Nadie quiere morir. Supongo que tampoco aquel que decide poner fin a su extenuada existencia, negando de ese modo a su "corporalidad-subjetividad viviente" y a la sustancia que anima y hace factible los incendios colosales que le queman el corazón y las borrascas tempestuosas que confunden su lúcido pensamiento y atentan contra la paz de su memoria. Éste también quiere vivir, teme desaparecer; después de pasar desapercibido, de ser un ser invisible, sufriendo en soledad sus enormes grietas y cardenales interiores, para el mundo externo, anhela permanecer por lo menos en la endeble y lánguida memoria colectiva de sus parientes …

