No es casualidad, la fanfarria de lo urgente, su multiplicación solo equiparable a la brevedad de su vida útil, tienen un motivo: que dejemos de pensar, que creamos que todo está perdido, que nos sintamos solos y perdidos en una tormenta perfecta que ni siquiera trae la calma de la lluvia.
Recuerdo, de muchas jornadas de terapia laboral formación para el mejor uso del tiempo y la atención en el trabajo, para la mejora de la productividad, la continua advertencia sobre estar atentas a distinguir entre lo urgente y lo importante.
Ahora todo lo que nos rodea juega en contra; el ruido nos impide escuchar el lamento de quien lo ha perdido todo; la polémica imposibilita la reflexión sobre las causas que provocan los hechos que nos machacan por todos los medios, sirvan como ejemplo los contenedores, la vacunación de las hermanas del monarca o las declaraciones de una actriz sobre un tema totalmente alejado de sus competencias.
Temas cruciales como el paro juvenil, el robo de un futuro a dos generaciones, ocupa el espacio vinculado a la violencia o los incumplimientos de las medidas de seguridad impuestas por la emergencia sanitaria.
La necesidad de un techo deja de contemplarse como la angustia de quien no sabe dónde va a refugiarse hoy, para ser la base de exitosas campañas de miedo venta de alarmas o la puesta en marcha de Oficinas públicas de asesoramiento contra la okupación.
El deterioro de las condiciones materiales de miles de niñas y niños, vecinas y vecinos de nuestros barrios se oculta bajo promesas de “igualar las condiciones de acceso al ocio al alumnado de los centros privados concertados”, desplazando el problema real a una polémica que a fuerza de no resolverse resuena vieja en nuestras cabezas.
La propia Emergencia Climática ha pasado de ser base de debates, reflexiones, documentales, análisis, tesis y tertulias a un runrún sobre ¿si hay que dejar de volar aunque sea cerca? y perdida Greta su tierna infancia, sus palabras se replican cada vez menos y con menos simpatía, mientras el planeta sigue empeorando las condiciones para el sostenimiento de nuestras vidas.
Del horror ante la violencia machista que tiñe nuestras manos de sangre por inacción e impotencia, del grito roto pero contundente contra la justicia que no es tal cuando juzga a una víctima en vez de a sus agresores, hemos pasado a la discutir sobre si las personas trans deben ver reconocidos sus derechos humanos, lo que no fue un problema en cada comunidad autónoma, pero alimenta el ruido sobre la debilidad del Gobierno de coalición.
Los fallecimientos en residencias, las condiciones en las que pasaron sus últimos días, lo equivocado del modelo asistencial no ocupa nuestro tiempo, ni por supuesto espacio en la prensa, todo se ha convertido en peleas entre administraciones y un sálvese quien pueda que solo puede causar más dolor a los familiares.
Si te detienes un momento en la matriz para ordenar lo urgente y lo importante, te dejo un truco, casi todo va a la D.






