La noche del pasado martes volvía a mi casa a las 21.30 horas, cuando en el Paseo de María Agustín de Zaragoza y aledaños ví arrojadas en la calle una serie de manoplas gigantes que mostraban la palabra libertad. Mientras las sorteaba, caí en la cuenta de que se trataba de los restos de la manifestación a favor de la enseñanza privada concertada ¿No las reciclan en los contenedores de cartón y papel?
Reflexioné sobre la tergiversación y corrupción semántica de la palabra libertad por quienes no la defienden para los demás y la esgrimen como arma y escudo contra "los otros", y anticipé mentalmente cómo las crónicas periodísticas matutinas, escritas con antelación aprovechando medios gráficos e infográficos, no ahorrarían calificativos: "sin precedentes", "histórica", "multitudinaria" (sic).
Con estas reflexiones llegué a la conclusión de que ya había encontrado la respuesta a un dilema ético teórico que, a veces, se plantea: si me dan a elegir entre ese concepto mancillado de libertad, en este caso elijo la justicia.
Una pregunta final: esta celebración de re-conocimiento ¿la pagan ustedes o, como siempre, la abonamos a escote?





