15M: estudiar para luchar, luchar para estudiar

Nos han pedido escribir nuestra historia del ciclo inaugurado el 15 de mayo de 2011. La experiencia que tuvimos al respecto se desarrolló, de manera principal, en el movimiento estudiantil. Si nuestro papel en él fue o no relevante, no nos toca juzgarlo a nosotros. Pero podemos afirmar que, sin duda, fuimos parte y observadores privilegiados, y quizá por eso se nos ha pedido este artículo. Con todo, nos gustaría remarcar que en este camino nos acompañaron muchas otras compañeras y compañeros. Ha sido un placer recordar, para la preparación de este escrito, a todas aquellas personas con las que …

Nos han pedido escribir nuestra historia del ciclo inaugurado el 15 de mayo de 2011. La experiencia que tuvimos al respecto se desarrolló, de manera principal, en el movimiento estudiantil. Si nuestro papel en él fue o no relevante, no nos toca juzgarlo a nosotros. Pero podemos afirmar que, sin duda, fuimos parte y observadores privilegiados, y quizá por eso se nos ha pedido este artículo. Con todo, nos gustaría remarcar que en este camino nos acompañaron muchas otras compañeras y compañeros. Ha sido un placer recordar, para la preparación de este escrito, a todas aquellas personas con las que compartimos asambleas, encierros, huelgas. Momentos de encuentro, de preparación, de rabia, de lucha y combate. Ahora contamos con algo de perspectiva para ofrecer un relato de aquello que el 15M fue para nosotros.

El 15M nos pilla acabando la secundaria y, aunque ambos teníamos una sensibilidad de izquierdas, no teníamos ninguna clase de experiencia militante, demasiado jóvenes para haber participado en el movimiento anti-Bolonia. La represión a una protesta de Juventud sin Futuro provocó una singularidad, una de esas situaciones con potencial transformador que, por más que nos empeñemos en teorizar sobre ellas, son imposibles de predecir: acampadas se replicaban en todo el Estado y rompían con años de desmovilización en lo peor de la crisis económica iniciada en 2007. Aquella primera semana de acampada, la ebullición de personas, grupos de trabajo, asambleas, performances… Fue para nosotros una escuela intensiva de activismo que nos permitió entrar en contacto tanto con los movimientos sociales activos en la ciudad y sus integrantes, como con aquellas personas que, como nosotros, se sumaban en ese momento. Es difícil trasladar, a aquel que no lo haya vivido, el entusiasmo que se vivió esos días. Un conglomerado de ideas, informe y contradictorio, capaz de reivindicar por la mañana la separación de poderes y por la tarde la revolución islandesa o la democracia digital, con mucho miedo a las etiquetas ideológicas. Tanto era así, que a la larga nos hizo aprender una valiosa lección: un movimiento de masas que no se dote de organización y de capacidad tanto para transformar a la sociedad como a sí mismo, no puede ir ideológicamente mucho más allá de la sociedad que lo conforma. Y es que no debemos idealizar la acampada: también resultó un ambiente que podía llegar a ser hostil para cualquier posición política que rompiera con los distintos sistemas de opresión, especialmente en aquellos espacios que obligaban a pasar por la aprobación de una muchedumbre que actuaba como jueza, imponiendo un pretendido “sentido común”.

Pudimos presenciar cómo, resultado de los propios límites de aquella “sopa” cuyas decisiones más relevantes pretendían tomarse en asambleas-espectáculo de mil personas (más espectáculo que asamblea), tuvo lugar la descentralización del movimiento por barrios y sectores. En ese momento, nuestra presencia fue a parar tanto al movimiento vecinal de las asambleas de barrio, como a la asamblea universitaria que, por ser final de curso, no llega a ser más que una toma de contacto.

A partir de septiembre esta asamblea sirvió para el encuentro de aquellas personas veteranas del conflicto anti-Bolonia, que habían mantenido en pie desde hacía dos años al movimiento estudiantil en un momento de reflujo, con aquellas que nos enganchábamos a raíz del 15M. Su resistencia en 2008-2009 había sido numantina, con un encierro de meses en el Interfacultades, pero el neoliberalismo había ganado la partida. Aquella generación, que en su mayor parte dejaría el mundo estudiantil en ese curso, nos trasladó sus lecciones aprendidas. Las tendencias adanistas, tan comunes en el 15M, no podían aplicarse aquí. Al llegar a la universidad encontramos maestras y maestros de lucha, que nos enseñaron a realizar asambleas, carteles, manifiestos, encierros, manifestaciones o a organizar huelgas. Tuvimos la suerte de no partir de cero.

