Marta lleva en la ciudad solo un mes, poco tiempo para acostumbrarse al frio del cierzo, al acento desconocido que parece una bronca constante, a la comida con ese sabor característico de la oliva, no sabe aun si le gusta o no, pero como dicen acá -es lo que hay-. Salió de casa deprisa, con lo justo, con miedo, con incertidumbre y un dolor en todo el cuerpo que no sabe, ni como pudo seguir de pie. Ese dolor comenzó cuando vinieron las niñas llorando a despedirla, las deja con su mamá, que es pobre, que es buena, sabe que …
