Y ahí entran de nuevo en conflicto las dos miradas: la del imperio del beneficio contra la cultura de la memoria obrera a la que se niega la protección patrimonial. La demolición de la chimenea está prevista para el 2023. Estamos a tiempo de rectificar.

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