Recuerdo de Ángel San Vicente desde los barrios

13 diciembre, 2019. 13:35

Tal vez sorprenda el título de este artículo que vincula los barrios de la ciudad con el nombre del profesor de la Universidad de Zaragoza, Ángel San Vicente, recientemente fallecido. No pretende ser una necrológica que otros más allegados puedan dedicarle recordando la magnífica labor investigadora, cultural y pedagógica que desplegó desde su cátedra de la Facultad de Filosofía y Letras. Pero sí nos gustaría recordar y agradecer, aunque sea brevemente, dos de sus obras sobre la historia de nuestra ciudad; y hacerlo en particular desde esos lugares habitados preferentemente por trabajadores y aquellos a los que tantas veces se nombra con el piadoso eufemismo de “más desfavorecidos”.

Nos referimos a dos de sus libros: El oficio de padre de huérfanos en Zaragoza, y el  titulado Instrumentos para una historia social y económica del trabajo en Zaragoza en los siglos XV a XVIII. Ambas obras, la primera publicada en 1966, la segunda en 1988, siguen siendo hoy fundamentales para conocer la historia de nuestra ciudad; pero no tanto aquella relativa a grandes acontecimientos siempre protagonizados por quienes tenían el poder de mover su curso –ese tópico de “los hilos de la historia”-, sino la de aquellos, y aquellas, que la sufrían: la historia de la vida diaria de los trabajadores y de los más pobres y marginados.

No pensemos, sin embargo, que el profesor San Vicente aborda esta realidad histórica desde un punto de vista sentimental o ideológico, como bien señala en el prólogo de El oficio… Pero tampoco bajo esa “luz dominical” con la que historiadores y tratadistas anteriores la habían presentado –y aun hoy se hace  en diferentes ámbitos.

El padre de huérfanos fue una institución zaragozana que, con diversas reglamentaciones estatutarias, seguidas por el profesor San Vicente de manera pormenorizada, se prolongó desde 1475 hasta 1767. En una situación de notable incremento de población, a la presencia de gran número de pobres y vagabundos –común al conjunto de ciudades europeas de la época- se sumaban los conflictos provocados por nobles y algunos “ciudadanos honrados“ que, como registra Zurita, acaudillaban a aquellos en banderías, “gente popular… escandalosa, y amiga de novedades, y entre ellos muchos malhechores, y delincuentes… que ponían la Ciudad en alteración con sus continuas peleas…”.

En este contexto, la figura del padre de huérfanos aparece con la finalidad primera, señalada en sus estatutos, de recoger a los huérfanos abandonados, a mozos, “moças chicas y grandes”, y formalizar su contratación en el servicio doméstico o de aprendizaje con amos particulares. A ello se añadía la persecución de vagabundos, prostitutas, proxenetas…, y “la captura y castigo de criados y aprendices desertores o malos cumplidores del servicio estipulado”. Fueron estas últimas las finalidades a las que derivó el oficio en posteriores estatutos; lo cual motivó la desafección de los notables de la ciudad a ejercerlo, debiendo ser incentivado con  aumentos de sueldo y otras prebendas. Para hacernos una idea de este carácter represivo, baste señalar que el padre de huérfanos debía tener en su casa “un par de açotes grandes y dos o tres pares de vergas, un cepo grande y dos o tres pequeños…”; y estaba dictaminado que los reincidentes “sumariamente sean açotados y desterrados, y cortadas las orejas en su caso”.

Como se puede apreciar en estas breves citas, El oficio…, aunque concebido como un análisis de la reglamentación y normativa de una institución local –no en vano fue la tesis con la que San Vicente se doctoró en Derecho- no deja de ser un fiel retrato de la vida de nuestra ciudad: de los “ciudadanos honrados”  que tenían el poder para vigilar y castigar, pero también de aquellos vecinos y vecinas humildes y marginados a los que pretendían someter e integrar en un orden económico y social que perpetuara sus privilegios.

En cuanto a Instrumentos… se trata de una extensa recopilación de registros del Archivo Municipal y otros archivos zaragozanos relativos al trabajo y otros aspectos de la vida cotidiana: ordenanzas de los gremios, contratos, pregones municipales sobre lo más variados temas… Con ellos podemos conocer la amplísima gama de los oficios de la época y las condiciones laborales de sus trabajadores.

La pobreza no tiene rostro, y tampoco los pobres, como bien señala su compañera en la Facultad, la académica Aurora Egido, en su estudio sobre la iconografía del Siglo de Oro. También –añade- en el lenguaje y en nuestros días: “la mano extendida apenas aparece si no viene acompañada de la del generoso donante que llena su vacío”. Otro tanto podríamos decir del trabajo y los trabajadores. Aquellos se verán reducidos a secundarios de la beneficencia y de los discursos moralizantes, o a figuras risibles del teatro, como el estudiante pobre. Y apenas aparecerán los trabajadores hasta que, calificados como “chusma”, se prodiguen los motines populares en el siglo XVIII. De ahí también la importancia de los archivos  estudiados por el profesor San Vicente para rescatar su memoria, aunque no aparezcan como sujetos de la historia.

Tendría que llegar, como también señala Aurora Egido, el Lazarillo, la novela picaresca, Cervantes y, en la pintura, Velázquez, para que el pobre pudiera independizarse, para hacer presente “cualquier rostro o figura humana, sujeto de una historia propia, por humilde que esta sea”. Ahí estarán para siempre, como en El Quijote, el hidalgo pobre, el labrador Sancho y tantos otros “sobre quien tiene juridición la hambre”.

Que nos haya devuelto a la memoria a esos vecinos y vecinas humildes, trabajadores, marginados, es lo queríamos agradecer al profesor San Vicente desde los barrios.

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