En Las bicicletas no son para el verano, Fernando Fernán Gómez nos ofrecía, a través de los ojos de un niño, una guerra que no entraba por la puerta, sino que se colaba por las rendijas de la vida cotidiana. Una guerra que interrumpía los sueños, las rutinas, las pequeñas aspiraciones. En esa obra, la bicicleta —símbolo de ocio, de infancia, de una vida que se cree normal— se convertía en un lujo imposible, una promesa aplazada por un conflicto mayor. Hoy, casi un siglo después, en otro escenario y con otros protagonistas, Teruel revive esa misma sensación de espera …

