La figura de la mediación es habitual en cualquier sociedad civilizada para solucionar conflictos entre dos partes. Ya sean estos particulares, institucionales, familiares, o gubernamentales, y, obviamente, el dialogo es una premisa incuestionable para abordar la solución a cualquier conflicto por vías pacíficas, democráticas y éticamente vinculantes. Negar el conflicto o cerrar la puerta al dialogo supone, además de desconocer intencionadamente el significado de democracia, conducir el conflicto hacia el enfrentamiento enconado en lugar de a una posible solución.