Pronto, la asamblea universitaria se descentralizó en varias asambleas de facultad. Gran parte de la “sangre nueva” que entramos en aquel curso fue a reforzar organizaciones estudiantiles ya existentes como CEPA o el SEI o Universidat (después SEIRA), mientras que el encuentro con afines permitió que se formasen, dentro del ámbito libertario, primero ALE o después FES, al tiempo que aquellas organizaciones más institucionalizadas, asociadas a las juventudes de los partidos de gobierno, iban siendo desplazadas. De forma paralela a estos movimientos de siglas en la universidad, hay una explosión en las enseñanzas medias con la formación de la CEEM (Coordinadora de Estudiantes de Enseñanzas Medias), que integró asambleas de múltiples centros, con cientos de estudiantes dentro. Organizaron numerosas noches de encierro al final del curso 2011-2012 y nosotros, en concreto, vivimos la del IES Corona de Aragón, donde hubo presencia de docentes, madres, padres, alumnado y antiguos estudiantes del centro. Se respiraba un clima de solidaridad y de ganas de cambiar la situación política y social, sin saber exactamente hacia dónde, pero con puntos comunes bien claros como la defensa de lo público o la democratización. Hablamos de ese entusiasmo por que la “bola de nieve” se hiciera cada vez más grande y se llevara todo aquello que habíamos heredado y que no nos gustaba.

Teníamos, sin embargo, la sensación de que en algún momento estos movimientos asamblearios iban a tener que dotarse de algún tipo de organización permanente y estable que superara sus limitaciones. Tiempo después de esto leímos a Malatesta, y su definición de la anarquía como una sociedad organizada a todos los niveles, donde los trenes salen a su hora, nos marcó mucho. Habíamos visto cómo se funcionaba por estímulos, respondiendo a los movimientos que venían desde las instituciones de poder, pero sin capacidad de anticiparse o de imponer un programa de cambios. Movimientos que se llenaban de gente y se desinflaban poco después, agotado el primer impulso.

Nos definíamos como libertarios. En el movimiento estudiantil coincidimos con otras personas que compartían nuestro mismo sentir político. De este primer encuentro surgió, a finales de 2011, la Asamblea Libertaria de Estudiantes (ALE), nuestro primer contacto con el anarquismo, y donde hubo una gran preocupación por auto-formarnos, por darnos la formación política de la que carecíamos. Lamentablemente, esta experiencia acabó por fraccionarse debido a diferencias sobre las tácticas y la política de alianzas a desarrollar con otras organizaciones. Parte de quienes pasamos por la ALE acabamos, en octubre de 2012, formando el Frente Estudiantil y Social (FES).

En el momento en el que surge FES, el movimiento estudiantil había vivido ya su ebullición post-15M y comenzaba a estancarse. Se encontraba repartido en una serie de asambleas de centro o de facultad, pero sin una coordinación que resultase efectiva. Además, las organizaciones estudiantiles que operaban dentro a menudo no permitían que sus diferencias políticas asegurasen una colaboración en lo práctico. No podemos decir que existiera en aquel entonces un movimiento estudiantil autónomo en Aragón. Se actuaba a remolque de las convocatorias a nivel estatal, que en su mayor parte provenían del oficialista Sindicato de Estudiantes (SE), organización que ni siquiera tenía presencia en Aragón. Las amenazas eran graves: después del asalto neoliberal a las universidades que fue el plan Bolonia, ahora venían la LOMCE y el 3+2.

A partir del otoño de 2012 vimos cómo el movimiento estudiantil comenzó a romper con ciertas inercias y a salir de esa situación de enfrentamiento entre organizaciones. Creemos que fuimos capaces de priorizar una política de alianzas en torno a objetivos concretos y donde los debates se enfocaran a la propia praxis, dejando al margen, o para el debate interno de cada organización, los programas máximos o asuntos ideológicos. No mentimos si decimos que un sentido del humor somarda y chascarrillos salidos de monólogos de Miguel Noguera tuvieron algo que ver en esto (si bien correlación no implica causalidad, llegamos a demostrar que cada vez que actuaba en Zaragoza había una huelga estudiantil un mes a la redonda). Afloraban las cuentas de Twitter parodiando a organizaciones estudiantiles, las cuales resultaban la excusa perfecta para tomar algo después de las eternas “interasambleas” y especular sobre quién había creado tal o cual fotomontaje. Quizá sea más fácil debatir con tu rival si antes lo has convertido en un meme y te sabes reír de ti mismo.

