Las mujeres han desempeñado un papel fundamental en el desarrollo de las luchas obreras, pero a menudo sus voces han sido silenciadas o relegadas a un segundo plano. Las estructuras de los sindicatos mayoritarios, pero también la de los más combativos, están fuertemente masculinizadas, incluso en aquellos sectores donde las mujeres son mayoría. En 2010 la afiliación femenina es de un 14,8% frente al 17,8% de los hombres, según la Encuesta de Calidad de Vida en el Trabajo. Esto se traduce también en una mayor presencia de hombres en los cargos de representación sindical.

