Hace unos días visité el campo de Gurs. Llevaba tiempo pendiente. No porque mi visita cambiara nada, sino porque sentía que las personas que sufrieron aquel lugar merecían al menos eso: ser recordadas, ser honradas. Aunque yo no sea nadie, era mi forma de reconocerles, de decirles que no han sido olvidadas. Caminé entre lo que queda: trazas de barro, bases de barracones, cementerio, placas de homenaje, el silencio espeso. Allí estuvieron encerrados republicanos españoles, brigadistas internacionales, judíos deportados, gitanos, homosexuales, personas sin patria, indeseables para el poder. Allí se pasó hambre, miedo, frío. Allí se esperó la deportación y …