En cualquier caso, la primera consecuencia de este cambio fue que el número de convocatorias, concentraciones, manifestaciones y huelgas que afectaron al ámbito educativo se dispararon entre 2012 y 2015 (hasta sumar una decena de las últimas). El aumento de la conflictividad no solamente se notó en el incremento del número de jornadas de huelga, sino en su seguimiento, relevancia y organización. Finalmente, éramos capaces de imponer al rectorado el envío de correos anunciando la convocatoria a todo el personal, recomendando la no realización de exámenes en tales fechas o la colaboración con los piquetes informativos. Pero fue el resultado de años de choques con policía y personal de seguridad, de detenciones, de multas, de desobediencia, de organización y de muchas horas y esfuerzos invertidos. Por desgracia, a día de hoy el derecho a huelga estudiantil, a nivel jurídico, sigue siendo una reivindicación por lograr.

Las principales herramientas para organizar este movimiento fueron, por un lado, la realización de encuentros estudiantiles a nivel Aragón, el primero de los cuales fue especialmente logró juntar a representantes de todas las organizaciones, asambleas de facultad y coordinadoras de medias del territorio. Y, por otro lado, la formación de un comité de huelga universitario de carácter semi-permanente, que integraba de manera equilibrada tanto a representantes de las asambleas de facultad como de organizaciones estudiantiles. Esto marcó un punto de inflexión, a nuestro parecer, en la manera en que se percibían las huelgas desde el alumnado: a través de la comisión de comunicación unitaria, se consensuaba el discurso ante los medios, cortando de cuajo la tendencia de ciertos periódicos y radios de llamar al liberado de turno, y obligándoles a plasmar las demandas del movimiento estudiantil como conjunto. Hacía tiempo que habíamos superado el “miedo a las banderas” del 15M y estábamos logrando llevar el asamblearismo al siguiente nivel de organización, mediante mecanismos federalistas. Finalmente, el punto culminante fue el desarrollo de la “marca” #HuelgaEstudiantilAragón, que señala la configuración del movimiento estudiantil aragonés como un movimiento autónomo y capaz de desarrollar un programa propio. Nuestra intención fue tratar de generar, en todo momento, instituciones propias de contrapoder enfrentadas a las oficiales que “no nos representaban”, capaces de convertirse en verdaderas interlocutoras de aquellos movimientos que se estaban desarrollando. Pensamos que estuvimos muy cerca de alcanzar este objetivo, que otros movimientos, como el de vivienda, sí alcanzaron. Esto acabó siendo fundamental, ya que la pérdida de impulso de los movimientos sociales, la inexistencia de organizaciones permanentes que “recogieran los restos” y mantuvieran unidas a las personas que militaban en estos movimientos, había provocado que organizaciones políticas de aspiración electoralista acabaran por cumplir este papel.

Desde FES, también nos preocupamos por generar un referente a nivel estatal que nos permitiera quebrar la situación hegemónica del Sindicato de Estudiantes. En 2013 iniciamos un proceso de confluencia con otros núcleos locales estudiantiles de carácter libertario, y en verano de 2014, producto de un encuentro en Chinchón (Madrid), se formó la Federación Estudiantil Libertaria: pasamos a ser FEL Zaragoza. Hubo también una FEL Teruel. No fuimos los únicos, esta es la época de crecimiento de coordinadoras como Estudiantes en Movimiento (ligada en cierto modo a la UJCE), la coordinadora 11X12 (de sindicatos estudiantiles soberanistas, principalmente) o Estudiantes por lo Público (ligada a CJC). Hay que recordar que el fascismo también se organizó. Tuvimos que enfrentar cómo Liga Joven, organización vinculada al MSR, pasaba cada jueves por la universidad a arrancar los carteles del movimiento estudiantil, a tratar de amedrentarnos o a provocar en manifestaciones educativas. En todo momento, la actitud del movimiento estudiantil fue de unidad sin fisuras ante estas agresiones.

En este periodo es cuando surge también Feminismo Unizar (posteriormente Enjambre Feminista) como organización estudiantil específicamente feminista, que tuvo el potencial de contagiar a buena parte del resto de organizaciones. Por primera vez, y es triste tener que decirlo, el debate feminista se abría paso entre quienes nunca lo habíamos tenido en cuenta. Es de agradecer que, por suerte, parece que esto ha sido irreversible. Si vuelve a levantarse un movimiento estudiantil, no será ya un movimiento estudiantil sin feminismo.

En resumen, entre 2012 y 2015 pasamos a tener un movimiento estudiantil capaz de llevar a cabo convocatorias autónomas sin depender de “la iniciativa de Madrid”, con una coordinación eficaz, una política de alianzas entre sus organizaciones verdaderamente fructífera y con referentes a nivel estatal que, en lugar de limitarnos, nos potenciaban. Un movimiento estudiantil que rebasaba sus propios márgenes, que se implicaba en la contestación antirrepresiva o buscaba alianzas con otros sectores en lucha. Habíamos obtenido ya algunas victorias parciales, como la cancelación del acto de inauguración del curso 2013-2014 en el que iban a participar el ministro Wert y los príncipes, hoy reyes, o la victoria en el referéndum con más participación de la historia de la Universidad de Zaragoza (53,51%), en el que hicimos que el rectorado torciera el brazo en su pretensión de eliminar la evaluación de septiembre del calendario.

Pese a todo, debemos entender la limitación que el movimiento estudiantil tiene, y que deriva de su rápido y constante relevo generacional en ciclos de pocos años. Esto es, dejábamos de ser exclusivamente estudiantes justo en el momento en el que la organización estaba alcanzando un estado de suficiente madurez y, más aún, con la salida de nuestra generación, quienes habíamos entrado en 2011-2012, vino la descomposición. El primer síntoma había sido la penetración de dinámicas electoralistas a la lucha estudiantil. Algunas asambleas de facultad se convirtieron en “candidaturas unitarias a las juntas” y terminaron por disolverse en el desgaste institucional y las responsabilidades derivadas de este.

Tratamos de hacer algo por frenar esa descomposición, o, al menos, por navegar en ella. Una alianza entre FEL y Seira, Estudiants Combativas, logró mantener un movimiento estudiantil activo a lo largo de 2015 mientras el resto de movimientos sociales iban muriendo, fagocitados por el nuevo ciclo electoralista, o agotados. Fue el canto del cisne. Se puso sobre la mesa el proyecto de una organización estudiantil unitaria, Estudiants, que fuera capaz de agrupar diferentes sensibilidades y de “cerrar filas”. Pero se quedó en eso, en un proyecto que quizá, o quizá no, habría logrado mantener a flote el movimiento estudiantil, hoy prácticamente desaparecido.

Una vez que dejamos el movimiento estudiantil, tratamos de trasladar las dinámicas aprendidas a la formación de un movimiento político, un “Podemos de lo libertario”. Pero nuestras aspiraciones de “reformar” el anarquismo no llegaron a dar frutos. Quizás no nos supimos hacer entender o no hubiese sido la situación propicia. Había, sin duda, mucha frustración de ver cómo los movimientos sociales, levantados al calor del 15M, y que habían sido capaces de movilizar a cientos de miles en las Marcha de la Dignidad de un año antes, se iban desintegrando. Lejos quedaban los tiempos en los que cada día había una manifestación en algún lugar de nuestra ciudad. Se buscaba una fórmula capaz de salvar o de recuperar aquello, quizá demasiado tarde y desde demasiadas formas de entenderlo diferentes. Al final, tuvimos que contentarnos con un papel de bufones, que señalaban los límites de la política electoralista o exageraban, deliberadamente, sus muy dudosos éxitos. Comuna de Zaragoza fue, para quienes llevamos aquella cuenta de Facebook, una manera de ejercer una oposición de izquierdas a través del humor. Porque ya solo nos quedaba el humor.

De nuestra participación en el movimiento estudiantil nos hemos llevado saberes y destrezas que nos han sido muy útiles en militancias posteriores. Mientras escribimos estas líneas, parece que el ciclo electoral, ese vástago ilegítimo del 15M, ya se encuentra amortizado. Mientras escribimos estas líneas, cientos vuelven a poner sus cuerpos como verdadero escudo social contra los desahucios, los despidos, las privatizaciones o en defensa de la libertad de expresión. Cientos vuelven a salir, soñando con que la bola de nieve vuelva a rodar y acabe por arrastrar todo lo que el 15M no pudo llevarse por delante. Nuestros sueños no caben en sus urnas. No nos representan. Omnia sunt communia. 


Todo sobre el especial #20voces10años15m.

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